
Jaime Gilinski. Foto: Luis Sevillano / El País
PODER
El verdadero partido único

Ibrahim Felipe Atencio
Universidad del Atlántico
Durante décadas, nos hemos acostumbrado a asumir que el destino político de Colombia se decide en la tarima electoral. Nos atrapa el ruido de las campañas, el chispazo de las redes sociales y la trinchera ideológica que enfrenta rabiosamente a la izquierda con la derecha. Sin embargo, cuando se apagan los micrófonos y se revisan la contabilidad de los comicios, los registros mercantiles de la Superintendencia y las actas de la diplomacia, la realidad colombiana muestra una cara muy distinta: la de un país donde el verdadero poder no cambia de manos con las elecciones, porque pertenece a quien tiene la capacidad de financiar, informar y representar a todos los bandos al mismo tiempo.
No es una abstracción teórica. Es la lección definitiva que deja el recorrido del Grupo Gilinski. Mientras la ciudadanía discute pasionalmente sobre dogmas políticos, el emporio encabezado por Jaime y Gabriel Gilinski ha perfeccionado la única estrategia verdaderamente infalible en la historia moderna del país: la construcción de una inmunidad corporativa absoluta frente a las variaciones del voto popular.
Los datos no mienten ni entienden de pasiones electorales. En los registros contables del Consejo Nacional Electoral figura la huella del Banco GNB Sudameris apalancando con liquidez a Gustavo Petro en 2010 (con un crédito que representó cerca de un tercio de sus ingresos de campaña), en 2018 ($5.000 millones) y en 2022 ($5.000 millones más). Pero en esos mismos libros contables consta también el respaldo al otro extremo del espectro: desde los aportes personales a la campaña de Iván Duque en 2018, pasando por la financiación decisiva al proceso de firmas y consulta de Vicky Dávila ($2.100 millones en aportes directos y de medios, más $2.000 millones en créditos), hasta el préstamo por $17.500 millones a la campaña de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta de 2026. Incluso candidaturas del espacio progresista parlamentario como la de Iván Cepeda aparecen registrando créditos por $5.000 millones en el sistema financiero.
No se trata de una contradicción ideológica ni de simpatía política personal; es puro y duro pragmatismo de mercado: diversificar el riesgo político para que, sin importar quién se ponga la banda presidencial, la Casa de Nariño mantenga las puertas abiertas de par en par.
Pero la genialidad de esta arquitectura no se detiene en la caja registradora de las campañas. Un banco que presta dinero a los candidatos es poderoso, pero un banco que además es dueño de un medio de comunicación de cobertura nacional y del mayor conglomerado alimentario del país es invulnerable.

Foto: La Silla Vacía
La toma gradual de Publicaciones Semana a partir de 2019 le otorgó al grupo una capacidad inédita para fijar el tono de la discusión pública, instalar narrativas, visibilizar aspirantes afines y enviar mensajes inequívocos al establecimiento. Paralelamente, la histórica ofensiva bursátil que rompió el enroque accionario del Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) para quedarse con más del 87 % del negocio de alimentos de Grupo Nutresa —respaldada por el fondo emiratí IHC— le entregó al conglomerado las llaves de la mesa de los colombianos. Y como si cuatro décadas de expansión financiera y manufacturera no fueran suficientes, el 2026 arrancó con su desembarco en el sector energético e hidrocarburífero mediante la compra de más del 15 % de GeoPark Ltd. por US$107 millones y el ingreso de Gabriel Gilinski a su junta directiva.
Banca, alimentos procesados, medios de información y petróleo. El póker de los activos estratégicos nacionales en manos de una sola estructura corporativa cuyo patrimonio familiar roza ya los 14.500 millones de dólares.
El círculo se cierra con la diplomacia de Estado. Que Isaac Gilinski haya ejercido como embajador de Colombia en Israel entre 2010 y 2013, y que en 2026 la Cancillería oficialice la posesión de Tania Gilinski Bacal en esa misma delegación, no puede despacharse como una mera coincidencia administrativa.
En un escenario global donde la relación con Israel involucra acuerdos de ciberseguridad, tecnología militar, asesorías hídricas con firmas como Mekorot y MASHAV en La Guajira (río Ranchería) y proyectos agrícolas en Suan (Atlántico), la representación diplomática oficial se solapa con las redes internacionales del gran capital.
Se equivocan quienes buscan en este panorama los rasgos de una conspiración en la sombra. No hay oscuridad ni clandestinidad en lo que ocurre a la luz del día y con el sello de las instituciones. Lo que tenemos enfrente es algo mucho más complejo y desafiante: un sistema donde la concentración de riqueza y canales de influencia es tan desmedida que los pesos y contrapesos de la democracia quedan reducidos a una simple ilusión de la masa electoral.
La verdadera pregunta que debemos hacernos como sociedad no es cuál candidato ganará las próximas elecciones o qué bandera se izará en el Palacio Presidencial. La pregunta de fondo, la única que de verdad importa para el futuro institucional de Colombia, es si todavía nos queda algún espacio de soberanía ciudadana en un país donde las riendas del crédito, la comida, la información, la energía y la diplomacia parecen responder a una misma junta directiva.
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