
Foto: Samuel Sanabria Carmona
CRÓNICA
Poemas por limosna

Samuel Sanabria Carmona
Universidad de Antioquia
«Porque a la riqueza miro de perfil,
mas no con odio».
— Raúl Gómez Jattin, El Dios que adora.
Jaime: Brother Deluxe 1350, color arena
Luego de alzar su mano para despedirse desde el interior del bus, «Félix» —fue el único nombre que me dio y, por tanto, el único real y posible— me gritó, por encima del barullo de los pasajeros, mientras buscaba puesto, cargando la máquina de escribir bajo el brazo:
—¡Dios te lo pague, amigo periodista!
Entonces, cuando el vehículo arrancaba por la avenida Ayacucho rumbo a El Picacho, abrí mi billetera para darme cuenta de que, con la mejor de las intenciones —otra forma de dar por perdido el dinero—, le había prestado a Félix los cuatro mil pesos que tenía para regresarme desde el Parque Berrío hasta la pensión en metro. Escarbé con las manos en los bolsillos, buscando entre pelusas algunas monedas. Al encontrar el doblez de lo que creí que era un billete, saqué confiado una hoja amarillenta de bordes chamuscados: el poema que Félix me regaló esa tarde, cuando lo conocí. Ahora, tras de no tener un peso, me surgió una necesidad visceral de enmarcarlo.
Coincidí con él unas horas antes, la tarde del primero de agosto, en el mercado de San Alejo, un nido de banalidades antiguas. La brisa soplaba con una finura sin fresco. Solo se hacía presente al mirar las copas de los árboles, contemplando el leve temblor de sus hojas, atravesadas por un sol que me recorría la espalda, convertido en gotas de sudor. Félix no parecía distinguir este verano prolongado de cualquier otro: llevaba una falda escocesa de cuadros negros y rojos sobre un pantalón de paño color café, una chaqueta formal gris y zapatillas negras; dejaba expuesto el pecho medio descubierto tras una camisa de un vino tinto profundo y tenía el cabello suelto por debajo de los hombros, abundante, arremolinado como un torbellino de hojas marchitas. Además de esto, cargaba sobre su espalda una mochila negra repleta de estampillas de Snoopy, sobres de colores vivos, cera para sellos, dos letreros plastificados y una máquina de escribir que apretaba contra su cuerpo. Caminábamos en círculos alrededor de la fuente del Parque Bolívar, extraviados entre los chasquidos metálicos de los candelabros abollados, cubiertos gastados por el uso, carritos tipo Hot Wheels todavía sellados en su cartón, tazas de peltre oxidadas, valijas con casetes de villancicos y boleros, cuernos vikingos —seguramente de manufactura china—, polvo, mucho polvo y todo tipo de cachivaches y reliquias enciclopédicas. Se detuvo en seco a preguntar por un Discman.
—¿Qué vale esto? —preguntó al hombre sentado frente a una mesita de madera.
—Deme veinticinco mil y se lo lleva —respondió el comerciante.
Félix metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un puñado de billetes arrugados y monedas, y los contó con esa misma mano. Dudó en voz alta de que el aparatejo todavía funcionara. El comerciante, lacónico, asintió con un cabeceo breve y frunció el ceño con cierta rigidez y recelo. Félix eligió apostar por la compra. «Yo pago eso con lo que me hice hoy», me dijo. «Tengo unos discos de tango que quisiera escuchar en casa». Le entregó el dinero. Sin levantarse, el hombre contó los billetes con los ojos, estiró y encogió el cuello para dar a entender que Félix era ahora el nuevo dueño del aparato. «No se devuelve la plata», gruñó. Supe después que no sirvió.
Minutos atrás entraba al Parque Bolívar, y me sacudía la bofetada del bullicio: pregones, radios, carretillas, megáfonos, música, conversaciones. Todo a la vez alrededor de la fuente, sin orden, un Wall Street a cielo abierto. Por debajo de esa marejada de subastas, alcancé a distinguir un tableteo seco que reconocí de inmediato. Ese sonido casi artificial que solo puede provocar el pasado: una máquina de escribir. Perseguí el tac, tac, tac. «¡Cigarrillos empaquetados a cinco, los tres en doce mil!», gritaba alguien a mi izquierda, y la frase se encaramaba sobre otra, de más allá, que ofrecía pilas, relojes y un cuchillo de monte «que corta hasta la mala suerte». Alguien le daba cuerda a una radio de dinamo, que soltaba un bolero con la voz medio ahogada. Dos personas regateaban sin quitarle los ojos de encima a unos ceniceros.
—Deme veinte por los dos y se los lleva.
—Le doy los veinte, pero me rebaja los dos llaveros que le coticé hace rato.
