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Una vida vivida

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Santiago Acero Peñuela

Universidad Minuto de Dios

—¿Ya casi llegamos? —murmuró Sebastián.


—Sí, solo son unos quince minutos más.


—¿Por qué vinimos por aquí? Está muy empinado.


—Era el camino más seguro —dijo Santiago.


Sebastián hizo un puchero, miró alrededor y sacó algo de su bolsillo. —Guarde eso.


—Me dijo que era seguro.


Nada es seguro.


Luego de unos pasos, Sebastián se detuvo.


—Creo que nos siguen, hay alguien detrás de nosotros.


—¿Cómo? Guarde eso, por Dios.


Santiago quiso mirar atrás, pero Sebastián lo detuvo.


—¿Usted es tonto? Vea, metámonos a esa tienda.


Ambos se dirigieron al establecimiento, compraron apenas una botella de agua y, parados en la puerta, observaban a la persona detrás de ellos; el sudor brillaba en la frente de Sebastián.


—No puede ser que usted sea tan idiota —dijo Santiago; el ceño fruncido, los puños apretados—. ¡Es un abuelo!


—No me había dado cuenta.


—Tómese eso; no podemos llevar nada.


Siguieron cuesta arriba pasándose la botella. Cuando la habían bebido toda, Santiago la lanzó a la terraza de una casa.


—¿Era necesario? —dijo Sebastián.


—¿Qué más hacía? Otra vez, guarde eso.


Esta vez lo dijo con cierta ternura; la mano apoyada en el hombro, la sonrisa escueta, apenas visibles los dientes.


—Vea, ya llegamos, es esa casa blanca. Espero que conserve los modales; nunca le he presentado un amigo a mi abuela —dijo Santiago.


—¿Por qué?


—Nunca tuve.


Sebastián se acomodó los lentes y se le salió una risa patética.


—Qué extraño. Voy a conocer a tu abuelita.


—Silencio, voy a timbrar.


Detrás de la puerta se escuchó una voz gruesa y femenina que preguntaba por un código. —Santi, abuelita, Santi. S. A. N. T. I. Santi.


—¿Mi nieto?


—No creo que conozcas otro Santiago, abuelita.


—Ah, pues es verdad, mijo.


Se escucharon cerraduras, algunos candados y el movimiento de las llaves. Tras la puerta, una anciana de fina sonrisa y ojos enormes, de bello color canela, les daba paso a su hogar.


—Sigan, sigan. ¿Quieren algo de tomar? Tengo cafecito si gustan.


—Sí, abuelita, un tinto está bien. Mira, te presento a mi amigo Sebastián. —Buenos días, un placer.


Se inclinó en una reverencia formal y le dirigió una sonrisa que luego se reprochó; había sido un gesto descuidado.


—¿Qué los trae por aquí, mijito?


—Estábamos cerca y, como nunca te había presentado a un amigo, pensé venir a saludar. —Ah, bueno, corazón.


Hubo un silencio mientras la abuela iba por azúcar para el café.


—Ya les sirvo el tintico —gritó desde la cocina.


Sebastián se acercó a Santiago.


—¿Cuántos años tiene tu abuelita?


—Ochenta, creo.


Sebastián volvió a sentarse y pensaba y pensaba; Santiago recorría la habitación con la mirada.


—Aquí tengo el tinto. ¿Les gusta con azúcar?


—Sí, señora —respondió Sebastián.


Santiago le dirigió una mirada de odio.


—Gracias, abuelita.


—De nada, mi Santi.


Hubo silencio.


—¿Y cómo le va en la universidad, mijito?


—Muy bien, tengo las mejores calificaciones.


—Ah, bueno, me alegra. ¿Y usted, jovencito?


Sebastián miró a la señora y volvió a Santiago, que pensaba y pensaba.


—A mí me va muy bien también —sorbió un poco del café, vaciló al iniciar la siguiente frase; las piernas inquietas—. Hace poco... hace poco me felicitaron por un artículo.


—¿Un artículo? —preguntó la abuela.


Sebastián se acariciaba el pantalón, lo apretaba.


—Sí, abuelita —interrumpió Santiago—. Lo hicimos juntos. Nos fue tan bien que lo quieren publicar en una revista.


—Bendito Dios, padre poderoso, me alegro mucho por ustedes. ¿De qué era el artículo? Hubo en la habitación un silbido del viento helado de la sabana; un hálito de excitación. —Es sobre —Sebastián volvió a dudar; las piernas inquietas—, sobre vivir la vida.


—Sí, algo así —añadió Santiago, parsimonioso—, sobre que uno tiene que vivirlo todo en la vida para saber que vivió.


—¡Qué maravilloso, qué increíble! Tienen toda la razón, uno debe vivir lo más que pueda. Yo por eso le digo a Santi que no tenga hijos, está muy joven. ¿Cuántos años es que tiene, hijito?


—Veinte.


—¡No, es un bebé! Ustedes tienen mucho por vivir. Yo ya estoy vieja, a mí me queda morirme. Ustedes viajen, enamórense, piérdanse, siempre con precaución, por favor, pero no vayan a perder su juventud. ¡Qué jóvenes tan brillantes! Así es, muy bien. Uno debe vivir lo más que pueda.


Hubo silencio; los sorbos del café, los suspiros del vapor. Sebastián miraba a Santiago y volvía la vista a su reflejo en el líquido.


—¿Alguno quiere más tintico?


—No, abuelita, así está bien, ya nos vamos.


—Yo sí quiero —dijo Sebastián.


Santiago lo miró con odio.


La abuelita lavó las dos tazas y volvió a llenar la de Sebastián.


—Aquí tiene, hijito.


Sebastián la tomaba muy despacio; la vista fija en el líquido. La abuela hablaba y hablaba sobre cosas que Santiago no entendía, pero en ese momento él pensaba y pensaba en cosas que la abuela tampoco entendería. Miraba de soslayo a Sebastián con la taza en las manos. Él no lo notaba y para que se diera cuenta tosía, pero nada funcionaba. Cuando se acercó a hablarle, notó que no había tomado nada de café. Se dirigió a la abuela para despedirse.


—¿Tan rápido se va, corazón?


—Sí, perdón por haber venido sin avisar. Yo... te amo, abuelita...


Se detuvo frente a la abuela y la abrazó; los brazos a la altura del cuello, las manos sostenidas atrás de la nuca, y apretó despacio, poco a poco. La abuelita le acariciaba la espalda y lo bendecía. La voz se le iba cortando hasta que soltó un chillido lamentable. Ese sonido agudo de su voz gruesa hizo espabilar a Sebastián. Se levantó de la silla, sacó el revólver, se lo puso en la frente a la abuela y le voló el cerebro.


—Imbécil —gritó Santiago.


Y ambos corrieron por la misma calle por la que habían subido.

ISSN: 3028-385X

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