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Terquedad y rebeldía: murales y memorias

Foto: @andrealezamaph
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Dilan Alexander Bocanegra

CIDE (México)

(…)Pasear con antenas de cobre

en las antárticas arenas

del litoral que amé y viví,

deslizar un escalofrío

entre las algas asustadas,

sobrevivir bajo los peces escondiendo el caparazón

de mi complicada estructura,

así es como sobreviví

a las tristezas de la tierra.

Resurrecciones, Pablo Neruda.


Este 16 abril —mes de esperanza y de revolución— de 2026 se cumplieron veinte años desde que un estruendo rompiera el aire en el apartamento de don Luis Concha y doña Gloria Alvarado —en adelante, Glorita—. Ese día, la explosión terminó con la vida de Luis Alejandro Concha Alvarado, “Rojo” para sus amigos. Terminó con su vida y con muchos de sus sueños, pero no con sus luchas.


Luis Alejandro fue, como lo nombra su madre, un joven que “actuó siempre conforme a sus ideales”.


Su historia comienza, incluso, antes de nacer. Tras una gestación difícil, Glorita y Luis lograron tener a su único hijo. Un hijo que crecería en un hogar con condiciones que buscaban garantizarle lo mejor, pero que desde muy temprano mostró una sensibilidad que no se explica solo por lo material.


En conversación con Glorita para este artículo, aparece un niño que parecía ir siempre un poco más adelante: no gateó, sino que a los siete u ocho meses ya daba sus primeros pasos; su proceso de habla fue rápido; y en el colegio, en varias ocasiones, fue adelantado de curso por su capacidad intelectual.


Pero más allá de cualquier idea de inteligencia, hay un rasgo que insiste en la memoria: su forma de sentir a los otros.


Glorita lo recuerda así:


“Desde pequeñito él no podía ver a una persona —un habitante de calle, por ejemplo— sin que se le partiera el corazón. A él se le daba dinerito para que comprara algo en el colegio, y muchas veces lo regalaba.


Yo después le preguntaba: ‘Papito, estoy buscando tal chaqueta, tal camisa…’, y él me decía: ‘Ay, mami, es que yo la regalé’.


Si veía a alguien descalzo, a una persona mayor con frío, se quitaba la chaqueta y se la daba. Siempre fue así, siempre. Era como si no sintiera envidia.”


En ese gesto —repetido, cotidiano, casi terco— empieza a dibujarse una forma de estar en el mundo: una que no se conforma, que no pasa de largo, que se detiene ante el otro.


Y quizás ahí comienza también lo que hoy persiste: no solo la memoria de Luis Alejandro, sino la terquedad de Glorita. Una terquedad que no se rinde al olvido, que insiste, que nombra, que vuelve una y otra vez sobre la ausencia para convertirla en presencia.


Esa misma terquedad fue la que, aquel fatídico 16 de abril, la llevó incluso a atravesar el cerco de las autoridades que acordonaban la zona para ir en busca de su hijo. Glorita lo recuerda así:


“No alcanzamos a durar ni cinco minutos (en misa) desde el ruido de la explosión hasta llegar donde vivíamos. Eso ya estaba todo acordonado, no nos dejaban pasar. Yo señalé y dije: ‘Mire, en ese apartamento de allá vivimos nosotros’. Y un policía dijo: ‘Ah, ¿donde estaban unos terroristas?’.


Yo le dije: ‘¿Cómo así terroristas?’, y me pasé por debajo de las piernas de ellos. Luis me siguió. Yo era más fuerte en ese momento, o más arriesgada, no sé. Caminamos una cuadra y media o dos, y cuando llegué al parque que queda al frente de donde vivíamos, me detuve… y pegué un grito espantoso.”


En ese punto, es difícil no dejar que ese grito atraviese también el presente. La angustia, la incertidumbre, el dolor; pero también la dignidad y la terquedad que, desde ese día hasta hoy, no han dejado de insistir. Una terquedad que no es solo resistencia individual, sino semilla: algo que ha ido creciendo en quienes hoy seguimos nombrando, recordando y acompañando.


Podríamos escribir muchos más artículos sobre la vida de Luis Alejandro: sobre su decisión de cambiar de colegio en noveno grado e ingresar al San Bartolomé con carta de recomendación del Papa regente de la época; sobre su gusto por el tenis o su profunda pasión por el violín.


Sobre este último, Glorita recuerda, en el homenaje realizado el pasado 18 de abril:


“Ocho días antes de su asesinato, Luis Alejandro decidió darme una serenata. Al terminar me dijo: ‘Mamá, esta serenata no se compara con la que algún día te daré cuando tengas que partir’.


Lo que no sabíamos era que sería yo quien le cerraría los ojos a él.”


