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Laura Barrera

Universidad Autónoma de Bucaramanga

Como tantos presidentes de Latinoamérica, Gerardo Mazzei, en su tiempo libre, se nutría de noticias y discursos de reyes y presidentes de los países más desarrollados; no para tomar ideas y poder proyectar un futuro sólido para su país, sino para copiar gestos y movimientos que lo hicieran ver elegante e inalcanzable en su siguiente discurso. Desde hacía tiempo había aprendido cómo acomodarse los gemelos de la camisa frente a cámara y mover el brazo tan solo para que se vieran como un destello en la pantalla televisiva o a peinarse el cabello hacia atrás para que sus ojos increíblemente celestes destacaran en un momento clave de su discurso.


Llegó esa noche a la residencia presidencial sin compañía y sus enormes perros salieron a recibirlo con un saludo que mostraba agresión contenida. Como era incapaz de dormir tranquilo debido a su profesión y calaña, se sentó cómodamente en su afelpado sillón de tres por tres y encendió la inmensa pantalla. Ya sabía lo que quería ver, así que fue directo a la plataforma que tenía la película W, la había visto tantas, pero tantas veces que había perdido la cuenta. George W Bush era su ídolo, ejemplo y guía. El algoritmo de la app debía estar agotado de hacer la misma ruta una y otra vez para proyectar la misma película que tan solo vio por unos minutos mientras caía dormido. Soñó que era un jefe de gobierno que generaba respeto y temor, que doblegaba a otros jefes de Estado con su presencia.


Lo despertó el gruñido involuntario de uno de sus perros que estaba soñando, seguramente, con uno de los ataques que a diario le enseñaban. Se levantó del sillón y peinó su abundante y desordenada cabellera, apenas estaba amaneciendo. Se dirigió a la habitación del servicio y ordenó que alistaran el desayuno, sin un por favor, sin un tono amable que aligerara el rencor de tener que servirle a esa hora excesivamente temprana.


Ese día tenía una presentación pública en las afueras de la capital, en un barrio obrero. Entró a la ducha pensando cuál sería el mejor atuendo para la ocasión, en un barrio así podría ser abucheado solo por vestir traje y corbata. La estadística no lo favorecía y estaba tratando de obtener el voto de las clases más populares que lo reeligiera como presidente. Esta vez tendría que usar un atuendo sencillo, pero le imprimiría su toque vanidoso y llamativo para saberse distinguido. Al terminar el baño se pasó crema hidratante, se perfumó, se afeitó y aplicó loción, también tratamiento en el cabello. Una vez acicalado se dirigió a su enorme vestier que era del tamaño de una sala de estar grande. Escogió tenis y jean de diseño, una camiseta blanca lisa con un encumbrado logo bordado, y una chaqueta de cuero holgada. Con mucho cuidado había escogido ese look simple: necesitaba ganarse esos votos populares.


Después de desayunar y escuchar las noticias que su asesor había seleccionado para mantenerlo al tanto de la situación del país, se subió al vehículo que lo pasearía por aquellas calles de la periferia al aire libre. Deseó que no lloviera para que todo su atuendo fuera visible, él también tenía un costado popular y deseaba que la población lo notara. Cuando llegaron al barrio, se encontraron con que sus opositores estaban bloqueando el camino, consideraban que era insultante que un presidente de las élites como él se paseara por entre los más marginados. Echaron a la caravana a punta de piedras, brócolis e insultos.


Finalizadas sus obligaciones, muy entrada la noche, volvió a llegar a la residencia presidencial. Otra vez solo, sus perros salieron a recibirlo con un cariño violento. Lo último que le informaron sus asesores fue que la noticia del fracaso de su visita al barrio se había hecho viral y que en redes era el hazmerreír de más del 60% de la población. Tenía que mejorar su imagen o perdería en las elecciones, que ya estaban próximas. Nuevamente puso W antes de quedarse dormido, preguntándose cómo obtener más poder y consenso.


La respuesta le llegó en un sueño, se vio a sí mismo caminando por una pasarela sintiéndose fresco, confiado y exhibiendo su atractiva figura de cuarentón trabajado luciendo lo que ningún otro presidente había vestido: ropa digital. Lo cubría un holograma de traje compuesto de puntos morados brillantes y danzantes, una cola de 3 metros era proyectada siguiendo sus movimientos. Subía al atril y era capaz de articular un discurso poderoso que sacaba un rugido de aprobación del público. En ese momento se veía a sí mismo siendo reelecto por un amplio margen de votos. Abrió los ojos sintiéndose pleno, aún con la imagen de su figura brillante en sus pensamientos. Entonces lo supo: si no era posible ganarse a las clases obreras y marginadas, iba a ganar el voto joven. Eran muchos, inexpertos y podían deslumbrarse con cualquier artimaña.

ISSN: 3028-385X

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