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Mi primera noche en Cali… dad de detenido

Foto: Sergio Acero
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Camilo Carmona Salas

Universidad de Antioquia

No sé con claridad qué hora era, pero sí cómo empezó el asunto. Mientras trataba de apaciguar los ánimos cada vez más caldeados entre los marchantes, empezaron a volar piedras en ambas direcciones y yo quedé en medio de la contienda. Entonces me encontré de frente con ellos y, alzando mis manos, dejé que me apresaran sin oponer resistencia.


–¡Yo conozco a este hijueputa! –Gritó el uniformado que me tomó por el cuello con su antebrazo–. ¡Déjenmelo que éste es mío!


A puntapiés, varios uniformados me arrastraron hasta el parqueadero del CAI de Barichara. Allí quedé bajo custodia del oficial que me capturó, del cual supe su apellido muy entrada la madrugada y que aquí llamaré M. Tirado en el suelo esperaba que mi aprehensor me moliera a palos. Con su tono de voz exaltado, M. quería hacer valer su autoridad en aquel momento y lugar, intentando imponerse sobre mí, doblegar mi voluntad. Yo también le alzaba la voz, pero, conservando la compostura y, sobre todo, acudiendo al diálogo, logré suavizar el ambiente para permitir que la palabra entrara en juego. En el fondo yo estaba cagado de miedo, lo confieso. Nunca me había encontrado en una situación como ésta, así que asumí una actitud estoica e intenté aprender lo que más pudiera de esta circunstancia.


–Agradezca que lo cogí yo y no los del ESMAD, porque ellos lo hubieran acabado –acotó enérgicamente M.


Hablamos sobre el caso del abogado de Bogotá; él expuso sus argumentos y yo los míos; al final, de ambas “verdades” la mejor fue la tercera: el problema de las generalizaciones prejuiciosas ha manchado tanto la legitimidad de la protesta civil como la imagen de las fuerzas militares. Hablamos sobre la formación que recibe un Policía, puesto que algunas arengas habituales en las marchas giran en torno a ello.


–La formación de cualquier suboficial –dije– es idéntica en cuanto a métodos y contenidos, pero las fuerzas de choque como el ESMAD, por ejemplo, reciben otro tipo de instrucción, ¿no?


–Es cierto –respondió M.– pero aquí también hay abogados, administradores de empresas, ingenieros… sólo que ellos prefieren la estabilidad que brinda esta institución en lugar de enfrentarse a la incertidumbre del mundo laboral.


–Sé que para hacer carrera, para ascensos y esas cosas, ustedes tienen que estar constantemente en formación. Pero no todos aspiran a ello, no todos tienen las capacidades ni el interés en esos asuntos, quizá lo único que aprendieron a hacer bien en la vida es actuar como perros de presa.


–Y ustedes que se las dan de muy estudiados y vea… –exclamó sarcástico M.– no son más que unos vándalos, unos desadaptados que se dejan engatusar con ideologías de mierda mientras los guerrilleros están relajados recibiendo el billete en el congreso. Allá todos han sido los mismos desde siempre, sólo que se venden como alternativas durante las campañas políticas. Las elecciones son una farsa, el poder siempre lo tendrán los mismos…


–¿Cuál es el procedimiento ahora? ¿Qué piensan hacer conmigo? ¿Me van a dejar toda la noche aquí amarrado?


–El que hace las preguntas aquí soy yo ¿entiende? –respondió tajante M. mientras me esposaba a una vieja motocicleta– ¿Usted dónde vive?


–En Palo Banco –respondí.


–¿Con quién? –Preguntó mientras me acercaba una silla.


–Con mi hermano. Necesito llamarlo –dije al sentarme–. Tengo derecho a una llamada ¿cierto?


–¡Y también tiene derecho a guardar silencio!


–Déjeme llamarlo, necesito que me cubra en el trabajo mañana…


–Debió pensar en eso antes de venir aquí a tirar piedras. ¿Usted tiene familia? Por qué no pensó en ellos.


–Salí precisamente porque pienso en ellos y en su futuro. Pero pensándolo bien, no me caería nada mal vivir un par de años de cuenta del Estado… –añadí irónico.


–¡Ah, sí! ¿Eso es lo que cree?


