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OPINIÓN

Toca reconstruir la izquierda

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David Novoa Orjuela

Universidad Nacional

Iván Cepeda perdió la segunda vuelta presidencial por menos de 250 mil votos, una  diferencia de menos de un punto. Hoy ocupa la curul de oposición en el Senado que la ley  le da al candidato presidencial que queda de segundo, y el Pacto Histórico ha dicho que va  a hacer una oposición "democrática, firme y responsable".


Pero detrás de ese discurso de unidad, ya se filtraron las peleas internas. Varios sectores del  propio movimiento han cuestionado abiertamente el liderazgo de Cepeda en la campaña, y  la coalición terminó sacando solo dos de los tres magistrados que quería en el nuevo CNE.


En mi opinión, reducir esta derrota a un problema de 250 mil votos es no entender lo que de  verdad está en juego. El Pacto Histórico no perdió las elecciones por un margen pequeño  que se arregla con mejor pauta o mejores redes. Perdió porque no resolvió, en cuatro años  de gobierno, un problema que venía cargando desde el principio. Es un movimiento cuya  base más real es la juventud, pero terminó gobernado y representado por las mismas caras  de siempre.


Vale la pena recordar de dónde salió realmente la fuerza que llevó a Gustavo Petro a la  Presidencia en 2022. No nació solo de una buena campaña electoral. Nació, en buena parte,  del Paro Nacional de 2019 y, sobre todo, del estallido social de 2021, de una generación de  jóvenes que salió a las calles con rabia genuina contra la desigualdad, contra la violencia  policial y contra un sistema político que sentían que no los representaba. Petro capitalizó  políticamente esa energía. Pero aprovecharla no es lo mismo que sostenerla en el tiempo, y  ahí es donde creo que el proyecto se quedó corto.


Cuatro años después, la conversación pública del Pacto Histórico sigue girando, en gran  parte, alrededor de las mismas figuras que fundaron la coalición en 2021: Petro, Roy  Barreras, Gustavo Bolívar, Alexander López. Son nombres con peso político, sí, pero  claramente no son la generación que protestó en 2021. El movimiento se fue cerrando sobre  sí mismo, en vez de darles espacio real de decisión a los líderes jóvenes que salieron de esa  misma movilización que le dio origen. El resultado es una contradicción incómoda: un  proyecto que dice ser la voz de la juventud colombiana, pero gobernado desde una cúpula  cada vez más parecida, en edad y en forma de funcionar, a la vieja política que decía  combatir.


Esa desconexión tiene un costo político, y creo que ya se empezó a pagar en esta última  elección. Buena parte de los jóvenes que en 2022 vieron en Petro una alternativa real, en  2026 no sintieron el mismo entusiasmo por Cepeda. No porque Cepeda no tenga méritos — su carrera como senador y defensor de derechos humanos es sólida—, sino porque una  campaña no logra repetir el vínculo emocional de un movimiento social solo heredando su  electorado. Ese vínculo hay que reconstruirlo de verdad, y no basta con invitar a los jóvenes  a votar. Hay que darles espacios reales de poder dentro de la organización.


Por eso creo que una de las tareas más urgentes para reconstruir la izquierda colombiana es  exactamente esa: dejar de tratar a la juventud como una base de votos que se moviliza cada  cuatro años y empezar a tratarla como un actor con capacidad real de liderazgo dentro del  proyecto. Eso implica ceder espacio, no solo hablar bonito. Implica retomar el espíritu del  Paro Nacional no como un recuerdo que se menciona en los discursos, sino como una  práctica diaria. Estar conectados con las calles, con las universidades, con los barrios, y no  solo con la negociación en el Congreso en Bogotá.


El Pacto Histórico tiene una bancada importante y un electorado que, pese a la derrota,  sigue siendo uno de los más grandes del país. Pero una bancada sola no reconstruye un  proyecto político. Si la izquierda colombiana quiere volver a ser la fuerza que canalizó la  rabia de toda una generación, tiene que empezar por hacerle un lugar real a esa generación,  en vez de pedirle, otra vez, que confíe en los mismos de siempre.

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