En medio del ajetreo, entre objetos de pasado incierto, el barullo se abrió como una cortina y lo vi. Estaba acurrucado, casi en posición fetal, con el cuerpo ensimismado en una sillita plegable. Tecleaba sobre sus piernas una Brother Deluxe 1350, color arena. «Se llama Jaime, como el periodista», me diría más tarde. Una señora, «Carmenza», que se encontraba sentada a su lado en una silla Rimax, llevaba puesto sobre el rostro un semblante decaído. Entre lamentos, le pidió con un hilo de esperanza:
—Mijito, escribe en la carta: Papito, todo va a estar bien, te van a dar pronto de alta.
—Como usted me lo pida —le dijo él. Acomodó el papel en el rodillo y continuó redactando hasta el punto final.
Cada golpe de las teclas sobre la cinta parecía asentar las palabras que a Carmenza le costaba pronunciar sin quebrarse. Mientras él escribía, me fijé en lo que tenía dispuesto para trabajar. Como si hubiera montado una pequeña oficina en mitad de la calle, a la altura de sus zapatillas, estaban sus herramientas y los precios de su oficio: un conjunto de papeles amarillentos, casi apergaminados, esparcidos encima de un mantel, una pluma, sobres de distintos colores, un estuche negro de corredera, similar a un bolsito para maquillaje, algunas libretas con portada de Snoopy y dos letreros impresos y plastificados, de letras blancas sobre fondo negro, que decían: Poemas a 5.000, Cartas a 10.000.
Félix arrancó la hoja del rodillo; la señora dejó asomar una lágrima al terminar de leer la carta y él le pasó la pluma y un cuaderno para que pudiera firmarla. Carmenza esculcó dentro de un bolso que estaba apoyado sobre el lomo de la silla y sacó de él unas monedas. Las contó minuciosamente un par de veces y puso cara de pena. «Me hacen falta quinientos pesos», le dijo avergonzada. Ahí vi la oportunidad de acercarme. Caminé hacia ella con la mano en el bolsillo de atrás. Para mi suerte, cargaba una moneda de quinientos. Me apretó la mano, dando las gracias. «Que mi diosito se lo pague». Carmenza se marchó con la carta guardada en el bolso y me ungió desde lejos.
—A ti el calor no te conoce todavía —le dije a Félix con sarcasmo—. Hace tremendo sol y parece que a ti no te suda ni el alma.
—Es que estoy concentrado —replicó—. El calor respeta a los artistas.
—¡Ah, bueno! Y yo aquí sudando gratis, debería volver a escribir también, para ver si me gano el privilegio.
—¿Vos escribís?
—Eso intento.
—Entonces estamos en el mismo negocio. En el de intentar.
—¿Por qué las cartas valen más que los poemas? —pregunté—. Un poema es más íntimo, detallado y evocador, a mi parecer.
—Pues, según mi parecer, una carta compromete más —dijo con una risita burlesca, en un tono delicado y con un ligero aire de triunfo comercial—. Uno puede escribir un poema y hacerse el loco con gentileza, porque a uno le dicen sobre qué quieren el poema. Incluso yo mismo traigo poemas escritos en casa para que me los compren así. Pero una carta siempre tiene destinatario y para escribirlas uno tiene que convertirse en otra persona.
No sabía si hablaba en serio o si acababa de inventarse aquella explicación para defender sus tarifas, una especie de mercadeo kafkiano. Me resultó una estrategia convincente.
—¿Y cómo te llamas, amigo poeta?
—Me dicen Félix. ¿Y a vos?
—¿Cómo el gato?
—Sí, como el gato, el de las caricaturas. Ese nombre me gusta, no necesito llamarme de otra manera.
Quise inventarme en el momento algún apodo. Los demás te conocen por el apodo que te ponen. Burlonas y vergonzosas etiquetas mediante las cuales te agarran cariño y que terminan borrando casi por completo los nombres de pila. Los apodos resultan más reales que los propios nombres. Con pena de saber que no me había ganado el mío, sencillamente le dije mi nombre sin apellidos, y mencioné que buscaba ser periodista. Él sonrió con complicidad. También le conté de mi abuelo, José, y mi Terna Automatic, color arena, traída al presente desde sus tiempos como contador en Bogotá. Fue en ella donde escribí mis primeros cuentos, cartas un tanto nostálgicas a los amigos y vergonzosos poemas para alguna enamorada que tenía. Así me familiaricé con la costumbre de escuchar el tamborileo de las teclas al ritmo de mis pensamientos, estampándose contra la cinta y marcando la hoja que se desplaza de derecha a izquierda al teclear.
