Intentando dormir

Byron Hernández Gómez
Universidad Cooperativa
En ocasiones pienso cual será el propósito de la vida misma, pero aparte de sonar estrepitosa y estúpidamente profundo, sin serlo realmente, mi psiquismo siempre me envía una historia para darle una respuesta. En cierta ocasión mientras intentaba dormir con voces protestando dentro de mí, se me ocurrió imaginarme de niño, con una corona, creyéndome rey, sin ningún territorio que gobernar más que el de mis impulsos ciegos e impresionado por lo aterrador de la adultez. Entre esos malestares de pensar como adulto, en un cuerpo frágil de niño y a punto de derrumbarse por preguntas que lo empujan a salir de sí mismo, pensaba en lo complejo de vivir bajo una tormenta y más siendo un niño, dado que las dimensiones en nuestra infancia de los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor son de mayores proporciones.
Y mientras pensaba en cómo continuar tejiendo la historia, me imaginé los rayos cayendo del cielo, los árboles doblados o arrodillados ante semejantes vientos que doblegan no solo a las ramas, sino hasta las voluntades más firmes, por lo que idear una respuesta tranquilizadora ante esa tormenta estaba fuera de mi alcance. Con lo cual puse en mi escena una abuelita, de esas que ni el paso del tiempo derrumba o doblega como las ramas de los árboles. “No se asuste, mijo”, mencionó la abuelita, “que las tormentas, la lluvia y hasta el mal de amores siempre se curan con una buena oración”, y, efectivamente, después de hacer la respectiva oración, todo pasaba y se calmaba. Mi impresión sobre lo poderoso de esa oración siempre me llamó la atención y me condujo a darle una respuesta a la vida misma. Porque ahora lo entiendo, después de haber leído un montón de literatura, psicoanálisis y muchas cosas más. Comprendo que la fe tiene el noble propósito de brindar un cobijo, y no me refiero a la fe cristiana solamente, sino a toda forma de fe, porque ante la angustia, velar y cubrir, no como forma de esconder la verdad tan abrumadora, sino más bien de tratar de encontrarla con respuestas, es una forma de protección.
Si me preguntan ahora, sé que la respuesta más lógica sería la de pensar que la tormenta obviamente solo pasó, que la oración es un invento o un artificio muy bien construido, pero la cuestión es: ¿quién no vive de artificios, de invenciones, de objetos calmantes y simbolizadores para poder ingresar en el tejido social y no morir en el intento? Yo creería que todos. Pensar que subimos una foto a redes sociales sobre la situación en Gaza o sobre nuestro departamento del Cauca nos llena de fe de que hacemos algo al respecto y no nos sentimos tan inútiles e inservibles. Es decir, subimos una foto con un pedido de ayuda a la institucionalidad, al gobierno y a otras entidades (hacemos una oración) para que se haga algo al respecto, y volvemos a nuestra cama como niños privilegiados, pensando que podemos controlar algo que se sale de nuestras manos, o de que estamos combatiendo virtualmente la injusticia, justamente como un niño cree que está peleando y dando disparos con sus juguetes. Somos niños en cuerpos de grandes, con objetos que nos ayudan a sublimar la ansiedad, o la angustia de enfrentarnos al mundo sin herramientas u objetos transicionales. Si me preguntaran en quién tengo fe, diría que en esa abuelita, madre, padre o cualquiera que encarne esa figura, que nos preparan con su simbolismo protector no para rendirnos, sino para continuar resistiendo y creyendo que se puede hacer algo frente a las desgracias humanas.
Por eso, la verdad de la ciencia siempre será también un acto de fe que intenta lidiar con pasiones humanas. Así como las pasiones y su arma simbólica del acto de fe construyen verdades que tranquilizan ante guerras desatadas por la misma ciencia que se cree reina de la verdad.



