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OPINIÓN

Ellas, nosotras

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Laura Olaya Ramírez

Universidad de los Andes

En los últimos años, el auge de discursos conservadores ha encontrado un espacio importante en algo especialmente cotidiano para los jóvenes: las redes sociales. En plataformas como TikTok e Instagram han surgido tendencias que recuperan ideas tradicionales sobre el género, la familia y el papel de las mujeres. Entre ellas aparecen las llamadas tradwives y, más recientemente, discusiones como la del celibato, que curiosamente han terminado poniendo el foco, una vez más, casi exclusivamente sobre las mujeres.


Para quien todavía no esté familiarizado con el término, las tradwives (o traditional wives) representan un estilo de vida basado en roles de género tradicionales, mujeres dedicadas principalmente al hogar, al cuidado de sus hijos y de sus esposos. Influencers como Nara Smith y Hannah Neeleman, conocida como Ballerina Farm, han sido relacionadas con esta tendencia por el contenido que publican: cocinar desde cero, criar familias numerosas y mostrar una vida profundamente centrada en el hogar.


El caso de Ballerina Farm generó especial discusión. Antes de construir la vida que hoy muestra en redes sociales, Hannah Neeleman estudió danza en Juilliard, una de las instituciones artísticas más prestigiosas del mundo, y aspiraba a convertirse en bailarina profesional. Años después reconocería que abandonar la danza había sido difícil y que sintió que dejaba atrás una parte de sí misma. Ella misma ha defendido públicamente que la vida que lleva actualmente es producto de sus propias decisiones. Sin embargo, su historia abrió una conversación mucho más amplia: ¿qué ocurre cuando las renuncias de las mujeres empiezan a presentarse no solo como decisiones personales, sino como un modelo deseable de feminidad?


Y aquí hay algo que para mí es fundamental aclarar: el problema nunca han sido las labores de cuidado. Las labores de cuidado sostienen nuestra sociedad y, aun así, siguen siendo realizadas mayoritariamente por mujeres, muchas de las cuales ni siquiera tuvieron la posibilidad real de elegirlas. Algunas cuidan porque no tienen recursos, porque no existe una red de apoyo, porque alguien tiene que hacerlo o porque simplemente no hubo otra opción.


El problema empieza cuando esa realidad se romantiza. Cuando cuidar deja de mostrarse como una posibilidad y comienza a presentarse como aquello para lo que las mujeres estamos hechas. Cuando se nos dice, directa o indirectamente, que nuestra realización está en servir, criar, acompañar y sacrificarnos por otros. Porque una mujer puede encontrar felicidad cuidando de su familia y esa decisión merece respeto. Pero también puede encontrarla estudiando, trabajando, creando, viajando, investigando, emprendiendo o haciendo absolutamente cualquier otra cosa.


No somos valiosas únicamente por cuánto somos capaces de cuidar a los demás. Tenemos pasiones, deseos, carreras, ambiciones y sueños que también nos pertenecen. Podemos cuidar sin desaparecer en el cuidado. Podemos amar a otros sin dejar de pertenecernos a nosotras mismas. Porque somos mucho más que aquello que podemos ofrecerle a alguien más. Somos universos enteros.


Ahora, con respecto al debate sobre el celibato, resulta llamativo que haya sido una discusión protagonizada casi exclusivamente por mujeres en redes sociales. No busco criticar a quienes toman esta decisión; tenemos total autonomía sobre nuestros cuerpos y abstenerse de mantener relaciones sexuales es una elección completamente válida. El problema surge cuando el celibato empieza a presentarse como una forma de ser más puras, respetables o merecedoras de amor. No tener una vida sexual activa no nos hace automáticamente más valiosas, así como tenerla tampoco nos hace menos dignas de respeto.


Si realmente queremos descentrar a los hombres de nuestras vidas, nuestras decisiones no pueden seguir dependiendo de lo que ellos o la sociedad piensen de nosotras. Disfrutar de nuestra sexualidad o abstenernos de ella puede ser igualmente poderoso, siempre que nazca de una decisión propia. Somos nuestras. De nadie más.


Como forma de concluir, jamás dejemos que nos falte pasión, jamás dejemos que nos falte autonomía, jamás entreguemos nuestro futuro a quienes todavía pretenden decidir por nosotras desde ideales que pertenecen al pasado. Jamás dejemos de ser mujeres con libertad, con voz y con criterio propio, porque ser mujer, plenamente y sin pedir permiso, es también un acto de dignidad, de resistencia y de respeto por todas aquellas que lucharon para que hoy pudiéramos elegir nuestro propio camino.

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