OPINIÓN
Amarnos más

Daniella Wehdeking Pérez
Universidad del Norte
Confieso que nunca sé cómo darles buen inicio a mis textos sin querer abrirme de par en par con el lector buscando que este me comprenda, así como en mi vida cotidiana intento emular los gestos y dichos más comunes para no quedar cual rareza digna de posar detrás de una vitrina de museo. Digo aquí y ahora que desbordo de emoción, y esa pequeñez en el mundo de hoy es lo que me llevará a la perdición.
Ya he contado el cuento de los tigres que rugen por fuera de su selva en un campo de flores con colores vivaces y ratones revolucionarios que lo intentan frenar aunque este los destripe con cobarde desdén. Ya relaté el miedo que mis poros óseos empiezan a silbar siempre que escribo de las injusticias presenciadas en este país cerrado en alma y mente. Entonces parece ya que lo he dicho todo, pero no, aún me queda un poco, esperen y verán.
Yo sí creo que me enamoré.
Yo sí creo que me enamoré de la revolución y el mar.
Pero yo no entiendo el amor, puesto que lo he idealizado tanto como a la lucha de quienes hoy por hoy están enterrados vivos con la foto de su esposa abrazada entre granito y cemento, de quienes ahora se atreven a hablar en contra de las tonalidades en beige del gobierno aún con el miedo que nos carcome en plena alza neoliberal. Lo he idealizado tanto como he puesto a mi propio pueblo en las nubes; comprendo ahora aquello que se asoma en lo imperfecto de amar, lo malvado o egoísta que representa mover el cielo entero con ternura en aras de liberar, aún si por dentro solo deseamos que aquel pájaro no emprenda el vuelo y solo se quede aquí.
Estoy cansada de amar, pero no paro porque ese es mi estado natural, y bajo el rugir de los tigres, menos dejaré que mi ternura subversiva, así como la teorizó Gramsci, se vea apagada como llama de vela en los inviernos eternos del norte.
En el mundo del líquido mi firmeza, al querer conservarme mucho, es mi revolución. En el mundo donde el rubor de las mejillas debe contrastar con un cutis limpio e intacto, decidí que todo lo mío fuese grande y silenciosamente bullicioso: mi amor por los llantos que me produce leer cartas antiguas de amantes fallecidos, el café bien oscuro y dulce, las uñas filosas, las tonadas melancólicas con sinfonías clásicas, la sangre que derramé desde las puntas del cuerpo al bailar ballet, la suavidad femenina de la piel, el viento… La risotada… Los senos de alguna amada.
Me rehúso a renunciar.
Me rehúso a dejar de insistir.
Me rehúso a dejar de amar,
En el mundo donde la superficialidad,
Quiere desplazar cínicamente la vulnerabilidad.
Hay que instruirse más, bailar más, cantar, gritar y ensordecer al fantasma del dogma con la organización colectiva sin perder la esencia de lo individual. Entre más intenten silenciar la razón desde lo humano y lo carnal, más debemos colgarnos del brazo del otro y abrazarlo en toda su imperfección, porque justamente aquello es lo que más les molesta a estos gobiernos. La ternura detrás del trenzado, la inocencia de un beso, lo incandescente detrás de una carta que vuela en mariposas poetas, la rabia del saber y, sobre todo, lo poderoso del pueblo conocedor del amor revolucionario.
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