Abrió el grillete que me sujetaba a la moto, me llevó al segundo nivel del CAI y me mostró el calabozo de la estación. Del otro lado de los barrotes, unos alterados reos le pedían a M. que me metiera allá con ellos pues “hace mucho rato que no se divertían”. Esos tipos me amenazaban y yo sentí muchísimo pavor.


–Éste no es un hotel cinco estrellas, mijo –agregó M.–, aquí la comida muchas veces llega rancia. Los he visto rogar para que les compren un pan con gaseosa.


–Sabe qué, mejor me quedo abajo cuidándole la moto… es más, si quiere se la lavo también –agregué entre risas nerviosas mientras volvíamos al sótano.


Pensé en lo que me dijo M. mientras permanecía sentado en el parqueadero, esposado a la moto. Pude escuchar tenuemente, desde el sótano en que nos encontrábamos discutiendo, que afuera la cosa estaba prendida. Pasaba el tiempo sin que yo pudiera asirlo y, de cuando en cuando, aparecía algún agente por los lados del parqueadero y me acusaba de terrorista. Incluso hubo uno que, señalando una escopeta que había sobre un escritorio, afirmó que el arma era mía y que yo había sido quien rayó las paredes de la casa de gobierno del corregimiento.


–Bueno, si me van a acusar de traer conmigo un arma, déjenme al menos hacer polígono con ella allí detrás… y así consiguen mis huellas dactilares ¿no les parece una buena idea? –dije con ironía–. Es más, si esa escopeta fuera mía, hace mucho rato que me hubiera volado los sesos con ella –solté una carcajada sonora y los policías me miraron extrañados.


–Usted no es normal ¿verdad? –dijo M–. ¿Qué música escucha usted? ¿Metal o esas cosas?


–¡Me encantan los boleros! Nadie me cree que el bolero me ayudó a sobrellevar un mal de amores… es más, un amigo se burla de mí diciendo que “intentar superar una tusa escuchando boleros es como querer superar el alcoholismo tomando aguardiente”.


Quise reír en ese momento, pero a ellos no les causó mucha gracia que digamos. Pensé en la escopeta y quise llevar la conversación en otro sentido.


–¿Qué se siente disparar un arma? –Le pregunté al otro policía mientras observaba el arma de dotación en su cinturón–. Y no me refiero al hecho físico de tirar del gatillo y sentir cómo la detonación les sacude la mano. No. Hablo en un sentido moral: ¿qué se siente apuntarle a un ser humano, dispararle a otra persona? Algo tiene que pasarles por la cabeza... A mí me temblaría el culo, sinceramente.


–La ley nos permite disparar en casos de legítima defensa.


–Sí, comprendo que el instinto de supervivencia nos mueve siempre a defendernos de alguna amenaza. Pero creo que no es lo mismo disuadir una situación de orden público haciendo disparos al aire, que disparando directamente a la población. A uno le tiene que taladrar en la conciencia algo así ¿no? Guardaron silencio.


Continuamos discutiendo sobre el caso del abogado en Bogotá, al rato apareció otro agente que llamaré P. En el enfrentamiento que todavía continuaba, P. recibió una pedrada en el pómulo izquierdo, pero sólo tenía un leve rasguño.


–¡Éste fue el que me tiró la piedra! –Gritó P. enfurecido mientras miraba a M.– ¡mi patru, fue este hijueputa!


–¡Yo no he tirado nada, yo no vine aquí a eso! –Alegué mientras la mirada inquisidora de P. caía sobre mí.


M. se había quedado con mi celular en la requisa, y en ese momento empezó a revisarlo mientras P. me insultaba y amedrentaba, alegando que él no tenía nada que ver con el caso del abogado en Bogotá, también dijo algo de sus campañas en el monte, de su familia, etcétera.; todo esto mientras me llevaba al tercer nivel para legalizar mi captura. Subiendo por unas oscuras escaleras, con las esposas apretando mis muñecas en la espalda, temí por mi suerte. P. seguía amenazándome y yo esperaba el primer garrotazo de la noche. No sucedió. Después de las fotografías de la captura, P. y otro agente empezaron con el papeleo de rutina. M. tenía mi teléfono, así que cuando me pidieron el número de algún familiar no pude dáselos. Les pedí que me dejaran ir al baño y el otro agente me llevó. Al volver, P. inició una videollamada. Del otro lado de la pantalla del teléfono estaban sus padres, una hermana y su hija.


