
Foto: Daniel Cole / Reuters
VIDA MODERNA
La insoportable moda de tener cuerpo

Anith Solórzano García
Universidad Francisco José de Caldas
«La delgadez extrema nos está alcanzando de nuevo. PUES QUE ME ALCANCE A MÍ».
Esto lo decía un tuit que vi hace poco mientras conversaba con una amiga. Nos reímos. Después comenzamos a hablar de las famosas que habían adelgazado, de Ozempic, de los péptidos y de la sospecha de que una vieja obsesión por la delgadez estuviera regresando disfrazada de “bienestar". La conversación terminó en una pregunta: ¿qué pasará cuando adelgazar mediante tratamientos que hoy resultan costosos se vuelva accesible para mucha más gente? Recordé entonces Las chicas de alambre de Jordi Sierra i Fabra. Tenía catorce años cuando lo leí. Siete años después, aquella historia sobre modelos consumidas por las exigencias de la belleza parecía estar respirándome en la nuca.
Lo curioso es que durante esos siete años el cuerpo ideal ha cambiado varias veces. Hubo que tener curvas, después tonificarlas y ahora, aparentemente, reducirlas. Cada nueva exigencia llegó acompañada de productos, procedimientos y promesas para conseguirla. Durante buena parte de los años 2010, las caderas pronunciadas, los glúteos, pechos voluminosos y las cinturas pequeñas ocuparon un lugar privilegiado en el imaginario de belleza. Las celebridades e influencers promovían siluetas que muchas mujeres intentaban reproducir. Después, el gimnasio y la alimentación saludable estaban en el podio. Ya no bastaba con tener curvas: había que trabajarlas, definirlas y mantenerlas.
Ahora, mientras las figuras más delgadas recuperan protagonismo, parece que la industria vuelve a cambiar de preferencias.Y me pregunto qué tan libre es realmente nuestra relación con el cuerpo si aquello que aprendemos a desear cambia cada vez que la industria encuentra algo nuevo que vendernos.Tal vez lo más inquietante no sea el regreso de la delgadez extrema, sino descubrir que nunca hemos dejado de perseguir un cuerpo que otros pueden darse el lujo de poner y quitar de moda. Hace más de un siglo, Georg Simmel explicó que la moda funciona mediante dos fuerzas: la imitación y la diferenciación. Los grupos privilegiados adoptan tendencias que otros sectores buscan reproducir; cuando estas se popularizan, pueden perder su carácter exclusivo y dar paso a otras. La moda, desde esta perspectiva, no es solamente una cuestión de gustos. También puede convertirse en una forma de marcar distancias sociales. ¿Y qué sucede cuando esa lógica deja de aplicarse a la ropa y comienza a manifestarse en el cuerpo?

Demi Moore. Foto: Teresa Suárez (EFE)
La posibilidad de transformar la apariencia física no se distribuye de manera igualitaria. No todas las mujeres tienen dinero para procedimientos estéticos, tratamientos especializados o rutinas que exigen tiempo y recursos. La belleza se presenta como una elección individual, pero las posibilidades de alcanzar el ideal promovido siguen estando condicionadas por la posición económica. Los ricos cambian de moda cuando los pobres consiguen imitarlos. Pero cuando la moda es el cuerpo, quienes pagan el precio no siempre son quienes la imponen.
La popularidad de Ozempic y de los llamados péptidos para adelgazar parece añadir un nuevo capítulo a esta historia. Un medicamento desarrollado para tratar la diabetes tipo 2 terminó convertido en referente de una tendencia estética, mientras en redes sociales comenzaron a promocionarse otros productos como alternativas aparentemente más económicas y accesibles, incluso sin las mismas garantías sanitarias. No cuestiono su uso médico legítimo, sino la facilidad con la que la búsqueda de un determinado cuerpo se convierte en una oportunidad comercial.
Y hay algo todavía que me parece más inquietante: la naturalidad con la que celebramos ciertas transformaciones sin preguntarnos por las presiones que pueden existir detrás. La anorexia no es una moda, ni toda delgadez representa una enfermedad. Sin embargo, pienso que una sociedad que convierte la pérdida de peso en motivo automático de admiración debería preguntarse qué relación con el cuerpo está promoviendo. Quizá lo más preocupante no sea que los ideales cambien, sino que hayamos aprendido a observarnos como si siempre existiera algo que corregir.
Vuelvo entonces a la pregunta que surgió entre risas con mi amiga. Si los tratamientos para adelgazar se vuelven cada vez más accesibles, ¿seguirá representando la delgadez el mismo símbolo de exclusividad? ¿O la industria encontrará otra característica física que convertir en aspiración? No sé qué cuerpo estará de moda dentro de diez años. Quizás vuelvan las curvas, los músculos o alguna nueva extravagancia anatómica reservada para quienes puedan pagarla. Lo único que parece garantizado es que, cuando las mujeres finalmente alcancen el cuerpo que les exigieron, alguien con suficiente dinero ya habrá decidido que ese tampoco sirve…
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