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Medellín: una ciudad llena de árboles sin espacio

Foto: Alcaldía de Medellín
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Samuel Arboleda Tabares

Universidad Nacional

Hace unas semanas tuve una conversación con una amiga, oriunda del municipio de Jardin, acerca de lo habitable que era la ciudad para una persona que creció lejos del casco urbano antioqueño. A partir de esto se instauró en mi mente una predisposición curiosa a asumir que, a pesar de la volatilidad en intenciones, entre gobierno y gobierno, los lemas que Medellín detenta como ciudad se han mantenido de manera exitosa, y de hecho ha logrado permear el imaginario colectivo. Especificamente me gustaria hablar de la relación entre el paisaje urbano y la naturaleza en la ciudad; varios titulares enuncian rankings donde Medellín encabeza los tops de las ciudades más “verdes” y me parece importante cuestionar de donde surge la tendencia a mantener pequeños espacios con árboles y plantas en la polis, entendiendo pues, que la planificación urbana en esta ciudad fue más adaptación que planeación. En las ocasiones que he caminado montañas, con la expectativa de divisar la profundidad del valle parcialmente, cerros como “el volador” parecen gritar por espacio con su presencia. Son vestigios de lo que fue la naturaleza aquí, más que parte del paisaje urbano. Parecen un par de gotas de aceite en un vaso de agua, no terminan de mezclarse en medio de esa saturación de cemento, niebla, ruido. Es irónica la pretensión de ser una ciudad verde, como si la existencia de un cúmulo urbano le precediera a cualquier tipo de formación biofísica. Ahí, donde los árboles, plantas, barro y agua son vida; para las pretensiones base de la infraestructura, al menos en esta ciudad, son una oportunidad para seguir instrumentalizando el papel que cumple el medio natural en nuestro entorno, vanagloriándose en nombre de cosas que ni siquiera conocemos a profundidad. Porque, allí donde se rodea con concreto un grupo de árboles, no hay una intención de co-habitabilidad, sino de alimentar el arquetipo sostenible que poseemos. Cuando se socava la posibilidad de contemplar el árbol, de que sus raíces sigan su curso, no se convive sino que se encierra.


La cuestión no es simplemente pedir “árboles libres” es una invitación activa a recalibrar la noción que tenemos de otros tipos de vida en la ciudad. El pensarse el espacio desde una multiplicidad de vitalidades, no va a suministrar soluciones técnicas, pero cuestiona profundamente nuestro papel como ciudadanos, frente a la vida que se desmorona en silencio. Es una contrapropuesta a los cánones estéticos impuestos verticalmente, permeados por una epistemología excluyente y agresiva con nuestro contexto.


El que conservemos el aspecto de los cerros, los árboles y las flores, no implica que estos sean parte del paisaje, considero que su relevancia emerge de aspiraciones relacionadas con el modelo de ciudad que hemos alimentado frente al escenario global. Es una identidad que tiñe los objetivos que formula la administración, se ha convertido en una creencia cuasi-religiosa porque no se fundamenta en resultados reales, sino en aspiraciones que se disfrazan de logros colectivos. Se ha adoptado un eslogan para mercantilizar la vida no-humana, Medellín es superficialmente amigable incluyendo mecánicamente el verde en el entorno, pero solo es eso, el verde en tanto luce así por la luz que refleja y le da color, pero no por la vida que alberga. Entonces ¿la ciudad es para la vida, o solo lo humano?

ISSN: 3028-385X

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