Volvieron los hijueputazos

David Novoa Orjuela
Universidad Nacional
Hace rato que la política colombiana dejó de ser un espacio de ideas y pasó a ser una competencia de gritos. Vicky con su tono inquisidor, Botero con su populismo recalentado y De la Espriella con su agresividad de noticiero de medianoche son la muestra perfecta de cómo el insulto se volvió estrategia. Ya no se trata de convencer, sino de viralizar. Y mientras los candidatos se agarran a punta de hijueputazos —en redes, en entrevistas y hasta en debates— el país sigue buscando quién hable sin escupir.
La escena no es nueva. En 2022 ya tuvimos al “ingeniero” Rodolfo Hernández, que convirtió la grosería en herramienta política y el berrinche en discurso. En su momento, algunos lo justificaban diciendo que “hablaba como el pueblo”. Yo lo veía distinto: hablaba como quien no tiene nada que decir y, por eso, necesitaba gritar. Su crecimiento fue producto de dos cosas muy concretas: el apoyo de las maquinarias de derecha y la ilusión de que ser grosero es ser sincero. El resultado fue una campaña que confundió vulgaridad con autenticidad y terminó por legitimar la agresión como lenguaje político.
Ahora la historia se repite, pero con más cámaras, más redes y menos vergüenza. Lo de Vicky, Botero y De la Espriella no es una casualidad, es la continuidad del show. Vicky encontró en el escándalo su propio escenario: no entrevista, pelea. No pregunta, interroga. Su estilo ya no busca informar sino provocar, y en esa lógica de titulares fáciles, cualquier discusión termina convertida en una guerra personal. De la Espriella, por su parte, decidió lanzarse al ruedo político usando el mismo libreto de siempre: la justicia de redes, la arrogancia del “yo tengo la razón” y la idea delirante de que gobernar es “poner orden a las patadas”.
Y ahí aparece Santiago Botero, el autoproclamado “Bukele colombiano”, que cree que la democracia se defiende con plomo, que la educación pública produce vándalos y que el Estado se maneja como una empresa. Su discurso, además de peligroso, es la demostración más clara de cómo el populismo autoritario se disfraza de eficiencia. Propone “templarios” armados, pena de muerte y chequecitos milagrosos para los jóvenes, como si un país se arreglara a punta de consignas. Lo preocupante no es que lo diga: es que haya miles de personas que lo aplauden.
La grosería política se ha convertido en el nuevo populismo. Ya no se promete el cielo ni se invoca la patria: se ofrece indignación. Cada insulto genera clics, cada ataque se convierte en tendencia. En lugar de ideas, hay frases hechas; en lugar de propuestas, hay enemigos. Es una política que no busca gobernar, sino dominar la conversación digital. Y lo peor es que funciona, porque vivimos en una época donde el algoritmo premia el ruido y castiga la reflexión.
Colombia, que ha sobrevivido a décadas de violencia, ahora sufre otra forma de agresión: la verbal. Los discursos que antes buscaban inspirar hoy solo buscan humillar. Los debates ya no se ganan con argumentos, sino con quién insulta más fuerte. Y eso tiene consecuencias reales: normaliza la intolerancia, deslegitima el diálogo y reduce la democracia a una pelea de egos.
Yo no creo que todos los políticos deban hablar como tecnócratas. Al contrario, la política necesita cercanía, emoción y lenguaje común. Pero hay una diferencia enorme entre hablar como el pueblo y hablarle al pueblo con respeto. El problema no es usar palabras sencillas; el problema es usar la grosería como arma, la rabia como identidad y el escándalo como plan de gobierno. Cuando un país llega a ese punto, no solo pierde el rumbo: pierde el pudor.
No me sorprende que quienes hoy encarnan este estilo sean justamente figuras mediáticas. Porque en un país donde la política se volvió espectáculo, los medios también compiten por el mismo rating. Si un político grita, una periodista responde gritando más fuerte, y así el círculo se alimenta. Todos ganan vistas, todos pierden credibilidad.
Ya lo vivimos con Rodolfo Hernández, y parece que no aprendimos nada. La grosería, el clasismo disfrazado de sinceridad y la violencia discursiva no construyen nación. Solo agrandan la brecha, alimentan la polarización y legitiman la agresión como forma de gobierno. Es el mismo populismo de siempre, pero esta vez maquillado con likes y algoritmos.
Por eso, cuando veo a los nuevos “outsiders” de la política colombiana insultar para ganar aplausos, no veo autenticidad, veo marketing. No veo rebeldía, veo cálculo. No veo política, veo reality. La política se nos volvió eso: un concurso de quién insulta mejor.
Y lo digo sin rodeos: el país no necesita más hijueputazos, necesita ideas. No necesitamos gritos, necesitamos acuerdos. No necesitamos influencers de la rabia, sino líderes con visión. Porque si seguimos aplaudiendo al más grosero, terminaremos gobernados por el más violento. Y ahí sí, no habrá hijueputazo que nos despierte del desastre.



