
Foto: Alexander Cherkashin (Getty Images)
NACIÓN
¿Quién puede permitirse vivir en Medellín?

Simón Angulo Ramírez
Universidad EIA
Medellín se ha convertido en una vitrina de transformación urbana. La tecnología, el turismo, los nuevos negocios y la inversión han contribuido a proyectar una ciudad atractiva para quienes buscan oportunidades. Sin embargo, detrás de esa imagen hay una pregunta que merece más atención: ¿qué pasa cuando la ciudad que abre sus puertas al mundo se vuelve cada vez más difícil de habitar para algunos de sus propios residentes?
La discusión sobre la Misión Crecer, que plantea impulsar la economía colombiana hasta alcanzar un crecimiento del 6 %, pone sobre la mesa una idea necesaria: el país necesita más inversión, productividad y empresas capaces de generar empleo. Medellín permite observar, desde lo local, una pregunta fundamental de esa apuesta: ¿cómo garantizar que el dinamismo económico se traduzca en bienestar para quienes viven en el territorio?
Los avances de la ciudad son reales. Medellín consolidó su posición como una de las principales economías del país y ha fortalecido sectores como la tecnología y el turismo. Pero el éxito económico no elimina automáticamente los problemas de acceso a la vivienda ni las diferencias entre quienes pueden aprovechar las nuevas oportunidades y quienes deben destinar buena parte de sus ingresos a sostener su vida cotidiana.
El mercado de vivienda muestra una de esas contradicciones. Un estudio del Banco de la República, publicado en septiembre de 2025, encontró que, al comparar viviendas con características equivalentes, Medellín registró en 2024 los mayores precios de arrendamiento entre las áreas metropolitanas analizadas, superando incluso a Bogotá. No se trata de afirmar que el turismo sea la única causa del encarecimiento: la oferta de vivienda, el costo del suelo, las condiciones de financiación y la demanda también influyen. Pero sí es una señal de que el crecimiento urbano exige una discusión seria sobre la asequibilidad.

Foto: Alcaldía de Medellín
Cuando los arriendos suben y la vivienda propia se vuelve menos alcanzable, las consecuencias van más allá de las finanzas familiares. Algunos hogares deben buscar alternativas más alejadas de sus trabajos y redes de apoyo; otros pueden enfrentar dificultades para permanecer en los barrios donde han construido su vida. Así, la transformación urbana puede terminar beneficiando de manera desigual a quienes participan en ella.
Esto no significa que Medellín deba renunciar al turismo, la inversión extranjera o la renovación de sus espacios. Sería un error desconocer su capacidad para generar empleo y actividad económica. El desafío consiste en acompañar ese dinamismo con políticas de vivienda asequible, mejoramiento de barrios, transporte accesible y oportunidades para las empresas locales. También exige evaluar con cuidado cómo se regulan los alquileres turísticos y cómo se protege la posibilidad de que los residentes permanezcan en sus comunidades.
La misma reflexión debería orientar las estrategias nacionales de crecimiento. Alcanzar una cifra de PIB más alta puede ser una buena noticia, pero no basta para demostrar que una sociedad está progresando. Hace falta observar la calidad del empleo, la evolución de los ingresos, el acceso a la vivienda y la distribución territorial de las oportunidades.
Medellín no tiene que escoger entre crecer y cuidar a sus habitantes. Necesita demostrar que ambas cosas pueden avanzar juntas. Porque una ciudad no es exitosa únicamente cuando atrae visitantes, capital y empresas, sino también cuando quienes la construyeron pueden seguir viviendo en ella.
Si Medellín crece, pero cada vez más personas tienen dificultades para quedarse, ¿podemos llamar progreso a esa transformación?
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