OPINIÓN
¿Y si no hay mañana?

Melany Sophia Ochoa
Universidad de la Sabana
El 10 de agosto no fue un día cualquiera. En cuestión de segundos, la tierra nos recordó algo que solemos olvidar entre la rutina, las responsabilidades y los planes: la vida puede cambiar sin avisar. Un terremoto no pregunta si estamos preparados, no espera a que terminemos lo que estamos haciendo y mucho menos nos garantiza que tendremos un mañana para hacer todo aquello que hoy dejamos pendiente.
Quizás por eso, cuando la tierra tiembla, nuestras prioridades también cambian. Durante esos segundos dejamos de pensar en las preocupaciones cotidianas y lo único que queremos saber es si las personas que amamos están bien. Es ahí cuando entendemos que muchas de las cosas que creemos urgentes pueden esperar, pero un abrazo, una llamada, una conversación o un “te quiero” no deberían aplazarse indefinidamente.
Vivimos diciendo “mañana”. Mañana voy a visitar a mi familia, mañana le escribo, mañana comienzo ese sueño, mañana digo lo que siento. Hemos convertido el mañana en una certeza, cuando en realidad es una posibilidad. Y no se trata de vivir con miedo, sino de aprender a vivir con más conciencia, entendiendo que no necesitamos esperar una tragedia para valorar lo que tenemos.
Por eso, quizás el mensaje que nos deja el 10 de agosto es sencillo, pero profundo: hazlo. Haz esa llamada, abraza a quienes quieres, perdona cuando sea posible, atrévete a empezar, persigue ese sueño y dile a las personas importantes lo que significan para ti. No porque sepamos cuándo se acabará nuestro tiempo, sino precisamente porque no lo sabemos.
Y mientras algunos podemos volver poco a poco a nuestra rutina, hay familias para las que ese día dejó una realidad completamente diferente. A ellas debemos recordarles que no están solas y que detrás de cada noticia hay personas, familias y vidas que merecen solidaridad y acompañamiento. Reconstruir no significa únicamente levantar aquello que se cayó, sino también recuperar la tranquilidad y encontrar fuerzas para continuar.
Tristemente, la vida sigue, pero nosotros no deberíamos volver a vivir exactamente igual. Si el 10 de agosto nos enseñó algo, es que el mañana no está asegurado y la vida no debería seguir esperando. Así que, mientras podamos hacerlo, vivamos, queramos, abracemos y cumplamos aquello que llevamos tanto tiempo diciendo que haremos algún día.
Porque ese “algún día” podría ser hoy.
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