Empezamos a conversar sobre un oficio material que poco a poco ha entrado en su aparente retiro. «Además de esta, tengo otras dos máquinas de escribir en mi casa, arriba en Picacho». Jaime, la Brother Deluxe 1350, color arena, es la tercera de ellas. Lleva trabajando en este honesto negocio desde los veintiuno, luego de abandonar un año antes, sin remedio, un trabajo que no realizaba por gusto, sino escoltado por un sentido cotidiano de complacencia y colaboración con su hogar: era encuestador en una empresa aeroportuaria en Rionegro cuyo nombre no quiere recordar. Pensar en la poesía como ese estado de perpetua belleza y contemplación nos aleja de la carne y el hueso de los asuntos más terrenales, y es que Félix no es otra cosa que un ciudadano común con un trabajo informal, financiado con roídos y esporádicos ahorros. «Voy a cumplir veintiséis y, la verdad, no podría ganarme con otra cosa», admite. Desde hace cuatro años se dedica a escabullirse, cual recuerdo olvidado, en espacios como el San Alejo, donde las gentes parecen aún dispuesta a maravillarse con los gabinetes de curiosidades, los dulces de feria, la música callejera y los escritores perdidos. En estos lugares se siente más cerca de las personas y busca ser una manifestación del pasado.
—Las personas ya no escriben, mucho menos cartas, muchísimo menos a máquina. Eso es un bien escaso. Me gusta cómo eran las cosas antes y a la gente parece gustarle también. Es como verme desde la vitrina de un anticuario.

Foto: Samuel Sanabria Carmona
Mientras escribo, pienso que he hablado hasta ahora con tanta naturalidad de todos los asuntos aquí retratados que deben parecer cotidianos, pero para que nos entendamos, no lo son. Me voy a permitir explicar, casi como un guía de museo pretensioso, por qué Félix posee para mí un carácter legendario, casi mitológico.
Escuchar una máquina de escribir tiene una presencia prehistórica de tanto impacto como lo tendría ver Jurassic Park por primera vez. Parecen dos cosas inalcanzables, pero reales en nuestro imaginario cronológico. El simple hecho de pensar que remotamente pudieron haber invadido todos los espacios en la tierra nos causa una fascinación embriagante, incluso más cuando —como en la película de Spielberg— ambas cosas —el humano y un pasado distante— conviven. No lo tildaría de misterioso, dadas las pruebas de su existencia, pero sí ciertamente místico, porque las máquinas han desaparecido de casi todos los ambientes donde antes eran un elemento del paisaje y los secretarios, mecanógrafos, taquígrafos, profesores, periodistas, médicos, auxiliares contables y una larga lista de profesionales que requerían usarlas soñaban con el sonido del tecleo con frecuencia, como si este fuese el rugido de un tiranosaurio en plena persecución. Félix se apropia de esta coexistencia como de las ropas que viste.
No pude evitar solicitarle un poema. Le pedí que escribiera uno sin mayor remedio que la espontaneidad del momento que ambos compartíamos. Poco a poco empezó a acomodar todo. Eligió uno de los papeles de tez acartonada que estaban a su alcance. Introdujo la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y sacó un encendedor. Quemó el borde de la hoja y la soplaba con pequeñas exhalaciones, hasta que quedó con los bordes ennegrecidos, casi redondos e imperfectos. Se encorvó sobre la máquina y dispuso sus dedos como un pianista, estirando y contrayendo sus falanges a punto de interpretar una pieza. Lo que ocurrió después lo cuento con exactitud, para que nadie sospeche de la exageración: dejó de parpadear. Los labios le iban formando las palabras sin dejarlas salir del todo, desangrándolas por las yemas de sus dedos. Al final de cada línea, la mano izquierda halaba la palanca del rodillo con un manotazo seco, de capataz, y el timbre sonaba como campana de fin de asalto. Se detuvo un instante en mitad de su apogeo. Miró las nubes. El destello de la luz no parecía molestarle. Yo había pedido un poema y sentí que me rifaron un exorcismo, una espectacular demostración de un espiritista que compartía por breves instantes su cuerpo con una nostalgia fantasmagórica y que me había salido barato: cinco mil pesos que no pagué en el momento.
El contenido resultante de aquella posesión habla sobre un poeta triste que quiere tocar los cielos con los mismos dedos con los que escribe. Dice más o menos así:
Me encuentro aquí,
en medio de esta soledad, fría
en donde me postro frente a mi máquina de escribir,
viendo mis dedos… deseando con ellos,
convertir la carne en verbo, buscando entonces,
verme luego al espejo… Aunque mierda.
¿Seguiré siendo un pobre poeta con mis dedos,
queriendo tocar los cielos?
Simplemente, penumbra, vida y cielos:
heme aquí.
Visto con la hoja en la mano, lo de «convertir la carne en verbo» dejó de ser figura retórica. Era lo que acababa de ver: un hombre entero consumado en la consagración de sus gestos más sublimes, siendo a su vez una poética premonitoria del préstamo por cuatro mil pesos que le haría más tarde. El bus arrancaba por la avenida Ayacucho rumbo a El Picacho, perdiéndose a un par de cuadras por un callejón. Quedé sobre la calle con una alegría que, irónicamente, me mantuvo desconsolado.
