Tres populismos, una grieta: el populismo que no se nombra en las elecciones

Foto: Cambio

Alejandro Góngora Giraldo
Universidad de Valencia
En Colombia, la palabra “populismo” se ha convertido en un espejo incómodo: todos creen verlo en el adversario y casi nadie reconoce sus propios reflejos. La derecha acusa a la izquierda de vivir de la emoción y la polarización; la izquierda responde denunciando el miedo, el nacionalismo y las promesas de orden de sus rivales. Al final, el término termina funcionando más como un insulto político que como una categoría útil para entender el país.
Sin embargo, el populismo rara vez aparece de la forma caricaturesca con la que suele discutirse en televisión o redes sociales. Más que una ideología cerrada, funciona como una lógica política que divide la sociedad entre un “pueblo honesto” y unas élites que supuestamente lo traicionaron. A veces llega envuelto en discursos explosivos y otras veces entra de manera más discreta: como una forma de construir enemigos, simplificar conflictos complejos o presentarse como la única voz legítima de una ciudadanía cansada.
Y Colombia parece atravesar precisamente ese cansancio. Después de años de polarización, desconfianza institucional y promesas incumplidas, buena parte del electorado siente que la política tradicional ya no logra interpretar la frustración social. No se trata únicamente de una percepción difusa. Según el Latinobarómetro 2023, apenas el 17% de los colombianos se declara satisfecho con el funcionamiento de la democracia, el mismo nivel que en 2020, lo que confirma que el problema no es coyuntural sino estructural. En paralelo, los estudios de LAPOP muestran un crecimiento sostenido de ciudadanos dispuestos a apoyar liderazgos fuertes capaces de “resolver los problemas” incluso si eso implica tensionar ciertos límites institucionales.
Ese deterioro no produce automáticamente populismo, pero sí crea el clima perfecto para su expansión. Cuando las instituciones dejan de generar identificación colectiva, la política empieza a buscar legitimidad en relatos emocionales más simples: el pueblo contra quienes lo traicionaron, los ciudadanos honestos contra las élites corruptas, la nación “real” frente a quienes supuestamente la deformaron.
En ese vacío, los discursos que prometen representar al “verdadero pueblo” encuentran terreno fértil.
Las elecciones presidenciales de 2026 reflejan esa tensión. Aunque los principales candidatos representan proyectos políticos distintos e incluso opuestos, todos recurren (en mayor o menor medida) a una misma lógica: dividir el escenario entre quienes encarnan la voluntad legítima de la nación y quienes supuestamente la han traicionado.
Pero las diferencias entre ellos sí importan. Hay candidatos que utilizan el populismo como una herramienta puntual de confrontación; otros lo convierten en el vehículo de un proyecto ideológico más amplio. Y hay quienes directamente hacen de él toda su identidad política.
Precisamente por eso, analizar sus discursos permite entender algo más profundo que una simple campaña electoral. Permite observar la grieta emocional y política sobre la que se está reorganizando buena parte de la democracia colombiana.
Paloma Valencia: Institucionalismo con momentos de ruptura
De los tres candidatos analizados, Paloma Valencia es quien menos encaja dentro del molde populista clásico. Y precisamente por eso resulta un caso interesante. No porque esté completamente fuera del fenómeno, sino porque permite observar cómo incluso un discurso institucional puede recurrir a elementos populistas cuando la tensión electoral aumenta.
Valencia construye gran parte de su campaña alrededor de ideas como estabilidad, orden e institucionalidad. Su mensaje busca llegar a sectores amplios del electorado sin dividir explícitamente a la sociedad entre “buenos” y “malos”. En ese sentido, su discurso se acerca más a la tradición conservadora clásica que al populismo confrontativo.
Esa posición también tiene una explicación política evidente. Valencia proviene de una de las familias más influyentes de la política colombiana y difícilmente podría construir una narrativa de “pueblo contra élite” sin entrar en contradicción con su propia trayectoria. El problema de las élites tradicionales no es solamente gobernar; es convencer de que todavía representan renovación.
