top of page

La castración del sentir

María Fernana Navarro.jpeg

María Fernanda Navarro

Universidad Jorge Tadeo Lozano

Yo aprendí a no llorar. No sé bien cuándo empezó, pero recuerdo que de niña me dijeron varias veces “las niñas lindas no lloran” o “aguántese”. Como si llorar fuera sinónimo de rendirse, como si expresar el dolor fuera una traición al personaje que se espera que uno represente.

Con el tiempo, una se acostumbra. Empieza a tragarse las palabras, a apretar los puños por dentro, a reírse cuando en realidad lo que quiere es quedarse en silencio. Una empieza a funcionar más que a vivir. A cumplir. A responder. A producir. Y aun así, sin que nadie lo diga abiertamente, nos van quitando la posibilidad de sentir a fondo. Nos entrenan para ser espectadoras de nuestras propias emociones.

Lo pienso en la universidad, cuando alguien dice en clase que está pasando por algo difícil y todo el salón se pone incómodo, o cuando alguien comparte una experiencia personal y se hace un silencio tenso. Lo pienso cuando publico algo demasiado honesto en redes y lo borro después de unos minutos por miedo a que piensen que quiero llamar la atención. Lo pienso cuando un amigo se quiebra por una ruptura amorosa y no sabe si puede hablar de eso sin parecer débil. ¿En qué momento sentir se volvió algo incómodo para los demás?

En algún punto nos dijeron que mostrar es algo malo. Mostrar es exponerse. Mostrar es quedar vulnerable. Y así, nos han convencido de que lo mejor es cerrar, endurecerse, dominar el impulso de llorar, de abrazar, de decir “te extraño”, “te necesito” o “no puedo más”. Como si el mundo fuera un lugar para sobrevivir, no para vivir.

A veces siento que somos generaciones enteras castradas emocionalmente. Que la sensibilidad está en cuarentena. Que nos enseñaron a vivir por fuera, pero no por dentro. Que nuestras emociones —como diría Canclini, pero dicho a mi manera— han sido colonizadas por un sistema que prefiere consumidores eficientes antes que personas que se detengan a sentir lo que duele. O bueno, algo así recuerdo haber escuchado en clase o visto en algún video.

Y me duele. Me duele cuando muere alguien conocido y todos publicamos el mismo tipo de mensaje, casi como si existiera una plantilla emocional prediseñada. Me duele que muchas veces necesitemos permiso para llorar. Que tengamos que justificar el afecto. Que haya que pedir disculpas por “estar muy sentimental”.

Canclini habla mucho de cómo la cultura, atravesada por el mercado, la tecnología y los medios, va formando formas de vida. Y yo lo veo cada día. Veo cómo nos hemos convertido en gente que siente con culpa, que ama con miedo, que llora a escondidas. Y eso también es cultural. Nos han entrenado para no estorbar con lo emocional. Para ser funcionales. Para parecer fuertes aunque por dentro estemos temblando.

¿Pero qué pasa cuando una ya no quiere actuar? ¿Cuándo lo único que necesita es poder sentir sin disfraz?

Escribo esto con esa necesidad. No para explicar nada, ni para hacer teoría. Lo escribo para romper, aunque sea un poco, con esa mordaza invisible que muchas llevamos dentro. Para decir que estoy cansada de fingir que no me importa lo que sí me duele. Que quiero una comunicación que no solo informe, sino que abrace. Que quiero ser estudiante, sí, pero también humana. Sentipensante, como dicen por ahí.

Tal vez por eso estudio comunicación, para buscar nuevas formas de decir lo que sentimos sin miedo. Para desobedecer esa orden silenciosa que nos impide llorar, hablar, mostrarnos. Para construir, desde lo pequeño, otras maneras de estar en el mundo. Más reales. Más afectivas. Menos solitarias.

Y si eso incomoda, qué bueno. Porque a lo mejor ahí empieza algo distinto.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2025 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page