OPINIÓN
El mejor sicario

Aura Ortega Paternina
Politóloga
De todas las riquezas que pueden perseguirse en la vida, la sabiduría es la más valiosa de todas. En caso de que cambiaran el mundo y los vientos, el corazón sabio sabría exactamente qué hacer y qué decir. Este es precisamente ese momento. Hace mucho tiempo, en la ciudad en la que crecí, conocí a un niño de siete años cuyo nombre era Miguel. Miguel vivía en un barrio de invasión a las afueras de la ciudad y solía asistir a la escuela de niños. Cuando mi hermana hizo la dinámica de preguntarles a estos niños qué querían ser cuando fuesen grandes, todos mencionaron oficios plausibles. Cuando le preguntaron a Miguel, él respondió que había pensado en decir que doctor, pero su padre le había dicho que no, porque él sería el mejor sicario de toda Colombia. Miguel no es una estadística: son miles de vidas atravesadas por la violencia estructural y económica en la que nacen las infancias de este país. El mejor sicario.
Miserando Atque Eligendo es el lema en latín del papa Francisco. La misericordia precede a la elección. Esto es importante porque desde púlpitos evangélicos se ha promovido la consigna de que el hombre debe acumular riquezas en este mundo, y los políticos se han aprovechado de la fe para construir altares en torno al dinero y al éxito propio como si fueran un dios. El dios de nuestro tiempo es el capital y las riquezas, impulsado además por el ascenso de la IA como fuente de la deshumanización y de la anti-intelectualidad. Nuestra misión en el mundo nunca ha sido tener, sino la de Miserando Atque Eligendo: elegir mirar con misericordia, practicar la misericordia, elegir el perdón sobre la ofensa y la compasión sobre el castigo. Ningún cristiano debería ponerse del lado de los opresores ni venerar el culto a un crecimiento económico irrespetuoso con la naturaleza y discriminatorio con los pobres. Nadie que se ponga de ese lado puede formar parte de la misericordia ni de la gracia, pues la gracia misma nos invita a incluir al otro dentro de nosotros.
Miserando Atque Eligendo, porque antes de ser “Cristo Rey” fue esclavo por todos nosotros. Se hizo a sí mismo esclavo para darnos esperanza. La Cristiandad, pilar de la cultura de Occidente, se sostiene sobre el peregrinaje de Cristo, desde que es entregado hasta que resucita. Ese peregrinaje no es en vano. El camino al Gólgota, cargar la cruz, entregarse por voluntad, morir por voluntad, recorrer el camino: todo eso, fundamento del hombre occidental, es un reflejo de lo que deben ser nuestras vidas: un peregrinaje del espíritu. Ese espíritu debe morir a su propia vanidad para que podamos ser una versión distinta de nosotros mismos. Todo aquel que sea el primero debe ser primero el último.
Nos han vendido desde los púlpitos evangélicos que el propósito del ser humano es convertirse en alguien exitoso, y de ello han sacado provecho los proyectos de ultraderecha. El propósito mismo del ser humano no es el éxito, sino la peregrinación, que nos convoca a cargar cruces que muchas veces no queremos cargar. Cruces que son ajenas, incluso. Pero el bien ya no admite nuestra cobardía. La piedad debe movilizarnos a todos a volver a las raíces del Pensamiento Occidental y a abogar por una sociedad compasiva y sensible. Asistimos a la debacle moral de nuestra generación. Una generación hecha a la medida de la inteligencia artificial y de su propio ego. A la medida de altares evangélicos que pregonan una fe que no comprenden. La vera fide es cuestionarse por dentro para abrazar la cruz del mayor peregrino de nuestros tiempos: Cristo. Esa cruz implica una compasión profunda por quienes sufren, por las infancias que crecen en los barrios pobres de la sociedad colombiana, por las madres que aún buscan a sus hijos desaparecidos, por quienes sienten que la vida es un pozo de dolor y sufrimiento interminable por haber nacido donde nacieron. Esa es la vera fide; todo lo demás es una manipulación burda de la fe para chantajear a una parte de la sociedad que no ha conocido la peregrinación ni la sensibilidad que encarna el misterio de la crucifixión.
Los evangélicos han ido por el mundo pregonando el amor por las riquezas. Ninguna riqueza va a salvar a nadie. Es solo el peregrinaje lo que salva el alma humana. Es el proceso en el cual esta se desprende de su propia maldad y la crucifica. Los seres humanos no pueden pretender votar por el mal y que todo salga bien. Por eso, mejor es la sabiduría y el silencio que las muchas riquezas. Porque los tiempos cambian y se transforman, pero el discernimiento es clave. La sociedad colombiana es una sociedad fracturada por la violencia de un conflicto armado que dejó a su paso diez millones de víctimas. Los sicarios de hoy en día no nacieron de la nada. La crisis de seguridad es una crisis que se ha gestado desde la fundación de esta República, fruto de una incapacidad enorme para dirimir los conflictos sociales desde el Estado de bienestar. Un Estado que en las regiones es cooptado por las élites regionales para saquear los recursos de los más pobres, mientras los hijos de quienes se quedan con esas riquezas asisten a las mejores universidades y pregonan desde sus lugares de poder el aborrecimiento contra los hijos de la clase pobre y trabajadora. Y no solo lo pregonan, sino que, cínicamente, omiten implementar políticas públicas que mejoren la calidad de vida de la población más vulnerable. Así, ¿qué sociedad va a tener paz? Ninguna sociedad pobre tiene paz. Porque la única forma de resolver la violencia es atacando las causas estructurales de la desigualdad.
