La costeñitud

Nicolás Antonio Camacho
Universidad Nacional
En un país donde todo tiende hacia al centro, cuestionarnos acerca de la identidad o la pertenencia que podemos tener aquellos que no pertenecemos al selecto grupo de colombianos nacidos o criados en la capital, casi que se vuelve una duda razonable y cotidiana. Pero, ¿y si pensamos más aún en cómo aquellos que distan de las realidades de nuestras regiones tienen la capacidad de valorar o calificar nuestro arraigo, como si de un examen de regionalidad se tratara?
Por esto hoy quiero introducir al diccionario coloquial la cuestión de “la costeñitud”; pensar en que alguien ajeno a nuestras raíces puede catalogar, de manera natural y despiadada, nuestra relación con nuestros orígenes sin conocer sus particularidades, suena aterrador para aquellos que aún creemos que nuestros lugares de origen no son simplemente el origen de una historia que tiene que terminar a kilómetros de distancia, sino como el lugar al que le debemos costumbres, motivaciones, pasiones, anécdotas y, sobre todas las cosas, identidad.
La identidad propia de alguien de provincia no debería estar en tela de juicio por su lugar específico de procedencia. Por el contrario, la particularidad de las distinciones de un provinciano u otro son el punto en el que podrían converger las multiplicidades de realidades tan símiles como distantes entre sí, lo que me invita a reflexionar si el simple hecho de la unión de la diversidad a través de rasgos tan puros como diversos y de campos tan amplios como específicos podrían convertir nuestra linda Colombia en un campo lleno de naciones que hacen parte de un sentir más grande, ya que donde puede existir una distinción común podemos observar la unión de un sentimiento mayor desinteresado.
Partamos de que el arraigo y el amor no son medibles, mucho menos el sentido de pertenencia. Es por esto que quizás la inmensidad del mar me hace soñar con que mi pequeña nación costeña es igual de importante para todos, tanto ajenos como cercanos, pero la realidad material es muy distante de esa utopía. Por el contrario, a veces parece que nuestro valor se resume al mero entretenimiento o jocosidad que podamos aportar tanto en nuestros territorios como en nuestras expresiones, y aunque si bien la costeñitud se puede reflejar en esa alegría, a veces parece que no somos más que los bufones del resto y que aquel que es un pensador compone una excepción en vez de una regla.
A un país tan fragmentado, y a la vez polarizado, le falta arraigo y reivindicación, pero yo no soy quién para hablar de aquellos lugares que aún no conozco, es más, de por sí esta crónica es una relación arbitraria con el sentir de una región que no conozco por completo, pero es parte del dolor de un costeño en Bogotá, por sentir que aquellos que no entienden nuestra realidad pueden tomar discursos capaces de hacernos dudar de quienes somos. Si es así con una de las regiones más grandes no quiero imaginar cómo será con aquellos que provienen de lugares con menos visibilidad y con menos personas que puedan expresar inconformidad a través de la cantidad. Quizás solo nos falta más costeñitud, y de alguna manera también nombrar cada lugar que compone Colombia.
Así que quizás la segregación interna que vivimos no es culpa de aquellos que no concentramos las instituciones, los medios de comunicación, los espacios del saber, sino de aquel que asume una normalidad impuesta por aquellas estructuras que nos dominan desde antes de ser un país libre. Tampoco la idea es culpar a todo aquel que sea del interior, pero sí que cada quién tenga el deber de reflexionar acerca del pensar colectivo sobre las regiones, y que los prejuicios no pueden ser una forma de imposición y segregación en un país donde el realismo se volvió mágico por costumbre. No es solo la política o las relaciones cotidianas, es la forma de moldear el pensamiento en un país que no reconocemos entre nosotros mismos.
La costeñitud debería responder por sí misma a la capacidad de espontaneidad, imaginación, creatividad y comunión, que existe entre todos aquellos que somos oriundos de dicha región de nuestro país, no a la banalidad de qué departamento tiene más playas, en cuales se componen más géneros musicales autóctonos o de donde se narran las mejores historias a través de la literatura, ya que la diversidad que poseemos entre nosotros, que somos pares, no debe ser sujeta a competencia y división por aquellos que no entienden lo emotivo de una voz profunda en un bullerengue, de las historias que nos cuenta el vallenato, el cortejo de un porro o los relatos que yacen en la salsa, y de cómo entre la multiplicidad de vertientes que nos identifican como parte de un todo, en vez de partes de la fragmentación producto del no entendimiento de lo que para nosotros es normal. Es por esto que invito a los que son costeños a que descubran qué les refuerza su costeñitud, y a los que no encarnan este sentimiento, a pensar en cómo entendemos al distinto.



