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El odio que nos habita

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Jesús Luna Núñez

Universidad del Magdalena

Puede ser el odio la invención humana más peligrosa jamás creada. Se sujeta en la mano y no se le reconoce. Se apropia de los sentimientos y no se distingue. Consume el alma, las ideas y aun la memoria, porque las arrebata e, irónicamente, parece deshumanizarlas. Tiene la capacidad para transformarse en una de las alas del mismo pájaro, la perilla opuesta de la misma puerta y uno de los dos pies del mismo colombiano.


Las heridas en Colombia no tienen un punto de partida exacto, y mucho menos uno de reparación, al contrario, los agresores han insistido contra sus heridas. De ese modo, el odio parece justificado, especialmente desde la posición experiencial del agente activo. Es el odio, entonces, en su orden primigenio, una respuesta de lucha. Pero también puede concebirse como un discurso de aversión que no precisa una motivación objetiva, porque el odio también es adquirido y gestado en medio de la ignorancia. Dilata la virtud de la libertad y desestabiliza la estructura de la identidad ajena, rehaciéndola como un símbolo de rechazo colectivo.


A los medios sociales se les ha atribuido el rol de campo de guerra. Por medio de ellos se reproduce el discurso y se propicia la consagración de nuevos simpatizantes. Las plataformas digitales, por su relevancia en la cotidianidad de las personas, son perfectas para la divulgación de esas ideas y sentimientos que consiguen cabida en la inconformidad, necesidades y heridas individuales de los usuarios, nublando, en efecto, su entendimiento lo suficientemente para transformarlos en emisores compulsivos e inconscientes de un mensaje que muchas veces carece de autenticidad, y que se resume en comportamientos basados en tendencias populares, pero que, lamentablemente, es destructivo.


Hoy en Colombia, el odio se ha convertido en una enfermedad que no se cura y, al parecer, tampoco decrece. Cuando se pretende combatirla es regenerada por el ego, por una respuesta casi primitiva que no se atreve a ceder cuando sus principios son expuestos al señalamiento. Se apropia, entonces, de todos los recursos disponibles para seducir al resto y convocar juicio contra los que terminan siendo posicionados como su polo opuesto. Por eso las gentes celebran el homicidio, entregan los derechos del resto, aun a costa de los suyos, elevan tiranos y ceden el poder al personaje que, aunque puede presentar todos los despropósitos posibles, predica, así sea por conveniencia, su discurso de odio. Esto no les cuesta porque les parece mayor el peso de la gratificación que se produce cuando perciben, aun de forma ilusoria, la derrota de aquel objeto de aversión.


El odio, como si de un ser orgánico se tratase, se adapta. Se transforma en todas las aberraciones que se necesitan para fulminar cualquier ápice de honestidad, cada postura moral y todo sentido racional. Frente al odio no se discute, se sobrevive. No se puede matar, se apropia de toda arma que, si bien en algún momento fue objeto de esperanza en su contra, es regenerada como un agente más de su arsenal. Colombia está profundamente sentida, y por eso su gente odia.

ISSN: 3028-385X

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