Violencia, muerte y marketing

Jesús Ortega Mogollón
Universidad De Sucre
7 de junio de 2025, a un joven de 15 años solo le bastaron 2 disparos para reabrir una herida que le costó décadas al país cicatrizar.
11 de agosto de 2025, no solo murió Miguel Uribe Turbay. Ese mismo día renació un debate podrido:“Ahora harán campaña con su muerte”, gritaron como siempre. Pero aprovechemos que el país se desangra para hurgar en las entrañas de Colombia.
Alvaro Gómez Hurtado, 1995.
Carlos Pizarro, 1990.
Bernardo Jaramillo, 1990.
Luis Carlos Galán, 1989.
Jaime Pardo, 1987.
Rodrigo Lara, 1984.
Jorge E. Gaitán, 1948.
Rafael Uribe, 1914.
Y paramos de contar, porque la lista de túmulos se haría algo extensa. La muerte de Miguel Uribe paradójicamente dio un soplo de vida a este debate, porque durante décadas, los hijos de las víctimas, esos mismos que hoy con las venas de la garganta a reventar reclaman que se esté haciendo política con la muerte del ex senador, se han lucrado políticamente con el cadáver de sus padres, han convertido de su luto en billete y poder, y sí, me refiero a la denominada izquierda, que por años ha hecho de la muerte de sus grandes simpatizantes, un arma electoral perpetua.
¿La muerte puede ser usada como herramienta política sólo cuando la empuñan ellos?
Debate que ni siquiera debería existir, ya que no se trata de quién tiene el derecho exclusivo o el monopolio de mercadear con la violencia y los mártires políticos. Se trata de que nadie, ni un solo partido, ni una corriente política debería ser tan rastrero para llegar a eso, pero a veces ser del país del realismo mágico significa que te asesinen por ondear una bandera distinta, que te acribillen solo por pensar diferente, significa que un niño de 15 años te quite la vida solo porque perteneces al bando contrario del que le dio la orden de disparar, significa que así como en los 90´s sigan habiendo muertos politicos, politicos muertos y muertes por política; Aquel noble concepto de la política “de la polis y la ciudad estado”, Colombia se encargó de reducirlo a “destripar políticamente a mis contendores”, se convirtió en la celebración de una democracia rota, hecha trizas, se convirtió en un concurso en el que se miden fuerzas para ver que político tiene mejor equipo de marketing para vendernos seguridad en medio de una crisis de orden público. Quién vende primero a nuestro salvador mesianico dispuesto a aniquilar el pensar diferente solo por serlo, significa hacer política en un país ahogado en extremismo, polarización y fanatismo, que no es más que un circo medieval disfrazado de democracia donde los políticos hacen el papel del excéntrico jugador de fútbol, y el pueblo se reduce a las barras bravas que se matan en las gradas.
Los gaiteros de pueblo santo, en su canción “Pueblo Santo” dicen que “Los muertos tienen permiso para salir a bailar” pues en Colombia, los muertos tienen permiso para hacer política, en cuanto a los que quedamos vivos, solo queda alzar la voz por los silenciados, no desde la política, sino desde la lógica y la conciencia para que no se repitan estos episodios, y así hasta que nos silencien por pensar que debemos dejar de pensar en matarnos por pensar.
