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OPINIÓN

Ecos de una herencia

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María Isabella Forero Ramos

Universidad del Tolima

La niebla lo había cubierto todo. Fabio Forero Pachón sostenía el volante mientras las luces de los vehículos desaparecían entre las montañas. Llevaba horas conduciendo y seguía en una vía casi desértica, donde el restaurante más cercano estaba a horas de distancia.


El cansancio comenzaba a pesarle en los párpados. Más adelante, una fila interminable de camiones, buses y automóviles permanecía inmóvil. Había un bloqueo.


Apagó el motor.


El silencio ocupó la cabina.


En ese momento, el frío se acomodaba en el asiento, en la espalda y en el alma.


La incertidumbre se apoderó de él: no sabía cuánto tendría que esperar para poder comer o tomar un buen baño.


Tal vez unas horas. Tal vez días…


Para quienes transitan las carreteras, conducir es más que un trabajo: es una manera de entender el mundo, aprender a esperar, asumir riesgos y acostumbrarse a las despedidas.


Cada viaje significa alejarse de casa con la esperanza de regresar. Sin embargo, a veces aparecen el sudor y la ansiedad al transitar por vías solitarias, con curvas difíciles y un camión que parece difícil de domar, no solo por su tamaño, sino también por su complejidad.


Todo esto, bajo el temor de que un descuido pueda tener un desenlace fatal.


Los protagonistas de esta historia, Fabio y Henry, llevan más de cincuenta años recorriendo las vías del país.


En el camino han aprendido hábitos que son un eco casi colectivo entre los conductores y que no siempre se enseñan con palabras: la disciplina, la responsabilidad y el compromiso de cumplir con el trabajo, incluso cuando el cansancio invita a detenerse.


Muchas veces, el frío de la noche no es lo más tenebroso, sino la delincuencia en los puertos o en las vías oscuras, donde hasta el hombre más valiente siente miedo al saber que, para muchos, esa mercancía vale más que su vida.


Pero detrás del conductor también hay un hijo, un hermano y un nieto. Alguien cuya historia no se explica únicamente por los kilómetros que ha recorrido, sino por las personas que le enseñaron a hacerlo.


La de Fabio, Henry y Javier es también la historia de Emilio, mi abuelo. Y de una herencia que pasó de generación en generación. Una historia hecha de viajes, ausencias y reencuentros; de hombres que encontraron en la carretera una forma de vida y dejaron en ella una parte de sí mismos.


Porque, cuando el motor se apaga y el viaje termina, no solo quedan los kilómetros recorridos. También permanece aquello que se transmite a quienes vienen después.

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