top of page

Colombia, el país que se odia a sí mismo

Samuel Sanabria.jpg

Selene Valencia

Universidad Autónoma de Bucaramanga

Tras el magnicidio de Miguel Uribe Turbay el pasado 11 de agosto de 2025 muchos de los colombianos han expresado en redes sociales, medios de comunicación y charlas cotidianas “que se siente como el regreso de los 80’s”. Sin embargo, resulta ingenuo no reconocer que este país vive en un bucle eterno de violencia; una violencia que nunca se detuvo, que siempre estuvo presente, pero que, al no tocar directamente nuestra puerta, quedó relegada a los márgenes de la vida de muchos que hoy solo saben demostrar su indiferencia.


Si contamos desde la independencia de Colombia hasta la actualidad hablamos de 206 años marcados por agresiones constantes: guerras bipartidistas y civiles que llegaron a prolongarse por mil días. Posteriormente llegó la violencia derivada del narcotráfico y la acción de grupos armados. En este periodo, se han registrado al menos ocho magnicidios: tres líderes liberales (Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán), un dirigente conservador (Álvaro Gómez Hurtado), uno de derecha (Miguel Uribe Turbay) y tres representantes de la Unión Patriótica (Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez).


Esta misma dinámica de hostilidad no solo arrebató a figuras políticas, sino que también dejó una herida aún más profunda en la población. Según cifras de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, hay más de 100.000 personas cuyo paradero sigue siendo incierto y por quienes sus familias continúan preguntando. Se estima que entre ellas se encuentran alrededor de 1.300 niños que fueron víctimas en medio del conflicto. No hay certeza de si están con vida, reposando en el osario de algún cementerio, vagando en las aguas de los extensos ríos o sepultados en las tierras frías y profundas de cualquier rincón del país.


Hay muchos colombianos que sienten alegría por la muerte de otro sin haber conocido su historia. Solo hay una satisfacción tenue de soberbia que por lo general complace su ideología: “Tocaba darles balas porque eran guerrilleros”, “A esos hptas de la derecha hay es que acabarlos”. Por eso, este país se odia a sí mismo, ni siquiera respeta o se preocupa por el otro, solo se quiere resolver a golpes, a cuchillo o con un arma de fuego la discusión con el vecino, el tendero o el taxista.


“El porte de armas tiene que volver” (Miguel Uribe Turbay, 2025).


En Colombia, la paz se pretende alcanzar con violencia, como si nada se hubiera aprendido de tanto dolor. Y ese es justamente el dilema: mientras como colombianos no nos apropiemos del sufrimiento de las familias de los asesinados, de los secuestrados, de los falsos positivos, de los desaparecidos o de los reclutados, sin importar su condición social o su visibilidad pública, seguiremos creyendo que la solución está en exterminarnos. El cambio debe ser ciudadano, pues este territorio parece una metáfora en la que ni un gobierno del cambio, ni otro que disfraza el orden con masacres, puede contener la rabia acumulada ​​de un pueblo víctima de discursos de poder de aquellos líderes que solo generan violencia y se abanderan de problemas que no pueden ni quieren afrontar.


No se puede seguir por el mismo camino; no pueden ser más familias, como los Uribe Turbay o las de miles de campesinos, las que pierden una vez más a un ser querido.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2025 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page