OPINIÓN
Que coman pastel

Julieta Gaviria Velásquez
Universidad de los Andes
París, además de inmortalizarse como la ciudad del amor, ha tenido el poder histórico de escenificar las contradicciones humanas que se viven en cualquier rincón del mundo. Tras esa fachada idílica, la capital francesa vuelve a ser el escenario de las grandes convulsiones y las brechas que alientan las sublevaciones.
En 1789, la aristocracia francesa miraba desde los ventanales de Versalles cómo el pueblo hambriento se hacinaba en las puertas del palacio. Dice la leyenda (esa mentira colectiva tan magistralmente afinada por el tiempo) que la reina María Antonieta, al enterarse de que los campesinos no tenían ni un pan para llevarse a la boca, soltó: «Qu'ilsmangent de la brioche». La frase, cierta o inventada, condensó en cinco palabras toda la ceguera de la realeza. «Que coman pastel». La historia terminó, como se sabe, con el filo seco y helado de una guillotina.
Dos siglos y medio después, los linchamientos públicos dejaron atrás las guillotinas para trasladarse a las pantallas y los algoritmos; hoy la plaza pública está en la sección de comentarios que dicta la sentencia. Lo que comenzó hace unos días en Francia como una protesta estudiantil y docente por el recorte de recursos en la educación pública, derivó en una marea social de la Generación Z y sectores trabajadores golpeados por el alto costo de vida, la inflación de los alimentos y la crisis de vivienda. París volvió a ser la mecha de un incendio que se propagó con rapidez por Europa: en Milán, Roma y Barcelona las marchas terminaron en saqueos, barricadas y fuerte represión policial.
En la Place de la République están algunas de esculturas emblemáticas que rinden homenaje a los valores fundamentales de la nación, la igualdad, la libertad y la fraternidad. Marianne, la icónica mujer que encarna la igualdad de la República francesa desde mediados del siglo XIX, amaneció intervenida: lágrimas de pintura negra chorrean de sus ojos y detrás de ella se lee la consigna «JEUNESSE DORÉE» (juventud dorada), el término histórico usado en 1789 para señalar a los hijos privilegiados de la época.
Los viejos íconos ya no defienden a la juventud en las calles; se han desgastado hasta convertirse en una nueva clase política distante e insensible. Para hacerlo todo más cercano al pasado y alentar un Deja vu escala digital, aparece la figura de Lara Cosima Henckel como espejo del pasado, evocando a esa llamada juventud dorada.
Hija del director de cine y conde Florian Henckel (nobleza austrohúngara) y esposa de François Pinault Jr. (heredero del conglomerado de lujo Kering, dueño de Gucci, Saint Laurent y Balenciaga), Lara Cosima habita en una dimensión donde la cotidianidad terrenal sencillamente no existe. La suma de títulos nobiliarios y capital de la moda sitúa su perfil en un nivel que hace ver la ostentación de las Kardashian como algo ordinario. Lo suyo es la escenificación del privilegio absoluto: palacios, vestidos de alta costura, peinados elaborados, joyas históricas y fiestas que parecen sacadas directamente de una película de época.
El pasado fin de semana no fue la excepción. Mientras París se atrincheraba en protestas, Lara Cosima no contempló el caos desde su palacete, sino que retrató su idilio bajo el título «Weekend in Palermo». El mismo Palermo que la prensa registraba con supermercados vacíos y protestas locales por el desabastecimiento de alimentos y el aumento de precios.
La diferencia es que hoy no hay que asomarse a los ventanales de Versalles para ver la desconexión de la élite; basta con abrir Instagram para presenciar, en alta definición, una realidad paralela. Que coman pastel.
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