
Foto: Carlos Ortega (EFE)
NACIÓN
El Museo Nacional huele a pintura y censura

María Lucía Monsalve
Universidad Javeriana
Conocer la historia en su complejidad y con pensamiento crítico no constituye un acto de glorificación per se. Las obras censuradas en el Museo Nacional no llamaban a la violencia ni a empuñar un fusil; más bien, invitaban a estudiar y leer la historia del país desde sus matices y complejidad, desde el reconocimiento de la toma armada de movimientos políticos en una coyuntura de bipartidismo, corrupción y cierre institucional, así como de la posibilidad de un acuerdo de paz, de desmovilización y de participación civil, democrática y legítima de fuerzas políticas no tradicionales en el país.
Ambas hacen parte de la historia colombiana. ¿De qué manera desconocerla, censurarla y estigmatizarla va a contribuir a que cese la violencia? ¿De qué manera estas acciones reivindican a las víctimas del conflicto cuando, en realidad, niegan la posibilidad de la paz, de dejar las armas y de disputar el poder por la vía democrática?
Hablar de acuerdos de paz previene nuevas violencias e insurgencias armadas, ya que reconoce la posibilidad de vivir en pluralidad y de debatir en democracia, sin bala.
En el museo no se exaltaba la guerra. Se mostraba a Carlos Pizarro y a Bernardo Jaramillo como candidatos presidenciales, no como guerrilleros armados. Pizarro había sido comandante del M-19 y firmado la paz, mientras que Jaramillo era dirigente de la Unión Patriótica (UP), partido surgido en el contexto de los acuerdos de paz con las FARC. Visibilizar sus trayectorias políticas no significa desconocer lo que implica la vía armada ni convertirlos en símbolos de impunidad, sino entender que, en la constante lucha que ha sido nuestro país, hemos encontrado las vías para que quepamos TODOS, no solo dos partidos, no solo las élites, no solo los hombres blancos, sino todos, como dice nuestra Constitución del 91, en cuya elaboración innegablemente participó el M-19, así como otros sectores de la población a los que se les había negado un lugar dentro de esta idea cerrada de Estado en tiempos pasados. Y para que, en un futuro, empuñar un fusil no vuelva a verse como la única alternativa para el cambio y para hacerse escuchar, pues nuestra Constitución nos garantiza que nuestras voces e ideas son suficientes para disputar en la arena política, y que esta no es un ejercicio reservado para algunos.

Foto: Andrés Galeano / EL PAÍS
Reconocer lo anterior no se traduce en una declaración de fidelidad ciega al M-19 ni en asumir una postura negacionista en cuanto al conflicto armado. Es literalmente ver una foto de la Asamblea Nacional Constituyente en la que están Navarro Wolff (un guerrillero desmovilizado del M-19), Álvaro Gómez Hurtado (un conservador y fundador del Movimiento de Salvación Nacional) y Horacio Serpa (un liberal). Son hechos, es historia, no adoctrinamiento, señora Holguín.
Es precisamente dicha estigmatización y rechazo hacia figuras como la de Pizarro lo que llevó a su magnicidio, pues ¿qué significa que cese la violencia si el acto es silenciar a un candidato que firmó la paz? Se condena la búsqueda del poder a mano armada, pero, cuando se desmovilizaron y volvieron a la vida civil, una bala le arrebató a Pizarro la posibilidad de ser elegido por voto popular. Es irónico, ¿no cree? Una vez más, la intolerancia arrebató e impidió la posibilidad de participar legítimamente. Quien le apuesta a la paz debe tener garantías; no es una carta abierta a su asesinato. Por eso se encuentran Pizarro y la UP en el museo, para recordarnos que la bala que se combate con bala y no con diálogo lleva a eternas espirales de violencia.
El Museo Nacional huele a pintura y censura. Un viernes de octubre, cuando fui, después de que quitaran 30 obras, las salas todavía conservaban ese olor a recién pintado: habían cubierto las marcas de las piezas que retiraron. Pero la memoria no se borra con una pincelada gris, ni tampoco se oculta el nacimiento de nuestra Constitución del 91, una plural, una diversa, que nos constituye como Estado social de derecho y que nos permitió reconocernos en ella y hacerla nuestra. Una Constitución que no pertenece únicamente a quienes gobiernan, sino también a conservadores y liberales, a los creyentes, a quienes son disidentes, a los que cuestionan y disputan el poder por vías democráticas, a los dirigentes de izquierda, a las mujeres, a las feministas, a los indígenas, a los afros, a los gays, a las lesbianas, a los maricas. Incluso a quienes tanto incomodan a los tigres que nos gobiernan hoy.
%209_07_00%E2%80%AFp_m_.png)