Emily: Underwood Escolar, color gris
Por la televisión se transmite el desfile de silleteros que está llegando casi a su culminación. En aproximadamente una hora serán las seis, y me encontraré acercándome a diversos grupos de personas sentadas a lo largo de Parques del Río ofreciendo junto a Félix algunos de sus poemas. Es 9 de agosto. Félix armó su silla plegable, dispuso sobre el suelo sus dos letreros y se sentó a escribir para poder entrevistarlo. No hubo grabadora ni teléfono. Por muchos mecanismos que tuviera a mi alcance, hice la entrevista a mano, invocando también un pasado en el que los relatos se construían con fragmentos difusos y complementarios de la memoria. Solo cargaba con una libreta, un bolígrafo azul y otro rojo.
También un ejemplar de Grandes reportajes de Colombia para que me lo firmara. Pensé, con una grandilocuencia de la que no me arrepiento, que el gesto valdría más para ambos que si se manchaba con los garabatos de Samudio, Emilia Pardo, Castro Caicedo, Gossaín o el mismo Samper Pizano.
«Parce, yo tengo un libro viejo con unos reportajes bien buenos que he leído un par de veces», mencionó el día que lo conocí, hablando sobre nuestros oficios. «Es el único que tengo sobre esos temas. También quisiera escribir cosas así, pero eso necesita tiempo y estudio. Si quiero comer no me queda tiempo para eso». Aquel día, tecleando con una parsimonia deliberada, me describió el libro: una portada con tipografía roja y una Underwood Standard, color negro. Supe que ambos teníamos el mismo libro. Un mes antes de conocerlo, había recorrido el San Alejo en busca de unas cajetillas viejas de cigarrillos. Podrán señalarme como un acumulador, pero yo estaba casi recién llegado a la ciudad. La habitación de la pensión y un cuarto de hospital eran para mí entonces iguales. Tropecé con un puesto repleto de relojes donde también había libros y divisé entre ellos uno con una máquina de escribir color negro —una Underwood Standard— en su portada: Grandes reportajes de Colombia. Si eso no es una cofradía, debe ser al menos el asomo de una amistad circunstancial.
Durante el resto de la tarde nadie se acercó a comprarle. El tiempo transcurrió sin sobresaltos, con esa morosidad sin causa de las horas que no tienen nada que anunciar. Charlamos. Mientras Félix me relataba algunos episodios de su vida, yo me apresuraba a reconstruirlos en el cuaderno, procurando darles un orden sin despojarlos de la forma en que él los contaba. Así, uno tras otro, quedaron expuestos en mis apuntes de forma prudente, evitando desnudar por completo el corazón de la persona detrás del poeta.
La primera vez que Félix quiso hacer frente a sus deseos de escribir, fue custodiado por una presencia ineludible: su barrio. El poeta había vivido toda su vida en Picacho. «Yo soy del 12 de Octubre, en la parte alta abajo», como en la poesía de Helí Ramírez: calles empinadas, con «adobe pelado frente a las casas», caserones que se distribuyen como lunares en la ladera noroccidental de Medellín, donde el cerro acaricia viviendas teñidas de un rojo arcilloso y el pavimento colinda con el destapado. Escribo esto con el bolígrafo rojo. Fruto del desplazamiento forzado, familias antioqueñas levantaron sus hogares en parcelas de tierra dentro de fincas que no les pertenecían del todo. Con el paso de las décadas y entrados en la nueva ola del narcotráfico que asoló al país en los ochenta y noventa, este territorio estratégico por su vista panorámica del Valle de Aburrá quedó atravesado por un conflictivo dinamismo urbano. «Es cierto lo del tema de la complejidad», me repite. «Pero incluso ahí hay poesía. Yo soy más de los dosmiles, así que digamos, es una violencia redundante: el contrabando, las pandillas y las drogas son conocidas en el barrio». Félix comenzó a escribir desde los doce años. Recuerda haber sentido que «vivía como un marginado», en una soledad sin destierro, cuando todavía se hallaba atravesando el bachillerato en la Institución Educativa Progresar.
—Rechazado. Me sentía desplazado en el colegio. Pero incluso en la soledad, uno no se encuentra completamente solo. Yo no lo estaba.
