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Foto: Juan Montenegro

MUNDO

¿Marea azul o interregno? Más allá de la conspiración

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Juan Pablo Villegas Campo

Universidad del Valle

«Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo —en bien o en mal— por razones especiales, sino que se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia».

—José Ortega y Gasset


El mundo, y especialmente Latinoamérica en el siglo XXI, ha comenzado a experimentar el fenómeno de la “marea azul”, en antagonismo con la marea rosa de los años noventa. Sin embargo, cabe preguntarse si el auge actual de movimientos de derecha, ultraderecha, libertarios o iliberales responde a una gran conspiración de las élites conservadoras o si refleja simplemente un proceso cíclico que la sociedad atraviesa hasta alcanzar estabilidad en el sistema-mundo. Los cambios abruptos de régimen no son un fenómeno extraño; el siglo XX estuvo atravesado por procesos de democratización descritos con precisión por Samuel Huntington en su libro “La tercera ola: Democratización a finales del siglo XX”.


Desde mi perspectiva, no estamos ante una conspiración, sino ante un interregno: un periodo de profundos cambios estructurales que sacuden al globo terráqueo. Este escenario no surge del vacío; responde al progresivo desgaste de una izquierda que acumuló promesas de justicia social, servicios públicos universales e inclusión que pocas veces se tradujeron en acciones concretas. Más que por falta de voluntad, la gestión progresista se vio paralizada por la burocracia estatal y por la ineludible pugna de intereses que define a lo político. Frente a estas tensiones, la fórmula política de la izquierda, que es distributiva por definición, resulta insuficiente cuando el Estado descuida el orden que es la base del contrato social, haciendo prevalecer la noción del “homo homini lupus” en la percepción ciudadana.


Ahora bien, cabe la pregunta de: ¿qué hizo bien la derecha en esta circulación de élites? Su éxito radica en su capacidad de adaptación estratégica frente a los constantes cambios del entorno actual. Como bien planteó Gaetano Mosca, la fórmula de la derecha logra que una “minoría organizada prevalezca sobre una mayoría desorganizada”. Allí donde la izquierda no logró contener la creciente inseguridad, la derecha contrapuso un discurso de mano dura que resuena en el electorado. Esto ocurre porque la premisa básica del contrato social es la garantía de seguridad por parte del Estado; sin ella, la sociedad percibe que retorna al estado de naturaleza y a la lucha de todos contra todos.

Foto: Diego Cuevas (Getty Images)

Colombia y probablemente la historia de muchos otros países latinoamericanos constituyen un escenario sumamente ilustrativo en este proceso por su larga trayectoria de conflictos y los continuos esfuerzos estatales para evitar la anomia. A comienzos del siglo XXI en Colombia, Álvaro Uribe Vélez se consolidó como el arquitecto de la fórmula política de la derecha con su proyecto de “Seguridad Democrática”. Al mermar las capacidades operativas de las guerrillas, logró articular el respaldo de una amplia mayoría desorganizada, aunque posteriormente se descubrieran los altos costos humanos de dicho proyecto. Más adelante, Juan Manuel Santos modificó el paradigma de Uribe mediante los acuerdos de paz, e Iván Duque intentó retornar a la doctrina previa. Con la llegada de Gustavo Petro, adalid de la izquierda colombiana, si bien se impulsaron avances en materia social, el incremento en los índices de violencia generó desconfianza en el electorado, reavivando el deseo de volver a un modelo de orden estricto; claro está que es un proceso más complejo, pero a rasgos generales, la percepción de la falta de seguridad fue lo que más desgastó el discurso de izquierda. Esta dinámica facilitó el giro político que culminó con la llegada a la presidencia de Abelardo de la Espriella, un fenómeno pendular que encuentra eco regional en liderazgos como los de Keiko Fujimori en Perú, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina o José Antonio Kast en Chile.


Por todo ello, el análisis político debe distanciarse de las explicaciones conspirativas y concentrarse en el examen riguroso de las dinámicas estructurales. Los discursos se agotan y las fórmulas pierden la capacidad de movilizar a las personas a ciegas. Aunque existe una innegable manufactura del consenso respaldada por el capital y los medios de comunicación, en última instancia entra en juego la capacidad de discernimiento ciudadano. Las maniobras de los políticos impulsarán el ascenso de la derecha o de la izquierda, pero el rumbo final depende de una sociedad que debe alejarse del “hombre masa” descrito por Ortega y Gasset: aquel sujeto pasivo que renuncia a su criterio individual.


Finalmente, más que aspirar a un idealizado bienestar general, la superación de este interregno dependerá de la capacidad del sistema para estabilizar el péndulo. La política no es el reino de las soluciones definitivas, sino la gestión constante del conflicto. Mientras la izquierda no comprenda que sin orden no hay contrato social posible, y la derecha no entienda que el orden sin justicia distributiva es a la larga insostenible, seguiremos atrapados en la circulación de élites. El verdadero desafío de la sociedad contemporánea no es esperar la llegada de un buen gobierno guiado por causas nobles, sino forjar una mayoría lo suficientemente crítica como para exigir, al mismo tiempo, la seguridad que garantice la vida y la equidad que le dé sentido.

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