OPINIÓN
¿Y las niñas qué?

Natalia Vélez Merchán
Universidad del Valle
Las noticias relacionadas con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y las declaraciones de su directora, María Carolina Restrepo, fueron las que me llevaron a escribir esto. Lo digo desde el comienzo porque, aunque este texto pretende ser una nota de opinión, también es un poco catártico. Hay cosas que una lee, escucha y vuelve a leer, y que simplemente no puede dejar pasar. Quizás por eso este texto nace de una incomodidad que quiero convertir en una pregunta: ¿qué pasa cuando dejamos de nombrar a las niñas?
La discusión puede presentarse como una cuestión menor: dejar de utilizar la palabra “niñas” y optar por “niñez” como una categoría general. La justificación está en la economía y austeridad del lenguaje: si “niñez” incluye tanto a niños como a niñas, ¿para qué nombrarlas por separado? Pero entonces me pregunto: ¿y las niñas qué? No es una discusión sobre cuántas veces debe aparecer una palabra, sino sobre qué dejamos de ver cuando decidimos que una categoría general es suficiente.
Lo que no se dice, difícilmente se tiene en cuenta. Y esto importa especialmente cuando hablamos de una institución cuya tarea es proteger los derechos de la infancia. No todas las personas viven la infancia de la misma manera: nuestras experiencias están atravesadas por el género, la clase, la raza, el territorio y otras condiciones. Reconocer estas situaciones nos permite comprender que existen realidades particulares que necesitan ser vistas para poder responder a ellas.
Y esto no es solamente una discusión sobre palabras: tiene consecuencias sobre la manera en que entendemos y enfrentamos las violencias. Hace poco Colombia dio un paso importante al prohibir las uniones tempranas de personas menores de 18 años (Son Niñas, No Esposas). Este ejemplo muestra que no basta con hablar de la infancia como una categoría homogénea, porque existen prácticas y violencias que afectan de manera diferenciada a quienes hacen parte de ella. Las uniones tempranas, por ejemplo, han afectado de manera singular a niñas y adolescentes, comprometiendo sus proyectos de vida, su autonomía y el ejercicio de otros derechos.
Si consideramos estas diferencias cuando hablamos de garantizar derechos, ¿por qué habría de ser distinto cuando hablamos de nombrarlas? Si sabemos que las niñas enfrentan determinadas violencias y desigualdades por el hecho de ser niñas, necesitamos poder identificarlas, prevenirlas y construir respuestas que realmente atiendan estas circunstancias. El problema es qué dejamos de ver cuando dejamos de mencionar a quienes viven esas violencias.
Basta con mirar algunos de los casos que todavía recordamos para entender por qué esto no es un asunto menor. Seguimos pronunciando los nombres de Yuliana Samboní, Sofía Delgado, Maira Alejandra Orobio y de tantas otras niñas víctimas de feminicidio y violencia. Incluso están aquellas cuyos nombres no conocemos, cuyas historias no alcanzaron los titulares y que, sin embargo, fueron igualmente importantes. Podemos hablar de ellas como víctimas de violencia contra la infancia, pero fueron también niñas, y esa condición importa para comprender las violencias que atravesaron sus vidas.
Porque las niñas no son simplemente una versión femenina de los niños. Sobre sus cuerpos y sus vidas recaen expectativas, prohibiciones y violencias específicas. Desde muy temprano se les enseña cómo deben comportarse, cómo deben vestirse, cuánto espacio pueden ocupar y qué responsabilidades de cuidado deberían asumir. Si dejamos de reconocerlas como sujetas particulares, ¿cómo hacemos visibles estas violencias? ¿Cómo las identificamos, cómo las prevenimos y cómo construimos políticas que respondan realmente a ellas?
De igual forma, me llamó la atención escuchar a la directora del ICBF decir: “Me cansan las feministas de cartel”. Según sus declaraciones, el feminismo es mucho más que una pañoleta, un color o una consigna; es la historia de las mujeres que lucharon para que pudiéramos estudiar, votar, trabajar, decidir, dirigir y competir en igualdad de condiciones con los hombres. En esto estoy de acuerdo con ella: el feminismo no es una moda, una estética ni una utilería. Es una historia de luchas y una herramienta para cuestionar las desigualdades que durante mucho tiempo se presentaron como naturales.
Precisamente por eso me cuesta entender que el reconocimiento de las experiencias distintivas de las niñas pueda reducirse a una discusión sobre símbolos y consignas. Si algo nos ha enseñado el feminismo es a desconfiar de aquello que se presenta como neutral y universal sin preguntarnos a quién representa realmente. Nos enseñó a mirar aquello que durante mucho tiempo se consideró un asunto privado, menor o simplemente normal, y a preguntarnos qué desigualdades se esconden detrás de esas aparentes normalidades.
Entonces sí: las palabras importan. Las palabras construyen las formas en que miramos el mundo y las categorías desde las cuales intentamos comprenderlo. Lo que decimos puede ser reconocido, discutido y problematizado; cuando una experiencia deja de ser dicha, puede volverse más difícil de identificar. Por ello me preocupa que esta discusión se reduzca a si una palabra es más económica que otra, cuando detrás de esa palabra existen personas concretas y vivencias que necesitan ser escuchadas.
Porque, al final, la pregunta sigue siendo bastante sencilla: ¿y las niñas qué? Las niñas están ahí. Están en las escuelas, en las casas, en los territorios, en las estadísticas, en las noticias y en aquellas historias que todavía no hemos querido escuchar. Nombrarlas no resuelve por sí solo las violencias que enfrentan, pero sí nos recuerda que existen experiencias que necesitan ser vistas, escuchadas y atendidas.
Las niñas merecen ser tenidas en cuenta.
%209_07_00%E2%80%AFp_m_.png)