OPINIÓN
Dulce, truco o transferencia

Juana Parra Fernández
Universidad Javeriana
Uno sale en Halloween con miedo de encontrarse con un fantasma y termina asustado por el precio del Uber. En la puerta de la fiesta le cobran una entrada que parece incluir una pequeña parcela de la terraza. Adentro hay una telaraña de plástico, un mesero con cuernos y la misma música del sábado pasado. Pero esta vez todo cuesta más. «Es Halloween», explican. Como si la calabaza hubiera venido a auditar los gastos.
Durante octubre, esa explicación sirve para todo. Compre el disfraz, compre los dulces, compre la decoración, compre la entrada. Y decídase pronto, porque hasta el miedo tiene preventa. La promesa es vivir una noche distinta; la condición parece ser gastar lo suficiente para merecerla.
Para un niño, la aventura puede empezar con mucho menos: una caja convertida en armadura o una sábana vieja que lo transforma en fantasma. Con una capa torcida ya está listo para salvar el mundo, aunque tenga que regresar antes de la hora de dormir. Salir a pedir dulces completa la hazaña.
El presupuesto entra en escena cuando los adultos empezamos a comparar. El disfraz casero queda al lado de uno con luces, sonido y la marca de la película. De pronto, la caja parece poca cosa. Nadie quiere que su hijo se sienta excluido, y esa preocupación resulta muy rentable. El cartón tiene que explicar por qué no vino importado.
El miedo a quedarse por fuera también llega a las fiestas de adultos: cambia el disfraz, pero sobrevive la presión. Basta anunciar una «experiencia exclusiva» para cobrar la fiesta de siempre como un acontecimiento histórico. Ahora hay un esqueleto junto al baño: semejante despliegue cultural merece subir el precio de la entrada. Y si el lugar se anuncia como un rooftop, mejor. Cuanto más cerca del cielo, más lejos del presupuesto.
Organizar una fiesta cuesta: hay personal, seguridad, artistas y producción que deben pagarse. Preguntar qué justifica el precio debería ser tan normal como cobrarlo. Sin embargo, la palabra «exclusivo» convierte el gasto en una prueba de buen gusto. Quien paga sabe disfrutar; quien pregunta demasiado parece no estar a la altura de la terraza.
La entrada termina comprando también la tranquilidad de pertenecer. Ahí el negocio encuentra su mejor argumento: esa noche hay que estar, hay que verse bien y hay que tener una foto que lo demuestre. Para las mujeres, el catálogo trae instrucciones bastante precisas: enfermera sensual, policía sensual, bruja sensual. Cambia el sombrero; la idea sigue intacta. Incluso para salir de monstruo parece necesario resultar deseable.
Elegir un disfraz provocador puede ser una decisión libre y placentera. Lo cuestionable es ofrecer tantas versiones del mismo molde y venderlas como si agotaran las posibilidades de una mujer. El mercado cobra por la prenda, alimenta la inseguridad sobre cómo se verá el cuerpo y luego llama «empoderamiento» a la campaña. La palabra queda preciosa junto al botón de comprar.
Después de pagar por vestirse y entrar, todavía falta regresar. El celular anuncia una tarifa que devuelve a cualquiera a la realidad. La alta demanda puede explicar el aumento, pero a quien espera cansado en la calle, o con un niño dormido en brazos, la explicación le sirve de poco. Quiere llegar a salvo. La cuenta sigue creciendo.
Sería fácil declarar que Halloween murió. Sin embargo, basta mirar alrededor para encontrar algo que se resiste: niños felices con disfraces torcidos, amigos maquillándose entre risas y vecinos compartiendo dulces. También hay comerciantes y trabajadores que ofrecen un buen servicio y necesitan esos ingresos. La fiesta puede mover dinero y conservar su gracia.
El problema aparece cuando gastar se vuelve un requisito para disfrutarla. Cuando una familia siente vergüenza por un traje casero o alguien acepta cualquier cobro por miedo a perderse la noche, conviene preguntarse quién está decidiendo cómo debemos celebrar.
Quizá el verdadero monstruo haya encontrado el disfraz perfecto: promete diversión, se presenta como tradición y, cuando abre la boca, pide la tarjeta.
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