–¡Mamá, éste fue el hijueputa que me pegó! ¡Mire cómo me volvió el ojo! –insistía furioso P. mientras sus familiares me insultaban.


–Señora, yo no le he hecho nada a nadie… Estas manos sólo saben trabajar, ellas no se prestan para dañar a nadie. ¡Mírelas, señora! Estas están consagradas al arte, no a la violencia.


La videollamada terminó y los agentes procedieron con la lectura de los cargos: daño en bien público, daño a servidor público, incitación a la asonada y terrorismo. Me sorprendió escuchar esas falsas acusaciones y pensé en la facilidad con que uno puede caer en prisión por un procedimiento judicial llevado de mala fe. ¿Cómo podrían evidenciar sus acusaciones en mi contra? Con la conciencia tranquila continué escuchando.


–Tiene derecho a una llamada –dijo el que me llevó al baño–. Tiene derecho a guardar silencio, de lo contrario, todo lo que diga será usado en su contra. Tiene derecho a un abogado; si no cuenta con uno, el Estado se lo proporcionará. ¿Comprendió bien lo que dije?


–Lo escuché, pero no comprendo nada de lo que dice.


–Escúcheme bien: ¿comprendió lo que le dije?


–Lo escuché muy bien, pero no comprendo lo que dice.


Exasperado, volvió a repetir el procedimiento mientras P. nos grababa con su celular. Me hicieron firmar un par de formatos y en el radio de P. informaban que habían capturado a otros dos. “¿A quién más habrán cogido?” pensé en ello mientras bajábamos de nuevo por las escaleras oscuras de vuelta al sótano. P. me custodiaba y yo sentí miedo de nuevo. Cuando llegamos al parqueadero descubrí que no era nadie conocido, sino un par de hermanos que presentaban lesiones en todo su cuerpo. Al verlos todos apaleados pensé: “la saqué barata”. Se llevaron a uno de los hermanos que, siendo menor de edad, quedaría en manos de Infancia y Adolescencia.


Le dije a P. que necesitaba mi teléfono para poder darles los datos que faltaban para llenar el formulario. M. encendió el celular y me lo devolvió. Busqué el número de mi hermano y, aprovechando un descuido de los agentes, envié una nota de voz por WhatsApp. Guardé mi teléfono en el bolsillo del pantalón, con tan mala fortuna que antes de guardarlo empezó a reproducirse un video y P. me descubrió. Me quitó el teléfono y empezó a revisarlo. En ese momento me entró una llamada y P. contestó en modo altavoz. Le conté a quien llamaba que estaba en el CAI, pero que me iban a trasladar a la Fiscalía. Cuando del otro lado de la línea me preguntaron por mis datos personales, P. colgó. En ese momento sentí un poco de sosiego al saber que ya se conocía mi situación y que algo se haría por mí desde allá afuera; por otro lado, me angustié por lo que pudiera pasarme esa noche por dármelas de avión y estrellarme sin despegar siquiera.


–¡Y es que tienen grupo de WhatsApp los terroristas estos! –Inquirió P. contándole a M. lo sucedido–. A todos los vamos a investigar. Y vos me las vas a pagar allá abajo, ¡ya verás! –añadió amenazante mientras clavaba su desorbitada mirada en mí, pasándose la mano por el rasguño en su pómulo izquierdo.


Después de un rato nos subieron a una patrulla, esperando que la asonada terminara para poder trasladarnos a la URI de la Fiscalía. Encerrados allí, el tiempo transcurrió ajeno a nuestra situación. Empecé a sentirme más aburrido que asustado, así que me puse a cantar suavemente la letra de aquel tango que Rolando Laserie inmortalizó en bolero –Las cuarenta–, por aquello de que “quien canta sus penas espanta”. El joven a mi lado temblaba, no sé si de pavor o de frío y empezó a orar. Su tic nervioso de movimientos extraños y los moretones en cara y cuerpo me hicieron pensar que ésta había sido una mala noche para ambos, sobre todo para él. En el bolsillo de mi chaqueta traía un par de guantes, como pude los saqué de allí y se los pasé a mi compañero de infortunio para que, cuando menos, lograra mantener sus manos calientes.