Conviene mencionar aquí que Félix es también un hombre muy enamoradizo. Por esos años, conoció a dos de sus grandes amores: Emily Dickinson y Emily, una Underwood Escolar, color gris. «En la biblioteca escolar di con un librito que tenía poesía de Emily Dickinson y quedé flechado». Escribí esto con el bolígrafo azul. Dijo «flechado» sin ningún pudor, sin demostrar ningún tipo de vanidad, y lo veo incapaz de abandonar ese carácter novelesco que encarna un amante desahuciado. «Emily es la primera». Félix cuenta que un amigo —cuyo nombre no recuerda— se la presentó a sus dieciséis años, en pleno auge de la adolescencia, cuando afloran las tempranas conquistas y uno se acostumbra a la timidez de los rechazos. Ambos compartían un gusto intergeneracional por la lectura. «Era un viejito», señala. «Por ahí en el barrio quedaba un chuzito donde yo solía bajar a tomar café; él también asistía al lugar». En alguna conversación, dice, mencionó que tenía una máquina de escribir.
—Te la puedo dar y me la vas pagando —le dijo.
Por primera vez en dieciséis años, su camino le daba indicios para que impulsara, con un corazón engendrado en el pancoger diario, la emergencia de sus necesidades espirituales. Rasguñó el dinero del que podía disponer y le fue pagando con los tres pesos que encontraba por ahí. Empezó escribiendo poemas por encargo. Tenía un letrero chiquitito escrito a mano que decía: poemas por limosna. Los ofrecía por el barrio. «Entenderás que no me daba lo suficiente, aunque me empujaba a escribir para la gente». Al final, no le alcanzó, pero la poca discreción que tienen los barrios con las situaciones familiares terminó desembocando en información a disposición de todos sobre su vida. Su amigo estuvo al tanto. Félix cuenta esto y su mirada se ensancha, dilatada sobre lo que, frente a todo pronóstico, parece ser un recuerdo feliz.
—Él se enteró de que vivíamos en una casa familiar, tres hermanos y una madre soltera que, además de alimentarnos vendiendo legumbres, lidiaba hace años con la muerte de uno de mis hermanos.
El viejo terminó obsequiándola, lo que, pienso, no fue un acto de caridad sino una muestra magnánima de complicidad. «Llévesela, que yo se la regalo», le dijo. Félix conmemoró aquel gesto nombrando la Underwood Escolar, color gris, con el nombre de su amor de adolescencia, que lo hizo llorar algunas madrugadas. Emily pudo acompañarlo mientras él se dedicaba a explorar en las palabras todo lo que sentía.
—Incluso en el infortunio, fui un tipo con suerte.
* * *
Son pasadas las ocho, y el gentío que asistió al desfile comienza a dispersarse. Hemos logrado ofrecer y vender dos poemas. Félix va adelante, abordando a las personas que se marchan. Junto a él camina un muchacho asiático que habla un español atropellado, el cual pisa el inglés callejero que Félix utiliza para contestarle. Se ríen como si fueran amigos de la infancia. Yo voy detrás, anotándolo todo. En la primera página de mi libreta se lee: Félix es un hombre en exceso sociable. Y entiendo en ese instante la razón por la cual resulta ser un poeta gozoso del único reconocimiento que, en vida, va más allá de la gloria: el cariño del público. En el transcurso de la tarde, pude ser testigo de cómo con frecuencia se acercaban nada más para saludarlo, sin comprarle nada, pero no hacía falta. Debía sentirse como una celebridad y tuve la sensación de que el tipo podría llenar un estadio.
—Yo me he movido mucho—. Esto era verdadero en todo el sentido de la palabra—. Tuve cómo rodearme de cosas distintas a la violencia, gente distinta a la violenta.
Durante los últimos siete años, Félix se ha encargado de construir una reputación intachable y cercana a su público. «Pero anota que yo comencé a escribir más atrás, antes del trabajo en Rionegro». Tacho «Escribe desde que consiguió a Emily» y corrijo con el bolígrafo azul. Pasó de escribir poemas a escribir cuentos, ganando tres concursos seguidos cuando cursaba octavo, noveno y décimo grado, adoptando un seudónimo que se apellidaba «Jesey David», el nombre de su hermano fallecido.
—¿Has vuelto a escribir cuentos?
—La verdad, no. Creo que la poesía es más sincera.
Un hombre que gana tres concursos seguidos y abandona el género por razones de sinceridad, pienso, podría ser condecorado con un título que pocos boxeadores alcanzarán en su carrera: el honesto orgullo de haberse retirado a tiempo, sin justificar su escape del cuadrilátero, con pocas heridas memorables, vivo y todavía invicto.

