OPINIÓN
Eres un idioma

David Santiago Ortiz
Universidad Pedagógica Nacional
Eres un idioma que ya no hablo con fluidez, pero que todavía recuerdo cómo leer.
Hubo un tiempo en que conocía cada una de tus reglas, cada excepción y cada silencio. Compartíamos una gramática propia con la que nombrábamos nuestros más grandes sueños, nuestros miedos más profundos y nuestros sentimientos más sinceros. Éramos sujeto, verbo y predicado; una estructura sencilla, pero suficiente para construir un mundo.
Recuerdo los adverbios con los que situábamos nuestras vidas: dónde estábamos, cuándo volveríamos a encontrarnos, cómo imaginábamos el mañana. Recuerdo también los sinónimos que nos acercaban cuando pensábamos parecido y los antónimos que nos obligaban a discutir hasta encontrar un punto medio desde el cual seguir escribiéndonos.
Y, sobre todo, recuerdo los infinitivos. Aquellos verbos que habitaban nuestras conversaciones y que nunca parecían agotarse. Soñar, viajar, construir, permanecer. Palabras que vivían fuera del tiempo y que pronunciábamos con la ingenuidad de quien cree que el futuro siempre estará disponible para ser conjugado.
También estaban nuestros signos de puntuación. Las comas nos concedían el aliento necesario para continuar, y cada punto seguido era la promesa de que la conversación aún tenía camino por delante. Hubo puntos suspensivos, pausas cargadas de esperanza, porque creíamos que el silencio era apenas un intervalo y no una despedida. Solo mucho después comprendí que, sin saberlo, ya habíamos escrito nuestro punto final. Desde entonces, de aquella historia no quedan más que recuerdos.
No sé en qué momento comenzamos a olvidar nuestras palabras. Tal vez fue una pausa demasiado larga. Tal vez una distancia mal traducida. Quizá fueron las frases que dejamos a medias o las preguntas que nunca respondimos. Lo cierto es que, poco a poco, nuestra lengua se fue llenando de espacios en blanco.
Ahora solo quedan vestigios. Fragmentos dispersos de conversaciones que aún resuenan en la memoria como ecos lejanos. Ya no puedo hablar tu idioma con la naturalidad de antes, ni construir en él nuevos significados. Sin embargo, cuando regreso a ciertos recuerdos, todavía soy capaz de leerlo. Reconozco sus símbolos, entiendo sus silencios y comprendo aquello que alguna vez quiso decirme.
Quizá eso sea lo más extraño de perder una lengua: descubrir que deja de pertenecer al presente, pero nunca abandona por completo la memoria de quien la habló con amor.
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