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Sinfonía de tiple y fosa

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Alejandro Suárez Gómez

Universidad del Valle

La casona no se alzaba sobre la colina, sino que parecía aferrarse a ella con la desesperación de un náufrago de adobe. Era una estructura de tapia pisada que exhalaba un vaho perenne a ceniza y ruda, donde el frío no era una condición del tiempo, sino un habitante más que se sentaba a la mesa sin permiso, entumeciendo las palabras antes de que pudieran nacer. En el centro de la sala, bajo la mirada de un Cristo de madera cuyo rostro había sido borrado por décadas de humo de vela y rezos desesperados, colgaba el instrumento. Su caja de resonancia, tallada en un comino crespo que el río desenterró de un lecho mortuorio centenario, conservaba un brillo aceitoso, como si sudara el pavor de quien se atreviera a rozarlo en la penumbra.


En aquel hogar, la familia era un nudo ciego de lealtad y silencio. El valor del respeto al linaje no se enseñaba con caricias, sino con la mirada severa de un padre cuyas manos eran un mapa de cicatrices y soga, y una madre que movía el cucharón de palo en la sopa de indios con una cadencia hipnótica, casi religiosa. La esperanza allí no era un ave luminosa, sino una semilla enterrada a demasiada profundidad; una promesa de que, si se cumplía con el rito, la tierra no se tragaría los cimientos antes de tiempo. Se amaban, sí, pero con un amor que pesaba tanto como una ruana de lana virgen empapada por la tormenta; un amor que obligaba a proteger el secreto para que el honor de los apellidos no se pudriera a la vista de los vecinos, quienes desde sus propios cercados intuían que en esa casa el aire pesaba distinto.


Cada tarde, cuando el sol se hundía tras los cerros como una herida que se niega a cerrar, el heredero de la sangre debía cumplir con su herencia. Sus dedos, agrietados por el azadón y la escarcha de los surcos, buscaban las cuerdas con la resignación del que sabe que el descanso es un pecado que la estirpe no perdona. Al primer rasgueo, el sonido no era una melodía de convite, sino un lamento metálico que vibraba en la boca del estómago. El tiple no cantaba; sollozaba en una frecuencia que hacía que los retratos de los ancestros, amarillentos y carcomidos por la polilla, parecieran entornar los ojos para vigilar que el compás no decayera. Había una belleza perversa en el rasgueo, una armonía que recordaba al viento chocando contra los frailejones del páramo, pero que escondía el crujido de algo rompiéndose por dentro.


La incomodidad nacía en las grietas del suelo. Bajo las pesadas tablas de roble que crujían como huesos viejos, la fosa familiar reclamaba su tributo de vibración. Se decía, en los susurros que el viento traía de los campos de cebada, que los muertos de esa estirpe no descansaban bajo la paz del camposanto, sino que permanecían bajo el salón principal, escuchando con oídos de tierra. Era la máxima expresión de la unión familiar: los que se habían ido seguían presentes, exigiendo ser parte de la rutina diaria. Si la música se detenía por un solo instante, el silencio se volvía una presencia física, una presión en los oídos que hacía que la nariz sangrara y que las sombras de las esquinas cobraran volumen, reclamando un espacio que ya no les pertenecía a los vivos.


El miedo y la fe se confundían en el humo del incienso que la madre encendía para disfrazar el olor a humedad rancia. El joven tocaba con la esperanza de que, al final de la última estrofa, el suelo dejara de temblar y la fosa quedara satisfecha por una noche más. Pero la tragedia no radicaba en la muerte, sino en la permanencia absoluta. Al ejecutar el torbellino más frenético, sentía cómo el acero de las cuerdas le devolvía el golpe, absorbiendo el calor de sus yemas hasta dejarlas cárdenas, casi negras, como si el instrumento estuviera succionando su juventud para alimentar a los que dormían abajo. Era una sinfonía de obediencia absoluta, una tradición que convertía la devoción en una cárcel de tripa y madera.


Mientras el tiple aullaba, la madre servía los platos en un silencio sepulcral, y el padre asentía con la cabeza, marcando el ritmo con un pie pesado que parecía querer hundirse en la tierra de un solo golpe. En ese momento, el joven comprendía con un nudo de pavor que no era él quien arrancaba el sonido. Era el instrumento el que lo tocaba a él, afinando sus nervios, tensando sus propios tendones como si fueran cuerdas nuevas y vaciando su espíritu, hasta convertirlo en una pieza más de ese mobiliario eterno que solo sabe de esperas, de devociones oscuras y de fosas que nunca terminan de llenarse. Afuera, la niebla lo borraba todo, ocultando el perfil de las montañas, pero adentro, la música seguía escarbando implacable hacia abajo, buscando el corazón de los que ya no respiraban para decirles que la guardia continuaba, que la familia seguía unida, y que nadie, ni siquiera los muertos, tenía permitido el descanso mientras el tiple tuviera a quién devorar.

ISSN: 3028-385X

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