Foto: Samuel Sanabria Carmona
Por esa época comenzó a presentarse en el Parque Biblioteca Gabriel García Márquez. Los libros con los que entró en contacto lo instruyeron en cuanto a la obra de Rimbaud y Jattin, Vilariño y Mutis, Silva y Carranza. También Jony Albino Arenas. Se vinculó a algunos talleres de formación. Bajando por la calle de su colegio, recuerda, queda un edificio de color azul, sede de la Corporación Cultural Tallerarte, manejado entonces por un señor llamado Guillermo, «Guillo», artista plástico. El reto del maestro, reitera, era encontrar la manera de vincular a los jóvenes revoltosos y frustrados con su entorno, muchos de los cuales terminaban incorporados en las redes locales de narcotráfico. La combinación de pobreza, exclusión social, violencia barrial y falta de oportunidades hizo que algunos jóvenes fueran especialmente receptivos ante el reclutamiento por parte de «combos locales» y redes criminales. En ocasiones, su participación comenzaba con encargos aparentemente menores, como «jíbaros», distribuidores de drogas, y esto podía avanzar hacia actividades más peligrosas que, estimuladas con desorbitantes promesas de dinero, mujeres coquetas por montones y lujos, terminaban convirtiéndolos en pequeños sicarios. Guillo los arrastraba a Tallerarte para que «dejaran lo necios» y no terminaran instrumentalizados. Félix asistió hasta terminar el colegio. Ahí entra en juego su deseo por escribir en contravía con la necesidad de hacer dinero para su hogar. Al tener que desplazarse todos los días hasta Rionegro, el diluvio de emociones lo encontraba en sus horas lúcidas de madrugada, engullido por el blanco de sus paredes y la oscuridad del cielo raso.
—Solo en la madrugada encontraba comodidad y tiempo para escribir —dijo—. El ruido en el día parecía provenir de todas partes y así no podía explorar lo que había dentro de mí con libertad. Llorar, reír, sentirme plenamente como un yo que le pertenecía al otro yo en la escritura.
Su gran tragedia, más mundana que la de los poetas desgraciados que había leído, era verse obligado a trabajar como encuestador en lugar de dedicarse a aquello que lo hacía sentirse convaleciente ante la vida.
—No pensaba sino en escribir. Obtenía dinero, sí, pero me sentía con las manos vacías. Estando por allá lo supe. A los tres meses, renuncié.
Pero a diferencia de lo que muchos podrían llegar a sospechar, el brote de su inevitable decisión fue un momento confuso, lejos de toda epifanía. No llegó de repente. No fue una gran revelación y cuando se quiso dar cuenta, se vio embalado. La solución fue escribir. Por esto Félix no piensa en su renuncia como una degradación.
—Siempre se tienen dudas, obvio. Uno se siente como una rata condenada a la reproducción del capital, y uno siente que una sola gota de esfuerzo no hace río —dijo—. Pero Félix no es Félix sin la poesía. Además, no siento vergüenza, yo estoy es trabajando: preparo mis mejores prendas, mantengo limpias mis herramientas, compro más sobres cuando se me acaban y hago felices a mis clientes.
De cabrones, canallas, suertudos y apabullados estaba repleto su mundo y el único oficio del que se alimenta en cuerpo y alma parece encontrarse sumido en la honorable satisfacción de querer hacer felices a los demás. No piensa cambiar de dirección. Me confiesa que quiere ser gestor cultural y fomentador de lectura, dictando talleres con ancianos y jóvenes sobre poesía. Por eso tiene la intención de hacer la licenciatura en lengua castellana, pero no desde lo más académico. Eso no es lo suyo. La academia le resulta muy celosa. Le gustaría utilizar las herramientas de la literatura para involucrar a los demás.
—Pueden existir muchos medios y formatos, pero se trata de entregar algo, ser puente para que otros narren y escriban. Nada de lo que hago me pertenece a mí, soy una herramienta poética.
Durante las horas que pasamos juntos en Parques del Río, Félix describió una escena que me recordó a la señora Carmenza en el Parque Bolívar ocho días atrás. Una muchacha le pidió que le hiciese una carta, cuyo contenido jamás habría podido redactar si pretendía ser él quien lo hiciera. A menudo Félix deja de ser Félix y se convierte en un médium literario para evocar el cariño por los seres queridos. La mujer descrita por él llevaba puesto un semblante de palidez intensa, con una compostura raquítica, y caminaba con un gesto desalentado. Se le acercó por la espalda. Cuando habló, su voz sonó mustia, desprovista de fuerza, con palabras aporreadas por el cansancio y la pena. Le pidió que escribiera una carta como si su madre, muerta un año atrás, todavía pudiera dirigirse a ella, atravesando la ausencia para llegar una vez más con los recuerdos que ya no estaban. Félix tuvo que contemplar el abandono de sus placeres y vanidades al escribir para intercambiar de piel con una maternidad interrumpida. La mujer salió de aquel parque con el rostro inundado de lágrimas y una sonrisa descosida.
—Hoy, como en mi infancia, no supe si eso era la felicidad —dice Félix—. Pero había valido la pena. A veces regreso sin haber comido, pero con una sonrisa en la cara. Es extraño: uno sale a buscarse la vida y termina ayudando a otros a sobrellevar la suya.
