top of page

Los Kawonga del Chiribiquete

aranguren_edited.jpg

Santiago Quintero Pineda

Universidad Pedagógica

Las mezquitas se llenaron y los rosarios de las abuelas fueron desempolvados esa extraña semana de rezos en que después de tantos años y profecías llegaba realmente el fin del mundo. Fue un final insípido, predecible en la medida en que los optimistas por el futuro terrenal se extinguían entre el ateísmo científico y la ilusión de escapar a lugares menos contaminados. El agua se volvió de peor calidad, el aire enrarecido saturó los pulmones de los fumadores y borrachos, de los santos y de los pecadores. La fauna había dejado de ser salvaje y solo los rincones más remotos de la tierra albergaban el escondite de todas esas criaturas que habían escapado a la soledad de la naturaleza con esa expectativa compartida con los biólogos de no ser encontrados nunca. No habría arca suficiente para todos, el apocalipsis había llegado.


Días antes de la hora cero de agonía todos sabían lo que estaba mal, de verdad lo sabían, pero las voces de los cansados no se sincronizaban. Callaban, callaban el razonamiento de saber que todo empeoraba. No por falta de palabras, sino por anteponer el saturado espíritu de su ego sobre el mal sabor de boca que traía pretender un cambio. Nadie tuvo energía para nada, todos confiaron en que este fin sería como los demás.


Un miércoles de esa última semana de caos, se reunió por última vez la ONU, alta corte de la humanidad. Fue un intento diplomático de calmar las aguas, de sentir que se hacía algo cuando el final ya era irreversible. Hace tiempo que se había dejado de creer en ellos. La función de sus debates había sido convertida por la excesiva burocracia en el más sofisticado de los torneos aficionados de la retórica. Un diplomático suizo dio un discurso anunciando a la humanidad el resultado de la sesión.


— Señoras y señores, no es un secreto para nadie que la crisis actual hace que veamos el fin del mundo más como una esperanza que como un temor.


El auditorio estalló en murmullos, convertidos en gritos, por aquellos que aún en el final seguían queriendo más. Los financistas de sus campañas no estarían felices, a pesar de estar desaparecidos ejercían presión aún y la democracia fallecía entre adulaciones y quejidos soberbios. La gente celebró. Por fin un político de ese nivel advertía lo que se estaba padeciendo y que habían advertido décadas antes los visionarios de buen corazón que terminaron en bolsas por sus alegatos. La satisfacción de ver la denuncia cayó sobre la acción. Todo empeoró…


Todas las pantallas de la humanidad pronosticaban la crisis y solo unos pocos no fueron notificados de aquel caos turbulento. Los Kawonga del Chiribiquete eran una comunidad honrada, leal a sus creencias milenarias que los habían mantenido libres y encerrados en medio del Amazonas, una jungla que nadie había visto incluso a estas alturas de la humanidad. Obedecían la palabra de sus ancianos que habían obedecido a la vez la de los suyos, letras que atravesaron los siglos con la suerte de haber transmitido los mandamientos de la única religión verdadera, una desconocida para las estadísticas del mundo moderno.


Y así ocurrió el apocalipsis. A imagen y semejanza de la narración misteriosa de los herederos del olvido. Los no contactados por la civilización cumplieron su palabra y el reloj del fin del mundo llegó al último segundo. Todo acabó. El colapso del planeta se frenó de alguna manera por la intervención divina. Los feligreses de todas las grandes religiones quedaron atónitos ante la llegada de criaturas que no habían sido descritas nunca en la narrativa occidental. Criaturas extrañas que no eran ángeles, demonios ni espíritus. Eran otra cosa, algo terrible, algo no visto.


Así los mandamientos arbitrarios de los Kawonga del Chiribiquete se hicieron cumplir. Sobrevivieron las personas que no le echaban sal a la comida. Sobrevivieron quienes nunca habían visto al mar en sus sueños, quienes nunca habían pisado un ciempiés y aquellos que apartaban a los caracoles del camino para no ser aplastados. Así se hicieron cumplir otros setenta mandamientos más viejos que los de Cristo, pero desconocidos como cualquier chiste local. El mundo se halló vacío, solitario, con unas cuantas personas de suerte dudosa que habían visto el devenir de bestias devoradoras de edificios y de personas comiendo sus propios cuerpos por la locura de saber que venía el final de todo y ellos no eran parte de ninguna salvación.


Llegaba por fin el día pronosticado. Los Kawonga ascendieron a una vida espiritual, una conectada con ese hilo primigenio de los humanos y las plantas aplastadas en sus manos impresas en cuevas. Los sobrevivientes que no eran Kawonga quedaron atónitos ante la suerte de haber sido elegidos para heredar la tierra de un Dios del que no sabían nada y del cual no tenían ningún conocimiento, para habitar de nuevo la vida salvaje que su modernidad les había enseñado a olvidar.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page