Shakira y el mundial

Foto: Dai Dai (Shakira)

Andrés C. Palacio
Universidad del Atlántico
Shakira ha sido, como ninguna otra artista, una voz recurrente a lo largo de los mundiales de fútbol. No por nada su nombre lleva más de dos décadas apareciendo en escenarios donde la música y el deporte confluyen a los ojos de todo el planeta.
En el 2006, por ejemplo, estuvo en la final Francia vs. Italia en Múnich. En aquella ocasión, adaptó su propio tema Hips Don't Lie a una versión más acorde con la sonoridad mundialista: coros retumbantes y envolventes, acordes épicos y aquella aura difícil de explicar que caracteriza a las buenas canciones mundialistas que terminan convirtiéndose en auténticos himnos. Bamboo, en la final del 2006, sería entonces la simiente de lo que vendría más tarde.
De ahí la importancia de detenerse en esta llamada “sonoridad mundialista”, definida como aquella sobrecogedora propiedad que sólo llegan a tener algunas pocas canciones inmortalizadas en un Mundial, capaces de brindar un pulso común a todas las naciones del globo, haciendo vibrar tanto a alguien en Islandia como a alguien en la Patagonia.
Estos temas bien podrían llamarse con facilidad “canciones del planeta Tierra” o “canciones humanas”, y aún más fácil sería que, con nuestra tecnología de hoy en día, se emulara la misión Voyager de 1977 para enviar al espacio, en busca de contacto extraterrestre, un disco dorado con canciones como Un'estate italiana, de Italia 90; La copa de la vida, de Francia 98; Bamboo, de Alemania 2006; Wavin' Flag y This Time for Africa, de Sudáfrica 2010; La La La y Ole Ola, de Brasil 2014; entre otras canciones que tienen ese genoma de universalidad en sus ritmos.
Shakira entendió esto desde el principio y supo aplicarlo a la perfección en los mundiales de 2006, 2010 y 2014; con Sudáfrica 2010 como su momento más significativo. “Waka Waka” fue —y sigue siendo— un fenómeno fuera de serie, considerada una obra maestra en materia de canciones mundialistas: una combinación precisa de pop, calipso, soukous, dance y un sutil e inevitable suspiro de champeta.
Porque sí, aunque sea difícil de creer, si prestamos atención, no tardaríamos en descubrir que, en esencia, “Esto es África” no es más que una champeta magistralmente “shakirizada”.
No hace falta más que reparar en detalles como los acordes de la guitarra y el segundo verso en la parte final de la canción, el baile, los movimientos de cadera y, por si quedara alguna duda, podemos revisar incluso el propio ADN de la canción, cuyos orígenes se remontan a las marchas militares de Camerún. País ubicado en pleno corazón de África, uno de los tantos territorios africanos cuyos ritmos alimentaron esa variopinta familia músical que en Colombia bautizamos como “champeta”. El mismo género contagioso que ya retumbaba con fuerza en todos los picós del Caribe colombiano cuando Shakira apenas era una niña llena de sueños.