Han sido varios los actos donde la memoria de Luis Alejandro ha pasado por los corazones de muchas personas: desde homenajes en textos publicados, poemas y murales; estos últimos como signo de lucha y resistencia, de que “aquí no olvidamos, pintamos y repintamos porque no estamos dispuestos a que estos hechos se olviden”, en palabras de la compañera Luz Marina Hache en el evento del pasado 18 de abril, en la esquina de la Av. Caracas con calle 22, donde se encuentra un mural en memoria de Luis Alejandro.


Porque la memoria, aquí, no es solo palabra: es trazo, es color, es pared resignificada y habitada. Los murales —para quien escribe este artículo— no son únicamente homenajes; son formas de disputar el olvido, de decir que Rojo sigue estando, no como pasado cerrado, sino como pregunta abierta en la ciudad.


En conversación con Sebastián, joven artista que ha hecho parte de la creación de varios de estos murales —no solo de Luis Alejandro—, aparece otra capa de esta historia: la de quienes, sin haber vivido directamente los hechos, deciden cargar la memoria y hacerla visible.


En este sentido, Sebastián nos comenta:


“Para mí, los muros como lugares de memoria son espacios de acompañamiento para quienes sostienen labores de resistencia en contextos de impunidad. No se trata de un acompañamiento lineal, de una persona hacia otra, sino de un lugar de encuentro y de juntanza para quienes han decidido plantarse ante la injusticia que ha generado un sistema estatal profundamente corrupto y criminal. Allí convergen estudiantes, artistas, familiares e incluso quienes han sido directamente afectados por hechos victimizantes, y de manera circular podría decirse que nos acompañamos, nos enseñamos y nos apoyamos.


Esto tiene un sentido más emocional; sin embargo, plasmar memorias en los muros tiene también implicaciones políticas y sociales, ya que permite llevar el recuerdo a otros lenguajes. Traduce, en este caso, la lucha de Glorita en una pieza que puede ser interpretada por muchas personas, ampliando su alcance y tocando más corazones”.


Muy articulado a esto, para la elaboración del mural de 2026 decidieron, de forma artística, plasmar tanto a Luis Alejandro como a su padre Luis y a su madre Glorita. Con respecto a esto, agrega Sebastián —y quién mejor para hacerlo— lo siguiente:


“Siento que este muro está profundamente influenciado por los últimos años del proceso de Glorita. Lo entiendo como un reconocimiento a su lucha sostenida por la memoria de su hijo, Luis Alejandro. La intención era que Glorita pudiera sentir los frutos de ese recorrido: una siembra que, a lo largo del tiempo, hizo junto a don Luis —ese viejo zorro— por su hijo, el Rojo. Esto ha florecido en muchxs compañerxs, que se manifestaron el sábado como todo un bosque capaz de abrazarla y de darle mucho amor, que tanto nos ayuda a seguir caminando”.


En ese entramado de voces, trazos y encuentros, la memoria de Luis Alejandro deja de ser únicamente evocación para convertirse en práctica. Una práctica sostenida en la terquedad de quienes se niegan a olvidar y en la rebeldía de quienes insisten en hacer visible lo que otros quisieran borrar.


Los murales, en este sentido, no solo representan: producen memoria. No son meros soportes visuales ni ejercicios decorativos; son dispositivos vivos que inscriben en el espacio público relatos que se resisten a desaparecer. Instalan preguntas en la ciudad, interpelan a quienes la transitan —incluso a quienes no buscan encontrarse con ellas— y configuran formas colectivas de recordar que desbordan lo institucional y lo oficial.


En ellos, la memoria se hace cuerpo en el trazo, en el color, en la persistencia de una imagen que vuelve una y otra vez sobre el mismo muro o sobre otros. Cada intervención no solo evoca, sino que actualiza: vuelve presente lo que se quiso relegar al pasado. Así, los murales no fijan una memoria estática, sino que la ponen en movimiento, la abren al encuentro, a la conversación y también a la incomodidad.


Son, al mismo tiempo, gesto estético y acción política. Estético, en tanto construyen lenguajes, sensibilidades y formas de ver; político, porque disputan el sentido de lo que merece ser recordado, de quiénes tienen lugar en la ciudad y de cómo se narran las violencias que la atraviesan. En esa doble condición, los murales se convierten en prácticas de terquedad y rebeldía: insisten, reaparecen, se rehacen y, sobre todo, se niegan a ceder ante el olvido.


Así, la terquedad y la rebeldía no aparecen como actos aislados, sino como modos de habitar el mundo. Modos que, en medio de la impunidad, siguen apostando por la memoria como lugar de encuentro, de dignidad y de posibilidad. Porque mientras haya quienes pinten, nombren y se junten, la memoria no será pasado: seguirá siendo presente en disputa.

ISSN: 3028-385X

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