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Foto: José Vargas / El Espectador

ENTREVISTA

“Estamos en una época de abierta decadencia”: Piedad Bonnett

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Santiago Orozco Uribe

Universidad de los Andes

Piedad Bonnett Vélez (Amalfi, 75 años) es licenciada en Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes. Es poeta, novelista, dramaturga y columnista de El Espectador. Publicó su primer libro, De círculo y ceniza, en 1989. Entre su obra se destacan Explicaciones no pedidas, Premio Casa de América de Poesía Americana en 2011, y Lo que no tiene nombre (2013), sobre la muerte de su hijo Daniel. En 2024 ganó el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Este año recibió el Premio Internacional de las Letras ExLibris Murcia y el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca. Ha publicado nueve libros de poemas, siete novelas, un libro testimonial y varias obras de teatro.


Pregunta. En tiempos de inteligencia artificial, a un lector le queda muy difícil identificar si lo que está leyendo fue producido por una máquina o por un ser humano. Hace poco se descubrió que la exitosa novela Era eso o morir, ganadora del premio Fnac y candidata al prestigioso premio Goncourt, fue escrita con inteligencia artificial. Casos como este ha habido varios. ¿Estamos condenados los lectores a leer con desconfianza a los escritores de hoy? ¿No será el momento de regresar a las letras del pasado?


Respuesta. Estoy aterrorizada ante esta perspectiva. Esta mañana estaba leyendo que le dieron un premio importantísimo a un escritor peruano, y todo indica que el 85 % de su libro fue escrito con inteligencia artificial. Imagínate lo que eso significa a nivel de confianza para el lector. Es aterrador. De hecho, hemos venido perdiendo confianza en la verdad debido a las redes sociales y a las noticias falsas, que han hecho un daño horrible. No me imagino lo que pueda pasar en la cabeza de los niños que están creciendo en medio de esta circunstancia. Yo creo que los autores del pasado estarán siempre ahí a disposición nuestra. Siempre serán unos maestros y siempre será un placer volver a ellos. Cada tanto tengo la tentación de volver a las novelas del siglo XIX. Sin embargo, para un escritor es importantísimo saber qué están haciendo sus contemporáneos. De manera que es una encrucijada muy difícil.


P. Vivimos una época de cambio climático exacerbado, de guerras por doquier, de política radicalizada, de cifras alarmantes de depresión y suicidio, de adicción a las redes sociales, de saturación de noticias falsas, de una epidemia de soledad. ¿Qué sentido tiene algo tan aparentemente frágil como la poesía en tiempos como estos?


R. Sí, son tiempos de profunda desesperanza. Me aflige pensar en personas de tu edad que tienen que vivir con esta incertidumbre de tantas cosas, comenzando por el cambio climático. La poesía es un lenguaje muy íntimo, a pesar de que sus temas no lo sean. Pero es un modo de comunicación de sujeto a sujeto, de conciencia a conciencia, que propicia un diálogo muy particular por el tipo de lenguaje que usa, que va directamente a las emociones y que tiene el poder de remover cosas en el lector. La poesía es, ante todo, un refugio en este momento y una manera de paliar esa soledad de la que tú estás hablando. Porque la literatura es compañía, y la poesía es una compañía muy particular. Pero lo es para personas de espíritus sensibles y, de alguna manera, iniciadas, porque la gente le tiene miedo a la poesía. Si los colegios no hacen la tarea y si en la casa de los padres no hay poesía porque le tienen temor, seguiremos siendo una minoría.

