
Radio Nacional. Foto: Diego Cuevas / El País
PODER
Cuando el poder decide qué se oye

Sara Valeria Díaz Domínguez
Universidad del Valle
Hay algo que debería preocuparnos cada vez que un gobierno llega al punto de incomodarse con las preguntas: el momento en que informar empieza a convertirse en un problema. Porque la censura no siempre aparece como una prohibición directa. A veces se manifiesta en una emisora que deja de contar lo que ocurre en su territorio, en un periodista que encuentra cada vez más obstáculos para hablar con un funcionario o en una voz crítica que desaparece de un medio de comunicación. Y cuando varias de estas situaciones ocurren al mismo tiempo, vale la pena detenerse a mirar qué está pasando.
En Colombia, las primeras semanas del gobierno de Abelardo de la Espriella han puesto esta preocupación sobre la mesa. Las decisiones relacionadas con las emisoras de paz, las restricciones para que algunos funcionarios se comuniquen con la prensa y la salida del caricaturista Vladdo de Noticias RCN han despertado cuestionamientos sobre las garantías para ejercer el periodismo. No se trata de afirmar que todos estos hechos tienen necesariamente la misma causa, sino de preguntarnos qué lugar ocupa la crítica en un gobierno que apenas comienza.
Pensemos, por ejemplo, en las emisoras de paz. Para quienes vivimos lejos de las grandes ciudades, es fácil olvidar que la radio sigue siendo una compañía fundamental en muchos territorios. No es solamente un aparato encendido mientras alguien trabaja o prepara el desayuno. También es una manera de conocer lo que sucede en el municipio, escuchar a los vecinos, reconocer las dificultades de una comunidad y darle espacio a historias que pocas veces llegan a los medios nacionales.
Por eso, cuando se anunció la suspensión de la programación hablada de las 20 emisoras de paz, la preocupación no podía limitarse a una discusión administrativa. Según las alertas de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), la medida afectó el acceso a información local de cientos de miles de personas. Aunque posteriormente 16 emisoras retomaron sus transmisiones bajo el nombre de “Emisoras de la Reconciliación”, las dudas sobre las condiciones de su funcionamiento y la situación de las cuatro restantes siguen siendo importantes.
El Gobierno ha planteado razones administrativas para justificar algunas de estas decisiones. Y, por supuesto, las normas deben cumplirse. Ningún medio está por encima de la ley. Pero también es válido preguntarse si la respuesta a un problema administrativo debe ser dejar a una comunidad sin su espacio de comunicación, o si existen alternativas que permitan resolverlo sin afectar el derecho de las personas a informarse.
La pregunta es sencilla: ¿por qué una comunidad tendría que perder su voz?
La preocupación tampoco termina en las emisoras. Las restricciones para que los ministros hablen con periodistas sin autorización de la Presidencia abre otra discusión: ¿hasta dónde puede llegar un gobierno al organizar su comunicación oficial? Es razonable que exista una estrategia para informar sobre las decisiones del Ejecutivo. Lo que resulta preocupante es que esa organización termina limitando la posibilidad de hacer preguntas, contrastar versiones o conocer directamente la posición de quienes toman las decisiones.
Un periodista no siempre pregunta lo que un funcionario quisiera responder. A veces insiste, señala una contradicción o pone sobre la mesa un asunto que el Gobierno preferiría evitar. Esa es precisamente su labor. La información pública no debería depender de que una pregunta resulte conveniente para quien tiene el poder de responderla.

Foto: Guillermo Torres / Semana
También está el caso de Vladdo, cuya salida de Noticias RCN generó especulaciones por una caricatura crítica del presidente. Es importante decirlo con claridad: no se ha confirmado que esa caricatura haya sido la razón de su salida. Afirmarlo como un hecho sería irresponsable. Sin embargo, el episodio deja abierta una reflexión necesaria sobre la independencia de los medios y las condiciones en las que trabajan quienes cuestionan a los gobernantes.
Una caricatura puede incomodar. Una columna puede molestar. Una investigación periodística puede poner en aprietos a un ministro o a un presidente. Pero ninguna democracia debería exigir que el periodismo sea agradable para ser aceptable. Su función no consiste en aplaudir las decisiones del poder, sino en examinarlas, cuestionarlas y ayudar a que la ciudadanía comprenda sus consecuencias.
Lo más delicado es que, en ocasiones, ni siquiera hace falta una orden para que alguien deje de hablar. Basta con que empiece a sentir miedo de perder su trabajo, de cerrar una oportunidad profesional o de convertirse en blanco de ataques. Poco a poco, las preguntas se moderan, las críticas se evitan y los temas incómodos dejan de publicarse. Así aparece la autocensura: cuando una persona termina callando por anticipar las consecuencias de decir lo que piensa.
Y esa es una de las razones por las que debemos prestar atención a estas señales antes de que el silencio se vuelva costumbre.
Ahora bien, sería injusto hablar de libertad de prensa como si el problema hubiera comenzado con este Gobierno. Durante la administración de Gustavo Petro también hubo cuestionamientos por sus confrontaciones con periodistas. La Sociedad Interamericana de Prensa advirtió sobre la estigmatización contra la prensa. Esos antecedentes importan, porque la defensa de la libertad de expresión pierde credibilidad cuando solo nos preocupa si el gobernante pertenece a una corriente política que no compartimos.
Pero reconocer que hubo problemas antes no significa restarle importancia a lo que sucede hoy. Tampoco significa que todos los hechos sean iguales. Cada decisión debe analizarse con sus propias pruebas, sus consecuencias y las explicaciones de quienes la tomaron. La coherencia consiste precisamente en exigir garantías tanto a quienes piensan como nosotros como a quienes están en la orilla contraria.
Porque la libertad de prensa no es un favor que un presidente les concede a los periodistas. Es una garantía que necesita la sociedad para vigilar a sus gobernantes y tomar decisiones informadas. Sin ella, los ciudadanos terminamos conociendo únicamente la versión que alguien más considera conveniente contarnos.
Tal vez por eso la pregunta más importante no sea si un gobierno tiene derecho a organizar sus comunicaciones o a exigir que se cumplan los procedimientos legales. Claro que puede hacerlo. La pregunta es si esas decisiones se están tomando de una manera que proteja, en lugar de restringir innecesariamente, el derecho de la gente a estar informada.
Al final, no estamos hablando únicamente de periodistas, caricaturistas o emisoras. Estamos hablando de las personas que necesitan saber qué ocurre en sus municipios, de quienes quieren entender las decisiones de sus gobernantes y de quienes tienen derecho a escuchar opiniones distintas antes de formar la propia.
Por eso, cuando una voz desaparece, no basta con preguntarse quién dejó de hablar. También hay que preguntarse quién dejó de escucharla y qué perdemos los demás con ese silencio.
Porque el día en que dejemos de preocuparnos por las voces que incomodan al poder, quizá también hayamos empezado a renunciar a nuestro derecho de cuestionarlo.
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