Afuera llovía y un par de señoras llegaron con chocolate caliente para los agentes que estaban allí. El ESMAD regresó a la base quién sabe a qué hora de la madrugada. Luego arrancamos para el bunker de la Fiscalía. Sobre las calles vacías de Barichara yacían los vestigios de la confrontación de esa noche: escombros y basuras aquí y allá. Llovía en toda la ciudad y yo no sabía qué iba a pasarme esa noche que se dilataba en mi incertidumbre. Mirando por la ventanilla me sentí como el Joker en Ciudad Gótica, sólo que yo no estoy tan chiflado como aquel personaje.


A las cuatro de la madrugada nos registraron en portería de la URI. Primero a mi compañero. Al verle las contusiones en el rostro le preguntaron por la causa de las lesiones. Él inculpó a los uniformados y eso no le hizo mucha gracia a P. ni al compañero suyo quienes, entre dientes, murmuraban la manera de hacerle pasar un mal rato al capturado allá en el calabozo. “Se les enredó el proceso” pensé. Luego siguieron conmigo.


–¿A usted también lo golpearon?


–Los estrujones de rutina, señor –respondí mientras notaba la mirada acusadora de P.


–¿Les leyeron sus derechos?


–Sí señor, pero aún no he hecho mi llamada –agregué mirando a P., quien sacó mi teléfono de su bolsillo y lo encendió.


P. me devolvió el celular y yo busqué el número de mi hermano, pero no me dejaron hablar con él. Ellos marcaron desde uno de sus teléfonos y le informaron de mi situación, muy escuetamente, y colgaron.


–Deberían pensar seriamente en modificar su discurso –les dije con frustración– creí que quien tenía derecho a la llamada era yo, pero fueron ustedes quienes llamaron.


–Puede ser –dijo el tipo que nos tomó los datos.


Seguimos el proceso: nos tomaron fotos, huellas, entrevistas, datos personales. En el sótano del edificio, esposados a un pasamanos, permanecimos sentados en una fría banca hasta que el vigilante de la entrada del calabozo registró nuestro ingreso. Con nosotros había otros cinco capturados.


–¿Y usted por qué está aquí? –Le preguntó mi compañero al gordito de gorra.


–Fuga de presos –respondió–. ¿Y ustedes?


–Estábamos en una manifestación en Prado y las cosas se salieron de control. Empezaron los disturbios y me atraparon –respondí.


–Le estaban dando duro al parcero –exclamó el de gorra, refiriéndose a mi compañero.


–Yo no tengo nada que ver –alegó tartamudeando mi compañero– a mí me obligaron a recoger un costalado de piedras, y me dijeron que, si no arrojaba también, me iban a cascar.


–¡Qué marica más salado! –dijo entre risas el gordo de la gorra.


Los otros cuatro sujetos se daban los últimos pases del gramo, antes de la respectiva requisa. Ya en la entrada del calabozo, volvieron a registrar nuestros datos y uno a uno pasamos a un cuartucho para la inspección general. Cuando fue mi turno, un oficial joven me ordenó desvestirme y, de espaldas a él, me ordenó hacer una serie de sentadillas. Mis objetos personales los guardaron en una bolsa plástica junto con los cordones de los zapatos de mi compañero, pues no traía nada más consigo.


En el lugar había tres celdas de diferentes tamaños, usadas para diferentes fines. En la más pequeña, que era la más lúgubre, parecía que encerraban a los presos más peligrosos. En la segunda, de tamaño medio, había tres mujeres y un tipo en silla de ruedas. Al fondo del pasillo estaba la celda donde nos encerraron. En un espacio de seis por tres metros, oscuro y sin ventanas, al menos 25 o 30 presos se acomodaban como podían en el piso, sobre las bancas o debajo de éstas. Cuando entramos nos llevaron al rincón donde estaban los “duros”.


–Siéntese, flaco, que no le vamos a hacer nada –dijo uno de ellos, haciéndome espacio a su lado en la banca–, este es el protocolo de bienvenida.


–Dígannos si traen algo que pueda servirnos a todos aquí dentro: plata, vareta, perico… lo que sea –agregó cortésmente otro de los muchachos.


–Yo no tengo nada de eso, compa –respondí nervioso.


–Los vamos a raquetiar, y si les encontramos algo… –el tipo, diciendo esto, sacó una patecabra quién sabe de dónde, la abrió con gran destreza y nos enseñó su filo que brilló entre la penumbra.


