
Foto: Diego Andrés Zuluaga / Semana
NACIÓN
Pablo no está muerto, está más vivo que nunca

Juan Manuel Cifuentes
Universidad EAFIT
Muchas personas creen que Pablo Escobar Gaviria ya murió, pero tristemente no ha muerto. Sigue más vivo que nunca. Aunque esté tres metros bajo tierra y ya no exista en cuerpo, está vivo en imagen. Está viva su maldad, que recae en las personas que, aun sabiendo todo el mal que le hizo a este país, todavía lo admiran y tratan de seguir su camino.
Es triste decirlo, pero sigue viva la cultura del mal. Aún no hemos enterrado a Pablo. Todavía le sacan series de televisión y souvenirs, la gente se disfraza de él sin pudor alguno, y hay quienes siguen sus mismas prácticas.
Convirtieron a un criminal en un rockstar, en un símbolo para la venta. Convirtieron su figura en mercadeo. Y lo más doloroso es que hay gente que se lucra con el dolor que él causó. Al vender la imagen de Pablo Escobar en camisetas, gorras y una cantidad abismal de objetos, están vendiendo la cara del mal y revictimizando a las más de 5.500 personas que él mandó a ejecutar, sin contar a las demás víctimas, de las que aún no existe una cifra exacta.
Vender la cara de Pablo Escobar es vender la cara de una Colombia que no queremos volver a vivir, de una Colombia que ya superamos. Porque, aunque murió el 2 de diciembre de 1993, su imagen sigue viva: la que venden en los lugares turísticos de Medellín y con la que los cantantes, sin descaro alguno, vienen a posar con camisetas del innombrable.
Escobar es el mito al que el marketing le lavó la sangre y le borró su pasado criminal y su delirio fratricida. Su gran victoria es que olvidaron a las víctimas que dejó a su paso por este mundo. Aquella sonrisa perversa se ha congelado con el tiempo. Aunque ya no dé órdenes desde su teléfono ni anote en una libreta a sus víctimas, sigue vivo en los souvenirs con su rostro, como un ídolo pop.
Pablo sigue ahí. No como hombre, sino como fantasma. Como el símbolo de una batalla que creímos ganada y todavía tenemos perdida.
Su único día de gloria fue el 2 de diciembre de 1993, cuando cayó abatido sobre un tejado frío de Los Olivos. Ese día Colombia respiró. Pensamos que todo había terminado, que nos habíamos salvado de la destrucción, de la bomba, del miedo. Que por fin podíamos cerrar el capítulo más oscuro.

Foto: Diego Andrés Zuluaga / Semana
Pero no hemos cerrado nada.
Porque nos quedamos con su sonrisa en camisetas, en series, en muros, en tours que vendemos a extranjeros como si fuera folclor. Nos quedamos con su nombre convertido en marca y su historia contada como si fuera una hazaña.
Y esa sonrisa aún nos persigue. Nos indigna. Y nos avergüenza.
Nos avergüenza porque mientras seguimos hablando de él, dejamos de hablar de las miles de víctimas que dejó: los periodistas, los policías, los jueces y las personas que, sin pudor alguno, mandó a matar.
Colombia no es Pablo. Colombia es mucho más grande que ese mal recuerdo.
Nos acostumbramos a repetir su nombre, a volverlo chiste, a ponerle su cara a camisetas, a convertir su historia en serie y su violencia en negocio. Sin darnos cuenta, seguimos alimentando lo mismo que nos destruyó.
Por eso es necesario que matemos a Pablo de una vez por todas. No con balas, sino con memoria. Con verdad. Con la decisión de no volver a aplaudir lo que nos mató.
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