Son casi las nueve y Félix se decide a regresar. Cuenta con la mano el dinero que recolectamos. Son diez mil pesos.
—Hay días en que es o regresar a casa con las monedas en mano para pagar el pasaje o comer cualquier cosa por ahí. Eso es lo que deja a nivel económico.
Si nosotros medimos la vara del triunfo por la rentabilidad de nuestros oficios, sentiremos que aquí se reconstruye el retrato de otro perdedor. Pero a mí me gusta pensar en la capacidad lucrativa que tienen estas actividades en otros aspectos de la vida y, en realidad —tal como lo describiría Juan Gil-Albert en Breviarium Vitae si hubiese pensado en este rincón del trópico—, si alguna vez escucha a un tintero hablarle entusiasmado de teatro a un mecánico, o por el contrario se topa con un hojalatero que va tarareando una canción de los Beatles, puede considerarse testigo de los espíritus osados decididos a quebrar los grilletes que, como humanos con estómagos hambrientos, quiso imponerles la vida.
Al final de aquella noche de agosto le pedí que me dedicara la primera página del libro. Firmó con su nombre, junto con el dibujo de una flor naciente al costado. Una flor que, al terminar la primavera, no desfallecerá.
Blues: Brother Charger 11, color azul
Sentado en un bordillo, bajo un arbolito que estiraba su sombra delgada sobre el suelo, Félix intentaba convencer a un niño incrédulo, jurando que máquinas como las suyas son difíciles de encontrar.
Son las dos de la tarde. La noche anterior hablamos por teléfono y quedamos en encontrarnos cerca del Orquideorama, en el Jardín Botánico, para que yo le tomara unas fotografías. Hoy es sábado 19 de septiembre y al caer la tarde se dará por terminada la Fiesta del Libro en Medellín. Félix cargaba a Jaime —su Brother Deluxe 1350, color arena— sobre los muslos, con las rodillas casi pegadas al pecho y la espalda encorvada. Se había pintado un mechón de cabello de un cobrizo pálido. Llevaba un suéter de rayas blancas y negras. Lo vi flaco: el suéter parecía una reja y el corazón, un preso asomado a mirar. Estaba escuchando un casete de Guns N’ Roses con unos audífonos de cable conectados a un reproductor que descansaba en el suelo. A su lado, apilados, había otros dos casetes: uno de Mozart y otro con un mix de blues.
Cuando Félix regresó a su casa unos años atrás con el dinero de la liquidación, su madre le dijo que si de verdad deseaba escribir, contaba con su apoyo, pero debía colaborar económicamente. Su primer aporte fue desligarla de su responsabilidad como madre.
—Ella se ocupó de proteger a mis dos hermanos y yo fui integrándome a la ciudad, que era ahora como un hogar extendido.
Lloraba mucho en esa época, menciona. El mundo se hizo más grande para él. En ese tiempo, Emily no lo dejaba nunca solo, pero pronto se vería desplazada por una nueva conquista: Blues, una Brother Charger 11, color azul. Félix comenzó a expandir sus horizontes conocidos y se aventuró en el centro de la ciudad buscando nuevos clientes para su poesía. En la Plaza de Botero se topó con los «tinterillos», a quienes llama falsos abogados: escribanos que redactan a máquina licitaciones, declaraciones de renta y permisos de compraventa, todo lo que harían si fueran abogados de oficio, pero no lo son.
—Uno de ellos tenía una máquina y me la quiso vender. Quedamos en cuotas, y tenía en el bolsillo un sobrado que me quedó de la liquidación. Sin dudarlo me la llevé.
Blues fue su segunda máquina y es la que se encuentra más maltratada, dice, pero está bien cuidada. En ese instante, se volvió poeta a tiempo completo. A los dos años de haber llegado Blues a su vida, Félix le compró a otro tinterillo la Brother Deluxe 1350.
Entre foto y foto me sentaba a verlo trabajar. Escribía un rato, levantaba la mirada hacia las nubes y posaba frente a la cámara. Esto, para Félix, no resultaba nada nuevo. Ahora las ferias y festivales lo invitan a participar. Ha estado varios años en la Fiesta del Libro de Medellín, el Guatapé Film Fest, la Semana del Libro y la Cultura de Guarne, y en casi cualquier espacio donde todavía se cree en el poder inmortal de la palabra escrita. También da tertulias literarias en algunas bibliotecas de la ciudad a las que antes se escabullía en calidad de lector y en las que se sienta a conversar con otros sobre los libros que alguna vez le hicieron compañía.
Disparé la cámara otro par de veces. Con el visor pegado al ojo, intentaba conciliar dos imágenes que parecían pertenecer a hombres distintos: el poeta y el dueño de una editorial que, por ahora, me dijo, solo había publicado un libro: el suyo. Se llama Abraxas, y en ella lanzó su primer poemario: De tinta y polvo de estrellas. En sus páginas, mediante una poesía agónica, pero sin aspavientos, cuenta esta historia.
