Neurosis y ensoñaciones

Felipe Martínez
Universidad Surcolombiana
Corazón Depredador
Arrastrando sobre sus hombros la pesada cruz en la que será crucificado, el poeta resiste ante el fulguroso viento y las profundas horas desoladas en el desierto que es su corazón.
Él habita otra existencia,
de soslayo, sospecha de los más grandes misterios de la experiencia.
Unas veces
el soñador que como el sol provee de colores la oscura masa; otras, como el presagio que eclipsó el tiempo, es el puñal que atraviesa su propio vientre.
Paseándose por los jardines metafísicos del oráculo, el poeta premedita su muerte. Las formas y los colores que advierte son solo espejismos. Sólo existe cuando siente.
Retraído en la ebriedad de la noche, se regocija en él una tristeza letárgica. La adusta presencia celestial de la luna crea llagas en su alma; y se desangra en silencio, con audaz ternura.
No hay corazón más que el suyo dentro del pecho que quisiera desgarrar. Cada latido es una amenaza de muerte.
¡Que locura! ¿Qué lo-cura?
Aquel espíritu libre se ha lanzado a la mar.
Yo, Animal Laborans
Ni nombre tengo.
El tiempo ha consumado en mi memoria mi propia identidad. Mi patrón me llama inservible, bruto, pobre diablo.
Me levanto a las tres de la madrugada a ordeñar, apartar el ganado y cercar donde haga falta, de domingo a domingo.
Para mí no hay día santo, no hay credo que pueda desplegar sobre mí su salvación.
Mi alma está tan marchita como mi cuerpo, deteriorado a capricho de quien me salva del hambre pero me condena al destierro del espíritu y los sueños.
Enajenado, cada ciertas noches el patrón suelta mis cadenas como un lobo-hombre vengo del monte a embriagar mis penas... Como el conjuro de un hechizo, existo cada luna llena.
Ni siquiera estoy seguro de que exista
¿seré solo duda y desosiego?
En eterna soledad yo me atormento:
¿llorará alguien mi deceso?
¿Quién retratará mi rostro, mis lamentos?
En la calle soy el borracho con quien nadie quiere hablar y aunque conozco todos los caminos del pueblo, en él ninguno se detiene a saludar: nadie mi nombre quiere nombrar, ya lo he empezado a olvidar.
Ocurren simbiosis efímeras;
hablo con mujeres mientras dure el chorizo, la papa o el pastel que les compre para comer; a su vez, ellas hablan conmigo mientras les sirvo de comprador.
Mi cuerpo está viejo, degradado más que por el tiempo, por el silencio. Mis dientes rotos y mis ojos sanguinolentos reflejan anacronismos: Donde muchos encuentran repudio y miedo se alberga en mí un niño que se queja, buscando consuelo:
A mí todo el mundo me regaña, el patrón me regaña... todo el mundo me regaña.