Sin embargo, hay momentos donde el tono cambia. Cuando Valencia utiliza expresiones como “castrochavismo” o vincula a sectores de izquierda con amenazas para el país, deja de tratar al adversario como un competidor democrático y empieza a convertirlo en un riesgo moral para la nación. Ahí aparece uno de los rasgos más reconocibles del populismo: transformar el debate político en una confrontación entre quienes “salvan” el país y quienes supuestamente lo ponen en peligro.
Eso no significa que Valencia construya toda su identidad política desde esa lógica. Su liderazgo sigue dependiendo de estructuras partidistas tradicionales, de una larga trayectoria institucional y de una campaña basada en la continuidad del sistema político. Pero ahí también aparece una de las tensiones centrales de su candidatura: intenta representar el cambio sin dejar de ser parte de una élite que ha gobernado Colombia durante décadas.
En su caso, el populismo no es la casa en la que habita el discurso, sino la ventana que abre cuando la campaña necesita aire de confrontación.
Iván Cepeda: el populismo como vehículo político
Iván Cepeda representa un caso mucho más complejo. A diferencia de otros candidatos, su discurso no se limita a la confrontación emocional ni a los eslóganes simples. Detrás de su narrativa existe una estructura ideológica más sólida y una trayectoria política construida durante años.
Lo primero que distingue a Cepeda es la forma en que construye la idea de “pueblo”. No habla de una masa homogénea ni de un único sector social. Su discurso reúne organizaciones indígenas, víctimas del conflicto, campesinos, sindicatos, estudiantes y movimientos sociales distintos bajo una sensación compartida de exclusión.
Ese elemento es importante porque convierte su candidatura en algo más elaborado que el populismo clásico. El conflicto político no se presenta únicamente como una lucha entre pueblo y élite, sino como la articulación de sectores que sienten que el sistema político colombiano históricamente los ha dejado fuera.
Donde su discurso sí encaja claramente en una lógica populista es en la construcción del adversario. El uribismo, la corrupción estructural y ciertos grupos económicos aparecen constantemente como obstáculos para el cambio político. Pero, a diferencia de otros liderazgos más coyunturales, esa narrativa no parece improvisada para una campaña electoral. Está conectada con años de activismo político, defensa de derechos humanos y construcción de memoria histórica.
Eso le da credibilidad a su mensaje, pero también abre una pregunta importante: ¿hasta qué punto su candidatura representa un liderazgo propio, fruto de los movimientos sociales que dice representar, y hasta qué punto es una continuidad del proyecto político de Gustavo Petro?
La duda no es menor. Al revisar el programa de gobierno, el nombre de Petro aparece mencionado más de 143 veces, y buena parte de las propuestas planteadas mantienen una línea de continuidad clara con el actual gobierno. Su candidatura intenta proyectarse como una expresión colectiva de participación social, pero al mismo tiempo sigue orbitando alrededor de la figura del presidente.
Esa ambivalencia es precisamente lo que vuelve a Cepeda el candidato más difícil de clasificar. No utiliza el populismo como un simple instrumento electoral, pero tampoco puede separarse completamente de él. En su caso, el discurso emocional y la identidad política funcionan como el vehículo de un proyecto ideológico más amplio.
Además, gran parte de su campaña está construida desde marcos emocionales relacionados con la paz, la justicia social y la reparación histórica. Eso no significa que no existan propuestas concretas, pero sí muestra que la narrativa simbólica ocupa un lugar central dentro de su estrategia política.
Y ahí aparece una de las preguntas más interesantes de su candidatura: si ese intento de articular demandas sociales distintas termina fortaleciendo una democracia más inclusiva o si, como advertía Ernesto Laclau, toda construcción de “pueblo” necesita inevitablemente un adversario que mantenga viva la frontera política.
Abelardo De la Espriella: el populismo como identidad total
En Abelardo De la Espriella el fenómeno del populismo aparece de forma mucho más directa. A diferencia de Valencia o Cepeda, el populismo no funciona como una herramienta parcial ni como el vehículo de un proyecto político más amplio. En su caso, es el núcleo completo de la campaña.
Su discurso se sostiene casi totalmente sobre una división moral entre “la gente correcta” y “los corruptos”. La política deja de presentarse como una discusión entre ideas distintas y pasa a convertirse en una confrontación entre quienes supuestamente defienden el país y quienes buscan destruirlo.