Hay niños que, como Miguel, crecieron pensando toda su vida que su destino era convertirse en sicarios. Hay otros que nacen y heredarán el cargo político de su papá, que fue alcalde; así ha sido desde siempre en la sociedad sincelejana. Mientras los niños de los desplazados eran marginados, los hijos del Club Sincelejo eran privilegiados en todos los aspectos de su vida. Se quejan de una violencia que la misma élite política orquestó para poder elegirse, aludiendo a la seguridad; una seguridad que nunca existirá porque, se rehúsen a aceptarlo o no, la causa estructural de todas las violencias humanas es el hambre y la necesidad. Ningún ser humano puede ser tan bueno y noble si pasa hambre. Eso deberían pensarlo muy bien los evangélicos, que deberían estar más preocupados por salvar almas que por salvar sus campañas. Si de verdad quisieran salvar almas, que empiecen por repartir sus riquezas entre los necesitados, que de necesitados es que está lleno este mundo.
En la columna pasada recibí amenazas. Esta vez quiero ser más pausada. Crecí en una ciudad de desplazados por el conflicto armado, una sociedad de informales, porque quienes llegaban eran desplazados de los Montes de María, donde mandaba el Bloque Norte de las AUC, comandado por Rodrigo Cadena, quien tenía una casa en el barrio más rico de la ciudad de Sincelejo. A muchos de los ricos que odian a los pobres en Sincelejo se les olvida que buena parte de la riqueza que amasaron en los años prósperos de la parapolítica es producto de un desplazamiento masivo de campesinos, despojados de su propiedad y de sus tierras para ser vendidos a hacendados terratenientes. No mencionaré nombres, pero ahí tienen al director de Comfasucre, condenado por auspiciar paramilitares. En el corazón de todos los conflictos sociales de la sociedad colombiana está inmerso el paramilitarismo.
El paramilitarismo nos hizo creer que la propiedad privada pasa por encima de los derechos humanos, que los comunistas son una plaga y que, de algún modo u otro, debemos refundar la patria, como lo decía Carlos Castaño en 2001. Porque ese discurso no es nuevo. Los invito a leer el libro Y refundaron la patria escrito por Claudia López en 2008. Han pasado dieciocho años y son exactamente las mismas palabras y consignas. Ellos siempre han tenido ese deseo ambicioso por refundar la patria. Una patria a su medida, a la medida de los terratenientes, a la medida de los empresarios de bien, a la medida de los mercenarios israelíes que entrenaban paracos en los Montes de María. Porque algo es cierto: nada es nuevo en el mundo. Solo basta echar un vistazo al pasado para saber de qué está hecho el presente en el que nos movemos.
Esta es mi defensa de una sociedad compasiva, sensible, que busque en la verdad cristiana una forma distinta de leerse a sí misma. Porque el Cristianismo Occidental no es una religión de acumulación ni de éxitos, sino de saberse un afortunado de que la misericordia haya precedido a la elección, es decir, de Miserando Atque Eligendo. Ese peregrinaje nos convoca a mirar el mundo y a los demás con esa misma misericordia con que fuimos mirados. En estas luchas por las narrativas y el significado de lo humano, pienso en cuánto nos cuesta sabernos peregrinos, que quienes gritan “Cristo Rey” no entienden la profundidad ni el sentido del peregrinaje. Ven al rey, pero no ven al peregrino.
Escribo esto para que Miguel pueda ser médico en lugar de sicario, para que los hijos de los desplazados y los hijos de los campesinos pobres que jamás han sabido lo que es la justicia puedan tener la esperanza de que hay alguien Miserando Atque Eligendo por ellos. “Cristo Rey”, la razón por la cual muchos judíos se negaron a aceptarlo fue precisamente porque no vino como un Rey tradicional, vino a lavar los pies de quienes no eran nada para la sociedad.
Así mismo, Cristo es Rey, pero más que Rey es Dios, y Dios, siendo más inteligente que todos nosotros, eligió mostrarnos el verdadero camino del amor que no es otro que un rey limpie los pies de sus súbditos. Nunca lo vamos a entender en nuestra dimensión humana. La compasión cristiana es un misterio revelado que el género humano nunca hubiera podido descifrar por su propia cuenta. Ese camino abierto, ese velo roto, ese nivel de piedad nos debería invitar a todos a vivir mejores existencias. Existencias que laven los pies de quienes sufren. Existencias Miserando Atque Eligendo. En estos tiempos duros, espero que todos volvamos al peregrinaje, a ver a Miguel y a las infancias rotas de este país en lo que hagamos y a reconocer que, dentro de nosotros, más que un hombre de éxito habita un peregrino cuyo corazón mira siempre más alto.
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