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OPINIÓN

Un congreso para el fin del mundo

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Alejandro Narváez Montiel

Universidad del Valle

No recuerdo dónde estaba cuando sonó la alarma. No sé si lo hizo mientras dormía, mientras amaba, mientras lloraba o, quizá, mientras reía. No sé cuántos años tenía, si me adolecía la vida, la inocencia alumbraba o aún no era ser: esperaba un nombre, una posibilidad, una contingencia. El punto es que sonaron los campanazos del fin del mundo, uno tras otro, alarma de la tragedia, ¿o debería decir de la farsa? Sonaron, es lo importante; kafkiana pesadilla la nuestra, pues luego del estruendo todo marchó con normalidad.


No es mi intención ser aquel loco que grita que se acerca el fin del mundo. No quiero ser profeta, yo solo conozco lo que veo, lo que escucho y lo que aprendo; no soy el único que dice que el fin del mundo ha comenzado. No hablamos de un planeta explotando, ni de un desastre nuclear que aniquile en un parpadeo lo que habita nuestra roca. Hablo justamente del fin del mundo de la vida, de aquel background que permite experimentar, el fin de nuestro relacionar como lo conocemos, el pasaje lento a un nuevo mundo; el de nuestra extinción o novedad.


Estas ideas han sido expresadas recientemente por el filósofo colombiano Santiago Castro Gómez, pero desde hace un tiempo recorren la academia. La llegada de Trump a la Casa Blanca ha sacudido la existencia. Este segundo mandato, caracterizado por una arremetida reaccionaria de mayor fuerza, ha cambiado el tablero político del mundo entero y ha mostrado de forma diáfana los tentáculos de una nueva élite burguesa tecnofascista, en cuya narrativa hegemónica el transitar el fin del mundo no es más que una profundización del capitalismo hasta nuestra extinción.


No podemos evitar el cambio climático, pues ya ha llegado. No podemos salvar el liberalismo, pues ya ha muerto. No podemos cuidar la cosa pública, pues ya ha sido arrebatada. No podemos frenar la máquina. Nuestro sistema de producción acabará finalmente con las relaciones sociales que lo permiten. El punto aquí es ¿cómo atravesar este fin?


El último congreso de la Asociación Colombiana de Ciencia Política (ACCPOL) convocó durante tres días en Cartagena a diversos profesionales, maestros y estudiantes, para así reflexionar la actividad del politólogo en un contexto de regímenes autoritarios, migración y guerras. Aunque la temática inspiraba a hablar de nuestra inestable coyuntura, lo cierto es que todo el mundo hablaba del fin del mundo.


Populismo, erosión, crisis, eran palabras comunes en la mayoría de las ponencias y conferencias. Quienes se aventuraban a lanzar borradores de solución proponían la vuelta al republicanismo moderno, una novedosa alianza popular, un diálogo con la ancestralidad de los pueblos e incluso un comunismo transhumanista. Lo cierto es que nada era concreto.


Castro Gómez invita a disputar el relato. Para el filósofo, no se puede evitar el fin, solo transitarlo; la cuestión es entonces la de la narrativa. Mostrar otro futuro posible lejos de las corporaciones. Una organización federada, autoorganizada, comunal. Una forma novedosa de enfrentar el largo tiempo de un posible fin.


Las campanas ya guardan polvo, nunca supe cuándo retumbaron. Habitar la vida, aceptar la muerte. Besar a la gente, llorar la ausencia. La ciencia política, en defensa de la vida común, toma el papel de arquitecto; las humanidades y las ciencias de lo humano construyen el mañana; el relato no se disputa sino con praxis. No se espera la parusía, no se busca el retorno al huevo. Se trata de crear lo posible, lo necesario, de transitar el fin del mundo, aventarse a lo desconocido; crear un exit.

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