La figura de “los nunca”, utilizada constantemente por el candidato, resume bien esa lógica. Según su narrativa, existen ciudadanos honestos que nunca han vivido del Estado, nunca han dependido de favores políticos y nunca han participado de la corrupción. Frente a ellos aparecen “los de siempre”: políticos tradicionales, élites corruptas y sectores de izquierda presentados como responsables de la crisis nacional.
Ese tipo de discurso funciona políticamente porque transforma el malestar social en identidad colectiva. La indignación deja de ser una emoción pasajera y empieza a convertirse en una forma de pertenencia. El problema es que, al hacerlo, simplifica conflictos complejos y reduce la política a una confrontación emocional permanente.
En muchos momentos, la izquierda deja de aparecer como un adversario democrático para convertirse en una amenaza casi existencial. Expresiones como “eje del mal” o la asociación constante entre progresismo y destrucción nacional no buscan debatir propuestas, sino construir miedo político.
Su liderazgo también responde a esa lógica. La campaña gira principalmente alrededor de su figura personal, su presencia mediática y su estilo confrontativo. No existe detrás una estructura partidista sólida ni una organización política comparable a la de los partidos tradicionales.
Y ahí aparece una de las mayores contradicciones de su discurso. De la Espriella promete acabar con la política tradicional, la corrupción y las alianzas clientelistas, pero si llegara al poder necesitaría negociar precisamente con ese mismo sistema para gobernar. Como ocurre con muchos liderazgos antisistema, la campaña se alimenta de la indignación contra unas instituciones de las que inevitablemente terminaría dependiendo.
En su caso, el populismo no es un complemento del programa político. El populismo es el programa.
Tres populismos, una misma grieta
El recorrido por los tres candidatos deja una conclusión incómoda: Colombia no está viviendo una elección entre populismo y no populismo. Lo que realmente está en disputa son distintas formas de utilizar el mismo fenómeno.
Los tres candidatos con más posibilidades de llegar a la Casa de Nariño utilizan, en mayor o menor medida, una idea parecida: la existencia de un pueblo legítimo enfrentado a una élite que lo ha traicionado. Lo que cambia no es la presencia de ese lenguaje, sino el uso que cada uno hace de él.
En Paloma Valencia, el populismo aparece de forma puntual. Su discurso sigue siendo principalmente institucional y centrado en el orden, la estabilidad y la defensa del sistema político tradicional. Sin embargo, cuando presenta sectores de la izquierda como una amenaza para el país y utiliza términos como “castrochavismo”, abandona momentáneamente el terreno del adversario político para entrar en la amenaza moral. No es el centro de su campaña, pero sí un recurso al que recurre cuando la polarización electoral aumenta.
Iván Cepeda representa el caso más complejo. El populismo en su discurso no funciona solo como estrategia electoral, sino como la forma de articular un proyecto político más amplio. Su narrativa conecta a distintos sectores sociales (movimientos indígenas, organizaciones de víctimas, campesinos, sindicatos y jóvenes) bajo una idea compartida de exclusión y cambio político. A diferencia de otros discursos populistas, aquí sí existe una estructura ideológica más profunda detrás del mensaje emocional.
En Abelardo ocurre algo distinto. El conflicto entre “la gente buena” y “los corruptos” no es una herramienta de campaña. Su discurso convierte la política en una confrontación moral permanente donde no hay matices, solo bandos. La izquierda deja de ser un adversario democrático y pasa a presentarse como una amenaza existencial.
Aun con sus diferencias, los tres candidatos comparten algo importante: necesitan una sociedad fragmentada para que su discurso funcione. Y esa fragmentación no apareció de la nada. Surge de años de desconfianza hacia las instituciones, cansancio político y sensación de abandono. En un país donde gran parte de la ciudadanía siente que nadie la representa realmente, los relatos de salvación encuentran un terreno fértil.
El problema es que el populismo suele ofrecer respuestas emocionalmente contundentes a problemas que son estructuralmente complejos. Identifica enemigos con facilidad, pero rara vez explica cómo resolver las tensiones de fondo sin depender de nuevos liderazgos personalistas.
Por eso, más allá de quién gane las elecciones de 2026, la pregunta importante no es qué candidato representa mejor la rabia del país, sino cuál es capaz de transformar esa rabia en política democrática sin seguir ampliando la grieta que dice querer cerrar.

