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OPINIÓN

En nombre de Dios

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Juan Sebastián Trilleros

Universidad del Tolima

A raíz de los recientes acontecimientos electorales en Colombia, se ha vuelto habitual recurrir a lo religioso en actos públicos, pasando de los discursos de campaña a las alocuciones institucionales del actual gobierno. La constante mención de Dios como un instrumento político ha ganado terreno en los últimos meses. Un fenómeno similar ocurrió en Brasil, donde el voto cristiano tanto evangélico como católico resultó decisivo para definir la votación en primera vuelta.


Al hacer memoria, queda claro que la religión y la política nunca han estado distantes. En los sectores de extrema derecha en Latinoamérica, las facciones cristianas representan un pilar fundamental de su fuerza electoral. Sus discursos afianzan esta alianza al apelar a causas compartidas: la defensa de la familia tradicional, el rechazo al aborto y la oposición a los derechos de la comunidad LGBTIQ+. A esto se suma la defensa de intereses económicos cruzados, pues varios pastores militan en estos partidos o figuran como sus financiadores; en consecuencia, las agendas políticas terminan promoviendo la exención de impuestos para las iglesias y resguardando las riquezas que estas generan a sus líderes.


Hago un paréntesis en este punto para aclarar la postura moral de mi crítica: se centra en la instrumentalización de la fe. Como individuo, me parece inadmisible que en pleno siglo XXI se siga utilizando la religión para hacer política o negocios. Con todo el respeto que merecen los partidos surgidos de comunidades religiosas, no resulta ético usar a Dios para el lucro personal, bien sea económico o político. Mientras algunos líderes o representantes acuden al Congreso a votar decisiones que perjudican a sus feligreses, en su gran mayoría personas humildes de clases populares, estos últimos continúan pasando necesidades mientras alimentan con su voto el poder de sus propios verdugos. Conviene recordar las palabras de Jesús de Nazaret ante Poncio Pilato en el Evangelio de San Juan: “Mi reino no es de este mundo”. Jesús dejó claro que su autoridad no provenía de las armas ni de los sistemas políticos terrenales, sino de un reino espiritual. Si la misma Biblia lo establece así, ¿por qué persiste el interés de tantas iglesias en el poder terrenal?


Por otro lado, hay otro aspecto que genera profunda inquietud: Colombia es constitucionalmente un Estado laico que respeta y garantiza la pluralidad de cultos. La Rama Ejecutiva, como cabeza del Estado, tiene la obligación de garantizar esa laicidad. Sin embargo, este principio se ve vulnerado cuando en alocuciones y discursos oficiales se recurre reiteradamente a consignas como “¡Viva Cristo Rey!” o “Dios bendiga a Colombia”, expresiones que configuran una instrumentalización perversa de la fe.


Como católico creyente, duele ver cómo se utiliza el nombre de Dios no solo para justificar, sino para difundir mensajes de odio. Usar el nombre de Dios en vano es un pecado; lo es aún más cuando se emplea para justificar la violencia o la erradicación de quien piensa diferente. ¿Veremos más adelante a un gobierno justificar la corrupción o la ineptitud de sus integrantes en nombre de Dios? ¿O a un mandatario que promueve el uso libre de armas, que camina entre cadáveres predicando la palabra del Creador?


Todo este esperpento debe terminar. Y lo digo en serio, como un fiel creyente de la Iglesia católica, cuyas convicciones también se nutren de las enseñanzas del papa Francisco y del actual pontífice, León XIV, quienes han insistido en la importancia de una Iglesia cercana a los pobres, comprometida con la paz y defensora de la dignidad humana. Se trata de una visión de Dios como fuente de amor, misericordia y reconciliación, no como justificación de la guerra o del odio.


En esa misma línea, el papa León XIV ha insistido en la necesidad de rechazar la guerra y de cuestionar las oraciones de quienes persisten en ella. Esta reflexión evoca el pasaje bíblico de Isaías 1:15, en el que Dios rechaza las oraciones de quienes tienen las manos manchadas de sangre: «Aunque multipliquen las oraciones, no los escucharé». El mensaje es contundente: no basta con invocar a Dios; también es necesario actuar de acuerdo con los principios de justicia, misericordia y paz que se profesan.


Solo deseo que ni el presidente de la república ni ningún ministro, como el de Vivienda (que se justificó en nombre de Dios cuando se fue a vacacionar en pleno terremoto), ni ningún político usen el nombre de Dios para hacer política, porque desde lo institucional se debe respetar el Estado Laico. Pero desde lo espiritual, considero que si utilizan a Dios como herramienta discursiva para generar aprobación pública y ganar respaldos, pero no creen en él de corazón y de espíritu, es una cruel burla para los que sí creemos en en realidad. Porque, para quienes creemos sinceramente en Dios, no hay nada más doloroso que ver su nombre convertido en una herramienta de manipulación.

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