No encontraron nada. Uno de ellos nos indicó dónde podíamos acomodarnos entre tanta gente, mientras la mayoría de ellos hacían lo posible por conciliar el sueño. Yo hice lo propio y me acosté boca arriba, pensando en la situación tan absurda en la que me encontraba y lo paradójico que me resultaba saberme más tranquilo y seguro estando entre malevos en aquel calabozo apestoso, que en la estación con los policías. Pronto me venció el cansancio y caí en un profundo sueño.


En la mañana empezaron a llegar los desayunos. Uno a uno, fueron llamando del otro lado de la reja a los desdichados que tenían la dicha de contar con familiares y amigos que les enviaban algo de comer. Junto con las viandas, algunos recibían pequeñas cartas que, al leerlas para sus adentros, iluminaban el rostro de quienes las recibían. Me enterneció hasta las lágrimas comprender el poder que tienen las palabras en cualquier circunstancia, sobre todo en la adversidad. De aquí para allá rotaban las mogas dentro del calabozo, la solidaridad nos hizo hermanos en aquel momento y, cual lo hiciera Cristo, el pan se multiplicó para vencer el hambre. No probé bocado esa mañana, pues no sabía si la falta de apetito se debía a mi estado de ánimo o si, más bien, quería evitar la bochornosa situación de tener que hacer del dos en aquel chiquero de baño.


Pasaban las horas y yo me sentía asediado por el aburrimiento. No quería hablar con nadie allí dentro, pero es imposible no hacerlo. Tantas historias, tantos y tan diversos mundos por conocer: he ahí la arcilla para el artista. De todos los que allí estaban, habían caído por asuntos netamente personales, egoístas si se quiere, buscando la manera de saciar sus apetencias particulares. Podría decirse que su pena también debían purgarla de manera particular.


–Pelu, ¿y usted qué hizo? –Me preguntaron.


–Estaba en una marcha y las cosas se pusieron feas. Cuando empezó el tropel yo estaba al frente tratando de apaciguar el asunto, pero ya era demasiado tarde… los tombos se dejaron venir, lanzando aturdidoras y piedras.


–¡Ah, qué falla! ¿Y no corrió, pelu?


–Tampoco lo intenté. ¿Para qué? Si lo hacía, me hubiera puesto del lado de los violentos, y yo con eso no comulgo.


–¡Qué vuelta, parcero!


A medida que entraban y salían los “duros” del calabozo, la estructura de poder iba cambiando de forma casi orgánica, como imagino sucede al interior de cualquier organización hegemónica que precise del uso de la fuerza para mantener un determinado orden en su seno. Entrada la tarde, mucho después de la hora del almuerzo, escuché mi nombre del otro lado de los barrotes: un delegado de una organización de DDHH llegó para verificar nuestro caso. Sentí un gran alivio al saber que no estaba solo. Las horas pasaban y mi compañero de infortunio y yo esperábamos que nos llamaran a audiencia. Cayó la noche y aún no sucedía nada. Por fin, a eso de las ocho, salimos del bunker. Afuera alguien pronunció mi nombre entre gritos y su voz me hizo olvidar todo aquel embrollo. Sí, era ella. No esperaba encontrarla y, sin embargo, allí estaba. Al encontrarnos en un abrazo, sentí que el mundo se derrumbaba y volvía a construirse de nuevo.


Cansado pero gozoso, recordé la noche que Henry David Thoreau pasó tras las rejas por negarse a pagar sus impuestos, porque consideraba injusto lo que EE. UU. estaba haciendo con aquellos recursos en la guerra contra México. Al igual que él, yo también estoy en contra de la violencia, de la guerra, de las leyes injustas, del consumo y la acumulación desmedida y ambiciosa… Con la frente en alto, cual lo hiciera Thoreau en Concord hace más de dos siglos, pude demostrarme a mí mismo que sí es posible acudir a la irreductibilidad del espíritu humano en tiempos aciagos. Esa noche pude comprender, tal como él enseñó mediante su ejemplo, que no existen barrotes ni murallas que puedan poner límites a un espíritu libre y, sobre todo, que no es correcto perseguir justos fines empleando ruines métodos.

ISSN: 3028-385X

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