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Los derechos de la niñez no son caridad: son una deuda histórica

Foto: UNICEF
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Danna Camila Ocampo

Universidad Cooperativa

Al leer el título, probablemente pensaste: ¿por qué una deuda histórica? Y la respuesta lamento decirte que es totalmente incómoda.


Porque no existe mayor contradicción que un país que llena su Constitución de derechos para la infancia mientras permite que miles de niños crezcan entre hambre, miedo y abandono. Colombia aprendió a hablar de protección infantil con enorme facilidad, pero nunca con la misma seriedad para garantizarla. Y tal vez ahí está la verdadera deuda: en un país que convirtió los derechos de los niños en discurso mientras su realidad sigue marcada por la desigualdad y la indiferencia.

Nos enseñaron que los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás. Lo dice la Constitución. Lo repiten las instituciones. Lo memorizan estudiantes de Derecho, funcionarios públicos y candidatos en campaña. Suena bien. El problema es que fuera del papel la infancia sigue creciendo entre violencias que el país normalizó hace tiempo.


Porque sí, Colombia normalizó el sufrimiento infantil.

Normalizó ver niños trabajando en las calles mientras se habla de progreso. Normalizó que la calidad educativa dependa del barrio donde nació un niño. Normalizó que miles crezcan con miedo dentro de sus propios hogares mientras el discurso público insiste en llamar a la familia “el núcleo fundamental de la sociedad”. Normalizó escuchar sobre desnutrición infantil, abuso o abandono y reaccionar apenas unos segundos antes de continuar con la rutina.


Y lo más peligroso de una sociedad no es únicamente la violencia que produce, sino aquella a la que logra acostumbrarse.


Pronto volveremos a votar. Ya estamos escuchando los debates, los discursos sobre cambio y las promesas de educación, bienestar y oportunidades. Otra vez candidatos hablando de los niños como “el futuro del país”, utilizando la infancia en campañas cuidadosamente diseñadas para conmover. Y probablemente volverá a ocurrir lo mismo de siempre: terminaremos discutiendo ideologías y polarización mientras la realidad de miles de niños seguirá intacta.


Porque en Colombia la niñez casi siempre aparece en los discursos, pero rara vez en las prioridades reales.


Las escuelas seguirán cayendo a pedazos en muchos territorios. La salud mental infantil continuará siendo minimizada. Y miles de niños seguirán creciendo en contextos donde sobrevivir importa más que soñar. Pero aun así, el país insistirá en llamarse un Estado Social de Derecho.


Entonces surge una contradicción absurda: Colombia tiene una de las constituciones más garantistas de América Latina, pero también una enorme incapacidad para convertir esos derechos en realidades concretas.


El país aprendió a redactar derechos humanos con enorme facilidad, aunque garantizar condiciones dignas parezca mucho más difícil. Hablamos de dignidad humana mientras hay niños que conocen primero el hambre que la estabilidad. Repetimos discursos sobre construcción de paz mientras miles de niños siguen creciendo entre abandono, miedo y desigualdad.


Pero la violencia también tiene formas silenciosas.


Existe violencia cuando un niño siente que no importa. Cuando el acceso a oportunidades depende del territorio donde nació. Cuando crecer implica convivir diariamente con ansiedad, precariedad o incertidumbre. Existe violencia en un país que romantiza la “resiliencia infantil” porque le resulta más cómodo admirar niños que resisten antes que cuestionar por qué tuvieron que resistir desde tan pequeños.


Colombia convirtió la supervivencia infantil en una historia inspiradora, cuando en realidad debería ser un motivo de vergüenza colectiva.


Y quizás por eso el debate sobre derechos humanos muchas veces termina sintiéndose vacío. Porque se volvió costumbre citar artículos, tratados y códigos mientras la infancia continúa siendo una de las poblaciones más vulneradas del país. El problema no es la falta de leyes. El problema es que proteger realmente a los niños nunca ha sido una prioridad tan seria como aparenta en los discursos.


Porque si lo fuera, la niñez no dependería de campañas temporales ni de promesas electorales. Si lo fuera, hablar de paz implicaría necesariamente hablar de infancia digna.


Tal vez esa sea la verdadera deuda histórica: haber convertido los derechos de la niñez en una promesa repetida durante años sin la voluntad suficiente para cumplirla realmente.

ISSN: 3028-385X

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