OPINIÓN
Teodicea del desastre

Julián García Fino
Universidad Nacional
Nada revela de mejor manera la ficción del Estado laico que una situación anómica. No es de extrañar que, tras la tragedia del terremoto, el presidente Abelardo de la Espriella salga a dotar de sentido esta catástrofe como un designio divino. Aun así, tachar esta declaración como un simple delirio místico sería un error analítico. Lo que la derecha entiende perfectamente —y el progresismo ha olvidado— es que en momentos de desolación la sociedad debe buscar maneras de sobrellevar el dolor. Es justo en ese momento cuando la ficción del Estado laico se revela, y el gobierno de Espriella se empieza a mostrar como lo que prometió ser: una modernización conservadora.
Esta seducción reaccionaria que cautivó a millones de colombianos opera sobre un terreno fértil: la renuncia a la radicalidad de la izquierda contemporánea. Si damos un breve repaso a la historia reciente, vemos que el escenario político se ha inclinado a la derecha desde la caída de la Unión Soviética en 1991, mismo año en que se promulgó la Constitución colombiana y, con ella, nuestra entrada a la socialdemocracia. Gustavo Petro, quien hoy representa el límite de lo "radical" en el debate público, es en esencia un político progresista dedicado a desarrollar el capitalismo; en otras palabras, un socialdemócrata. Pero hace casi un siglo, encontrábamos visiones incluso más radicales con Jorge Eliécer Gaitán por ejemplo, quien vociferaba por una reforma constitucional profunda que alterara el principio mismo de la propiedad y reformar la tierra expropiando terrenos improductivos para dárselos a los campesinos y así evitar el ascenso de la violencia.
¿Cómo es posible que después de décadas no encontremos propuestas radicales ante un escenario mucho más angustiante? Hoy, esa pulsión transformadora parece clausurada. La izquierda ya no se atreve a transformar la estructura en la que vivimos, sino a administrar el capitalismo de forma más benevolente con los pobres, y ante ese vacío, la ultraderecha toma la ventaja y se muestra incluso más revolucionaria que la izquierda.
En este escenario, la afirmación de que Colombia es un Estado laico revela su verdadera naturaleza. La secularización de las instituciones es, dicho de otro modo, la reafirmación del cristianismo como religión oficial, pero respetando a quienes profesan otras manifestaciones religiosas. Es una contradicción esperar que el Gobierno opere desligado de los dogmas religiosos cuando quienes lo componen hacen parte de una población profundamente cristiana. Por eso, en tiempos trágicos, invocar a Dios nos resulta inevitable.
Mi interés aquí no es condenar esa invocación. Al contrario, creo en la urgencia de buscar a Dios en momentos donde el orden pierde su sentido. Sin embargo, hay que ir más allá, no basta con solo encomendarse ciegamente a Dios. Hay que emprender constantemente la acción en todos los ámbitos así como ha sucedido con las ayudas humanitarias. ¿Acaso no es esa la libertad que nos regala la muerte de Dios en la cruz?
Si vamos a usar la religión y a Dios como elemento unificador del país, también debemos reconocer la maldad inherente de su creación: la naturaleza.
Manifestemos entonces esa unión de forma contundente y no solo en medio de una tragedia. Reconozcamos lo que culturalmente somos como herencia del cristianismo, seres que se preocupan por el bienestar común y por dar —no solo donar— cada cual según sus capacidades y a cada quien según sus necesidades.
La lectura revolucionaria del cristianismo —aquella que alguna vez encarnó Camilo Torres buscando conciliar el catolicismo con el socialismo— es urgente hoy más que nunca. Hay que escuchar el silencio ensordecedor que viene después de invocar a Dios, y entender su respuesta como un llamado a la acción, pues de nada sirve invocar a seres superiores y quedarse con los brazos cruzados. Busquemos a Dios para sobrellevar la catástrofe, sí, pero hagámoslo asumiendo que ante el silencio después de las súplicas, la única respuesta posible debe ser la acción colectiva de preservar el bienestar común a modo de teodicea ante las tragedias de nuestros tiempos.
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