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OPINIÓN

Si eres pobre, es culpa tuya

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Tatiana Vega

Fundación U. Iberoamericana

Tal vez no nos molesta la pobreza, tal vez nos molesta que alguien pobre empiece a exigir las mismas oportunidades que nosotros damos por sentadas.


Porque mientras el pobre tenga hambre, nos parece una tragedia. Cuando pide ayuda, decimos que el Estado debería hacer algo. Cuando trabaja por un salario miserable, decimos que, por algo, no estudió. Cuando no consigue empleo, le recomendamos que emprenda. Cuando protesta, preguntamos por qué no trabaja. Pero cuando tiene voz, cuando cuestiona, cuando exige, cuando deja de agradecer las migajas y empieza a preguntar por qué las migajas son todo lo que recibe, entonces deja de ser el pobre que necesita ayuda y se convierte en una amenaza.


Qué curioso. Nos conmueve la pobreza siempre y cuando permanezca en silencio.


Tal vez no nos molesta tanto que haya pobres. Tal vez nos molesta cuando los pobres empiezan a preguntar por qué lo son. Sé que suena fuerte. Incluso puede sonar injusto. Pero llevamos tanto tiempo repitiendo que quien quiere puede, que a veces se nos olvida preguntarnos qué tan fácil es querer cuando nunca se ha tenido la oportunidad de elegir.


En Colombia nos encanta hablar de esfuerzo.


Que hay que madrugar, que hay que estudiar, que hay que trabajar duro, que el que quiere salir adelante lo consigue. Y sí, el esfuerzo importa, claro que importa. Lo que no entiendo es por qué hemos convertido el esfuerzo en una explicación para absolutamente todo.


Porque no es lo mismo estudiar cuando tienes comida en la mesa, internet, un computador y una familia que puede ayudarte, que estudiar después de trabajar todo el día porque necesitas llevar dinero a tu casa. No es lo mismo perder un trabajo cuando tienes ahorros, que perderlo cuando ese sueldo era lo único que había para pagar el arriendo.


No es lo mismo equivocarse cuando sabes que alguien puede ayudarte a levantar. Y aun así miramos a todos desde la misma línea de llegada y decimos: el que llegó fue porque se esforzó más.


¿De verdad?


Tal vez el problema está en que nos gusta mucho la palabra meritocracia porque nos hace sentir que todo lo que tenemos es exclusivamente nuestro. Nos permite pensar que si alguien tiene menos es porque hizo menos. Que, si alguien no estudió, fue porque no quiso. Que, si alguien sigue siendo pobre después de trabajar durante años, probablemente no trabajó lo suficiente.


Es una idea cómoda. Porque si la pobreza es culpa del pobre, entonces nosotros no tenemos que preguntarnos nada. No tenemos que mirar las diferencias con las que nacemos. No tenemos que hablar de educación, de oportunidades, de contactos, de desigualdad, de salarios que no alcanzan, de barrios donde crecer significa aprender a sobrevivir antes que aprender a soñar.


Y tampoco tenemos que aceptar algo que puede resultar incómodo: quizás no todo lo que tenemos es únicamente mérito.


Quizás también hubo suerte.


Una familia que pudo ayudarnos. Una oportunidad que apareció en el momento correcto. Una persona que nos recomendó. Una escuela a la que pudimos asistir. Un lugar seguro donde crecer.


Eso no significa que no nos hayamos esforzado. Significa reconocer que no todos empezamos desde el mismo lugar.


Y esto también debería hacernos pensar en la política. Porque últimamente parece que Colombia necesita escoger un bando para absolutamente todo.


Si criticas a Petro, eres de derecha. Si criticas a la derecha, eres petrista. Si hablas de desigualdad, eres comunista. Si hablas de responsabilidad individual, entonces seguramente no entiendes la realidad.


Nos hemos acostumbrado a discutir sobre políticos como si fueran equipos de fútbol. Y mientras nosotros peleamos en redes, hay personas que siguen tratando de conseguir trabajo, pagar una deuda, terminar sus estudios o simplemente llegar a fin de mes.


Yo soy de izquierda y precisamente por eso creo que también puedo decir que la izquierda se equivoca. Defender la igualdad no significa defender a un político haga lo que haga. Creer en la justicia social no significa pensar que un presidente, sea de izquierda o de derecha, puede solucionar por decreto problemas que Colombia lleva construyendo durante generaciones.


Petro ya no es presidente, pero su gobierno sigue siendo parte de la discusión política del país, y ahora hay un nuevo gobierno. Y eso también debería hacernos pensar en algo: cambiar de presidente no significa cambiar automáticamente las condiciones de quienes llevan décadas viviendo con pobreza.


Porque el problema es mucho más grande que una persona.


Es una forma de pensar.


Es esa idea de que quien está arriba necesariamente se lo ganó todo y quien está abajo necesariamente no hizo suficiente.


Y quizá por eso nos cuesta tanto hablar de desigualdad sin convertir la conversación en una pelea. Porque hablar de desigualdad también significa reconocer nuestros propios privilegios y eso es incómodo.


Es mucho más fácil mirar al que tiene menos y decirle que trabaje. Mucho más fácil decirle que estudie, que emprenda, que madrugue, que deje de quejarse.


Lo difícil es preguntarnos si nosotros aceptaríamos vivir su vida durante un año.


Sin nuestros contactos, sin nuestra familia, sin nuestros ahorros, sin esa segunda oportunidad que quizás nunca pensamos que era un privilegio.


Ahí es cuando la conversación cambia.


Porque una cosa es decir que todos tenemos responsabilidad sobre nuestra vida. Y otra muy distinta es fingir que todos tenemos las mismas posibilidades de cambiarla.


Porque hay personas que trabajan muchísimo y siguen siendo pobres. Hay personas que estudian y no encuentran oportunidades. Hay personas que hacen todo lo que les dijeron que tenían que hacer y aún así no consiguen llegar al lugar que les prometieron.


Y quizá deberíamos dejar de preguntarles únicamente por qué no lo lograron. Tal vez deberíamos empezar a preguntarnos qué había en su camino.


Porque mientras el pobre tenga hambre, nos parece una tragedia, pero cuando tiene voz, nos parece una amenaza.


Y tal vez esa sea una de las cosas que más deberíamos cuestionarnos como sociedad.


¿Por qué nos conmueve tanto la pobreza cuando es silenciosa y nos incomoda tanto cuando empieza a reclamar?


Porque quizá no nos molesta que alguien tenga menos.

Quizá nos molesta que algún día ese alguien pregunte por qué.

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