Foto: Andrés Galeano / EL PAÍS

P. ¿Usted es pesimista u optimista frente al futuro de la humanidad? ¿Rescata algo del mundo que vivimos?


R. Me duele tener que decir que soy muy pesimista. Sobre todo el cambio climático me está asustando muchísimo porque la humanidad se puede ver abocada a situaciones muy duras y a migraciones inmensas. Las guerras han existido siempre y siempre hay manera de resolverlas, y esta racha de regímenes autoritarios y violentos tendrá que acabar porque la humanidad tiene un gran poder de reacción. Me asusta también la inteligencia artificial porque podemos llegar a estar en manos de un ente desconocido que manipule nuestro futuro. Soy pesimista en términos generales, pero en el fondo de mí hay una cosa que dice que hay que tener fe. Porque en la historia siempre ha habido personas que saben abrir camino y que le dan una vuelta a las cosas. Me da mucho miedo lo que las redes sociales están haciendo con la gente joven. Es un grado de dispersión y de banalidad que impiden la conexión más íntima con ellos mismos. Me da miedo ese futuro mundo de adultos que hayan crecido en esa superficie de las cosas. Pienso que estamos en una época de abierta decadencia, pero que siempre después de las decadencias viene un resurgir de algo. Confiemos. Puede ser la destrucción o el resurgimiento, después de que la gente se hastíe de ver lo que estamos viviendo.


P. ​​Es sabido que varios escritores de renombre de este país y del mundo han firmado contratos con editoriales para publicar un libro cada cierto tiempo. Incluso, hay contratos que los obligan a escribir un libro al año. ¿Qué opina de esto? ¿Han traspasado el capitalismo y la sobreproducción los terrenos sagrados del arte?


R. Eso me parece espantoso. Nunca he querido firmar un libro con anticipación, ni me comprometería en un lapso de tiempo tal a presentar un libro. Hago compromisos de que para el año entrante voy a tener un libro, pero si no lo tengo, mi editorial va a tener que esperar. Estamos bombardeados por cientos de libros cada semana. Me dicen los libreros que no alcanzan a poner las novedades cuando ya están llegando otras. Vivimos en una época de enormes excesos, que también minan la confianza. Todo lo que es mercado ha desvirtuado una visión de mundo que tenemos que recuperar.


P. En plena cultura de la cancelación las nuevas generaciones de lectores promueven dejar de leer a autores que consideran moralmente cuestionables. De García Márquez se está diciendo últimamente que apoyaba actitudes pedófilas, y que por eso no se deben leer sus libros. Usted, que fue profesora de literatura, ¿qué le diría a un estudiante que se niega a leer a un autor por motivos morales?


R. Esa cancelación me parece una atrocidad como toda cancelación. Yo no soy partidaria de ninguna cancelación. Claro, existe la cancelación por abuso, que me parece la más lógica, pero de todas maneras eso tiene que pasar por unas instancias judiciales y esperar a que una persona se la condene. ¿Qué le diría yo a un estudiante? Primero que todo, que la literatura es producto de una época. Gabriel García Márquez creció en una sociedad que permitía, por ejemplo, que los hombres disfrutaran de la prostitución sin que hubiera una censura social. ¿Se debe juzgar a Shakespeare con los parámetros del siglo XXI? Decir que era un racista porque condenó a Shylock, que es un judío, es una tergiversación total de la mirada. Lo de García Márquez lo vengo oyendo desde hace mucho tiempo. Hay que leer no para ver la supuesta perversión de un autor –que no creo, como tampoco creo que Nabokov sea un perverso– sino porque la literatura muestra zonas muy oscuras de los seres humanos. El uno habla de una pedofilia que en realidad puede ser puramente imaginaria, y el otro habla en una época en que eso no estaba mal visto porque las niñas antes se casaban a los 14 años. En Memoria de mis putas tristes se plantea una mirada desde la impotencia de un anciano que cree que va a sentir deseo por una niña y termina enamorándose de ella. Escasamente la toca. Eso no puede llamarse pedofilia. Raskolnikov no es un héroe asesino. Sí, mató a una vieja con un hacha, pero tiene un montón de ideas en la cabeza. Para eso está la literatura: abismarnos a esas partes muy oscuras del humano, incluso al alma de un asesino, para poder entender, comprender, a veces perdonar, a veces censurar. Pero en la literatura no obramos como en la vida. Claro que hay cosas que podemos censurar, pero en general la buena literatura lo que muestra son las contradicciones, los dilemas éticos.

