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Leer autoras latinoamericanas es un acto revolucionario

Clarice Lispector. Foto: Folhapress
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Mariam Stefanny Díaz

Universidad del Valle

Cuando estaba en el colegio, siempre se me hacía curioso que, en la mayoría de los casos, nos recomendaran a leer solo autores masculinos. En mi país, Colombia, por ejemplo, era casi obligatorio leer a Gabriel García Márquez y esto me hacía cuestionarme constantemente: ¿por qué no hablaban de alguna mujer escritora, ¿acaso no eran importantes?, ¿no eran suficientemente “buenas” escribiendo?, ¿simplemente fueron invisibilizadas?, ¿por qué hay tanto silencio en las escritoras latinoamericanas?


Quiero creer que no es ninguna de ellas. Creo, que quizás, es por el canon literario. Durante años, en América Latina, este se ha construido mayoritariamente por hombres. Este canon no solo organiza lecturas, también define qué historias importan, desde que cuerpos narran y que experiencias son dignas de una representación. En una región atravesada por el patriarcado y el machismo, esto resulta ser mucho más coherente, pues esta ausencia de mujeres escritoras no es solo una exclusión, sino una forma sistemática de silenciamiento.


Ahora que soy adulta, no solo entiendo el por qué en los colegios te hablaban de los mismos autores y esto me resulta profundamente triste, porque Colombia no es sólo García Márquez. Sin embargo, esta ausencia me hace repensar que no solo era una omisión, sino también una decisión: al hablar de otras voces, se silenciaron otras voces, las de escritoras latinoamericanas.


Leer a autoras latinoamericanas te hace enfrentarte a lo más crudo e incómodo de muchas realidades- Agustina Bazterrica no es solo un ejemplo del terror latinoamericano, sino una representación de contextos crudos y realistas que atraviesan la experiencia femenina. En su obra “Las Indignas”, construye una distopía donde las mujeres son “guiadas” por un “El”, una figura que organiza una estructura de poder de forma silenciosa pero violenta. Para ser “dignas” o “iluminadas”, tienen que atravesar ciertas pruebas. En este caso, la mujer no es solo un ejemplo de utilización del cuerpo femenino, sino también el eje central de una secta guiada por una mujer y liderada por y para “EL”. El horror no está en lo distópico, sino en lo reconocible que es esto.


Fernanda Melchor, por su parte, en “Temporada de huracanes”, nos presenta un panorama no muy lejos de la realidad de muchas ciudades y pueblos marginados de México e incluso de algunos otros países latinoamericanos. A partir del hallazgo del cuerpo de “la bruja”, nos envuelve no solo en lo que pasó con ella, sino en una red de pobreza, violencia, machismo, falta de oportunidades y otros temas que terminan siendo consecuentes en la obra. Personajes como Norma terminan siendo un reflejo devastador pero real, una niña que crece en un entorno de pobreza y desolado, obligada a sobrevivir tomando las pocas decisiones que tiene a su alcance.


Marvel Moreno, donde en su libro En diciembre llegan las brisas, expone la vida de tres mujeres en Barranquilla, entrelazadas por el machismo, violencia y represión marcado por el patriarcado. Su pluma incomoda porque nos recuerda el contexto en el que vivimos y lo triste que muchas veces se normaliza el patriarcado.


Desde otro extremo, Clarice Lispector, donde propone otro tipo de ruptura, una ruptura mucho más íntima. Una escritora brasileña que expone el amor, la vida, la introspección y la creación de arte, desde su propio lenguaje, asumiendo un lugar. Leerla quizás pueda ser demandante y compleja al inicio, pero termina convirtiéndose en una compañera porque te expone lo íntimo desde la mente y el sentir de una mujer, exponiendo aquello que muchas sienten, pero pocas veces se escribe.


Una vez que lees autoras latinoamericanas, no hay marcha atrás. No es solo una reconexión con otras voces, sino un acto revolucionario porque reinventan el terror, el horror y la introspección, para denunciar la opresión, los cuidados, el cuerpo, la migración, la maternidad, la salud mental, la experiencia femenina y la violencia que vive día a día la mujer.


Leerlas es, en última instancia, un acto de recordatorio y de reconocimiento. Donde te permiten sentirte acompañada y comprendida, sentirte piel con piel con otra mujer que escribe desde los mismos miedos, culturas y pasión. Donde nos recuerda que la literatura no pertenece al hombre como sujeto universal, sino al ser humano.


Una deuda histórica, porque hasta en la literatura, las mujeres han tenido que esforzarse el doble para ser reconocidas. ¿Cómo no podría ser un acto revolucionario leerlas cuando están mostrando la realidad y el recordatorio de lo que es ser mujer y lo difícil que esto puede ser? Leerlas se vuelve un acto político, pero también una deuda histórica, donde se disputa el canon, deforma esa ausencia y devuelve la literatura una de sus dimensiones: narrar todo aquello que incomoda, pero lamentablemente existe, no solo para nosotras, sino a todas las mujeres que durante años fueron invisibilizadas.

ISSN: 3028-385X

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