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El mote de mamá

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Danna Sofía Argote

Universidad del Cauca

El aroma a mantequilla que emanaba del mote de plátano esa tarde era exquisito. Mamá siempre ha sido la mejor chef, a pesar de tener mil cosas por hacer. Siempre ha estado dispuesta a consentirnos con sus deleitantes platos, no importaba cuán exhausta llegará de su agobiante trabajo. Continuamente ha estado para nosotros, pero ¿quién ha estado para ella?


Sus manos ya ni sienten el calor del fuego de tantas veces que se ha quemado. Tiene los dedos con algunos callos de tanto pelar, picar y lavar. Cada revuelto en la olla, cada pizca de sal; eran actos de amor en silencio. Palabras no pronunciadas verbalmente, pero servidas en platos humeantes.


Como si su existencia dependiera de nuestro contento, ella iba y venía de la cocina a la mesa, mientras nosotros reíamos y hablábamos de cualquier cosa. Su risa era un lejano eco, ahogado entre el ruido de los cubiertos. ¿Cuántas veces habrá escondido su dolor de piernas después de horas en la cocina?


El mote aún seguía tibio en nuestros platos, pero su porción siempre era la última en servirse. Al tiempo que comíamos ansiosos, ella alimentaba un vacío que nadie más veía.


De este modo, entre risas su sacrificio se volvía invisible, como el vapor efluvioso que se esfuma de la olla.


Pero esa tarde, alguien notó algo, justamente en sus hombros. Aquellos que solían verse firmes como montañas de repente se vislumbraban como olmos cansados, describiendo un peso sin nombre.


Entonces quizás, solo quizás, ese mote con mantequilla supo diferente esa tarde: no a gloria, sino a deuda.



Por ti, mamá, Elvia María Castañeda Sierra, que convertiste el humo de la olla en el perfume del amor.

ISSN: 3028-385X

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