En una pausa, señaló los letreros y soltó, como quien aclara un malentendido heredado:
—Yo cobro porque es mi trabajo. No quisiera ponerle precio a los poemas, pero tampoco soy un pordiosero. La gente sale feliz. Muchas veces me envían las fotos de para quién o dónde fueron a parar mis escritos. Algunos los enmarcan incluso.
Pordiosero viene de extender una mano optimista frente a la espera de un iluminado dadivoso: así se acerca el mendigo a la puerta, con una invocación al cielo. Félix sabe esto, o lo intuye, y la diferencia con su manera de ver las cosas radica en no esperar el milagroso alivio de su desdicha. Por eso se aferra a la tarifa: cinco mil pesos son lo único que lo separa de que alguien le deje una moneda a nombre de Dios. Sin embargo, insiste en que el producto es el sobre, los sellos de cera y las estampillas. Él no te vende la poesía. Semejante descaro sería propio de un sinvergüenza.
La madre del niño, que había llegado a rescatarlo, se quedó a pocos pasos y le habló a su hijo sin bajar la voz:
—A mí me tocó ver clase de eso —dijo, señalando la máquina con el mentón—. A ti ya no te toca, porque esas cosas ya casi no existen.
Aquella frase dejaba al poeta desmoronado y sin argumentos. Sin quererlo, la madre estaba sentenciando a infeliz término sus esfuerzos por evadir la extinción de sus máquinas, pero esto no logró perturbarlo en lo más mínimo. En su rostro se rasgó una sonrisa plena, que fue ganando terreno desde la comisura izquierda, y alrededor de los ojos aparecieron las arrugas de la risa, de esas que a sus veinticinco años se ha ganado a pulso.
—Qué cosa tan rara —dijo—. Es como decir que ya casi no existo y todos los meses me van a seguir cobrando el arriendo.
* * *
Ahora que el bus está doblando por la avenida —vuelvo a la noche del primero de agosto—, me quedo parado en la acera con el poema en la mano. Por la ventanilla alcanzo a ver la melena marchita de Félix agitándose de un lado a otro, repartiéndole saludos a un par de personas. Intuyo que lo conocen.
La idea del poeta maldito se ha vuelto una especie de formación aspiracional. A los condenados, bastardos, fatales y malentendidos los hemos querido tanto, y de tan lejos, que quien escribe sin estar a punto de hundirse en la miseria nos parece un amateur perverso. Esto decanta en el ridículo esfuerzo de aquel que se despeina frente al espejo para parecer atormentado. Félix tendría material de sobra para quedarse con el cargo, sin mencionar que en su Breviarium Vitae se recopilan algunas de esas heridas que no logran sanarse jamás. Sin embargo, no he conocido un réprobo más grato. Saluda como un fanático aficionado, con los brazos bien arriba; abraza sin distinción alguna; se ríe de sí mismo, con una risa de pecho que le sacude los hombros; cobra cinco mil pesos con la dignidad de los notarios, lustrabotas o peluqueros y les agradece a los clientes como si acabara de recibir una fortuna. Lo suyo no es negar el dolor, sino disfrutar de una vida libre donde no se priva de sentirlo todo. Porque a diferencia de todos desafortunados que degustan una fama póstuma, Félix vive sin represiones sentimentales de ningún tipo. Para esto no son necesarias las coronas de laurel. Mucho menos esperar a estar metido dentro de una caja de madera para sentirse rodeado de amigos.
Tuve que pedir dinero prestado para poder regresar a la pensión. Escribo esto desde allí. Me faltan esos cuatro mil pesos y, con total seguridad, afirmo que no pienso cobrarlos. De todas las preguntas del poema, la que se me quedó grabada fue la menos retórica: ¿seguiré siendo un pobre poeta?
Por ahora, considérenme un pobre cronista, que es una categoría más honesta, y desde allí me gustaría sincerarme con este oficio, que a veces consiste en descubrir, al final, el descalabro insignificante que uno se pega ante lo ordinario, pero no menos complejo, de cualquier manifestación cotidiana. Mientras escribo, levanto la vista hacia la pared. El poema, ya enmarcado, me devuelve la mirada. Me vencen las lágrimas. No encuentro una explicación digna para ellas, ni una frase que las vuelva útiles. Caen sobre el cuaderno en mi intento por llegar al último punto, y por un instante, todo cuanto he escrito hasta ahora, me parece que no ha sido más que una manera torpe de rodear ese momento. Una manada de sentimientos burdos, invocada por los avatares de una risa repentina que me interrumpe el llanto, culmina en esto:
Heme aquí.
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