Foto: Andrés Galeano / EL PAÍS

P. Dondequiera que vayan, los influencers causan conmoción. Hace poco, el streamer Wesctol paralizó el centro de Bogotá: en cuanto lo reconocieron, cientos de personas se agolparon a su alrededor para saludarlo. Ni siquiera cantantes, actores o políticos logran despertar semejante fervor. ¿Qué opina de estos nuevos ídolos?


R. Hace unos días vi algo parecido en el aeropuerto. No sé si era un influencer, pero no me daba la sensación de que era ningún genio. Esa es precisamente la malformación que están haciendo las redes: que cualquier imbécil, porque la verdad esa es la palabra, que sepa cómo engañar tenga semejante fama. Es el mismo sistema de los políticos: atraer con un lenguaje y unas cosas que terminan siendo muy perniciosas, porque van hacia la juventud. Hacia la gente de 14, 15, 16 años que no tiene todavía formado un criterio. Esta mañana leí en el periódico que las industrias de comida ya no están permitiendo que los influencers se metan con sus marcas porque pueden llegar a hacer cosas con las que no están de acuerdo. No sé cuánto durarán los influencers, pero no creo que duren toda la vida. La gente se está aburriendo de las redes y está empezando a desconfiar de los influencers. En algún momento la gente cobrará conciencia de esa proliferación de estupidez. Aspiro a que así sea.


P. ⁠Las universidades atraviesan una crisis evidente. El número de matriculados disminuye año tras año, y la falta de estudiantes ha obligado a cerrar numerosas carreras e incluso facultades. Además de razones demográficas y financieras, es innegable la desconexión creciente de los jóvenes con el sistema educativo tradicional. Usted, que ha sido profesora, ¿a qué le atribuye la falta de entusiasmo de los jóvenes a estudiar una carrera? ¿Cree que la universidad tal como la conocemos corre el riesgo de desaparecer?


R. No te imaginas cómo me preocupa ese problema. Por un lado está la baja de la natalidad, que ya está afectando incluso a los colegios. Eso es algo que no podemos detener, porque tiene que ver con la reflexión de muchas mujeres sobre su propia vida y sobre sus ambiciones. Tendremos que acomodarnos a eso. Pero lo otro es ese mercantilismo tan brutal que le promete a un estudiante que si hace una carrera intermedia, una cosa de un año o incluso de meses, se puede hacer rico. Entonces, el conocimiento termina siendo una cosa que no vale la pena. Lo importante es lo pragmático: que te hagas un lugar en el mundo y consigas dinero. Las universidades van a tener que reformarse, pero no para darle gusto a esa minoría, sino para ponerse a la altura de los tiempos. Van a tener que tecnificarse y volver muy valiosas otras maneras de aproximarse al conocimiento. Ahora, la universidad es una cosa de élite, aquí y en todas partes. Hay que propender a que se amplíe su influencia y que no sea una élite cerrada que después va a manejar el mundo. Hay que democratizar la universidad. Nos va a llevar unos años de reflexión encontrar el camino para que el conocimiento vuelva a ser valorado en su verdadera dimensión.


P. El gobierno de Abelardo de la Espriella está implementando una “contrarrevolución cultural” para combatir lo que denomina el “wokismo” y las expresiones progresistas. La suspensión de convocatorias y estímulos para artistas, el retiro de obras del Museo Nacional y el cuestionamiento a escritores como Andrés Caicedo y Gonzalo Arango por su vida “rebelde” son algunos de los hechos que han generado polémica. ¿Cree que, en últimas, los esfuerzos del gobierno debilitarán la cultura o tendrán el efecto contrario?


R. Tendrán el efecto contrario, pero es posible que lleguemos a trabajar desde la clandestinidad. Hay un ímpetu totalitario no solamente en este gobierno, sino en otros, y está probado por la historia que eso inmediatamente genera una resistencia. Y si la resistencia es aplacada por la violencia, que es una posibilidad, entonces esa resistencia va a crecer, de eso no hay ni la más mínima duda. Eso está en manos de los intelectuales. El pensamiento del intelectual tiene que ver con la coherencia y no con el avasallamiento. Habrá algunos cobardes y otros que parecen cobardes, pero que van a empezar a hacer las cosas de manera subrepticia, como ha pasado siempre en estos regímenes.

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