¿Podrías matar a un hombre?

Andrés Felipe Carmona
Universidad de Caldas
No me gustan las armas, en especial las armas de fuego. Caminando junto a un amigo, conversamos acerca de sus armas favoritas, pues el tema le gusta. Le ofrecí practicar la puntería con un rifle de aire. Este se negó, me miró con cierto recelo, como si le hubiera propinado un insulto difícil de identificar y me dijo: “De aire no. Esas no suenan, ni tienen estallidos, ni se siente el poder de verdad” Y no pude negar que, claramente, tiene razón.
Mi amigo claramente aprecia características que a mí me parecen insustanciales o desagradables. Para mí, la gracia de apuntar está en la elegancia y la destreza que lleva a buscar el disparo perfecto. A él le gusta la sensación de poder al llevar un artefacto de fuego y fuerza en las manos.
Tras haber pasado un tiempo desde la muerte de Miguel Uribe, y una vez acabado el morbo mediático de su caso, podemos comenzar a hablar abiertamente de una de las propuestas más polémicas del finado, el porte de armas de fuego para civiles. Mi opinión del tema es simple y concisa: no estoy de acuerdo. Pero si tan fácil fuera dejaría la columna hasta aquí. Escribo para pormenorizar las implicaciones de tener, portar, empuñar y utilizar un arma.
El argumento que más he escuchado a favor de esta propuesta es: “Es que los malos tienen armas. Al no aprobar el porte de armas le quitan las armas a los buenos”. Y no puedo evitar mostrar mi descontento frente a esta idea porque… ¿Existe un bueno armado? ¿Quién es el bueno? ¿Qué es un arma en primer lugar? La RAE lo define como “un instrumento, medio o máquina destinado a atacar o defenderse”. Y esto es importante de entender. Un arma te defiende, haciendo daño a otros. Este dato, evidente a simple vista, es uno que los partidarios de la propuesta parece que buscan evadir. Las armas son artefactos de sufrimiento. Están hechas para infligir dolor. Todas y cada una de ellas. Entonces, ¿cuál es el bueno armado? La lógica nos diría que aquellos que tienen el permiso para estar armados. Los policías, los soldados. Pero ellos ya tienen el permiso de llevar su arma. Cuando los civiles llevan armas, ¿realmente son conscientes de lo que significa matar? ¿Quizás estos civiles, buena gente preocupada por su seguridad en el fondo, no entienden que los policías y los soldados son sometidos a un entrenamiento deshumanizante para reducir la empatía contra aquellos que tienen que matar?
Opino que los civiles no están mentalmente preparados para asumir el hecho de quitar una vida. Incluso la de un criminal. Imagínese usted, empuñando su práctica pistola de defensa personal, apuntando a su agresor. Jala el gatillo y ve cómo el cuerpo de lo que antes era un ser humano se desploma ante usted. ¿Qué sentiría? ¿Satisfacción, orgullo, brío? ¿Sería tan cínico de responder que sí a alguna de estas preguntas?
Quizás venga bien que los soldados y los policías, así como los civiles, entiendan que entrenar para manejar armas implica una responsabilidad mayor. Quitar una vida rompe nuestra humanidad. Aquellos pocos que eligen el camino militar son personas dispuestas a romper su alma para que nosotros no tengamos que hacerlo. No deberían disfrutar de matar, ni nosotros desear que así fuera, incluso a los asesinos y ladrones.
No me gustan las armas. Pero puedo admirar el hecho de disparar como una disciplina admirable llena de gracia y talento. No me gustaría apuñalar a nadie, pero puedo apreciar el uso, el diseño y la maestría en una buena espada, lanza o daga. Las armas son instrumentos que al tenerlos en la mano nos llenan de expectativa. La emoción que genera un arma cargada es increíblemente alta, pero el hecho de disparar contra otro ser vivo, en especial otro ser humano, es algo inconcebible, pues cada vez que un civil mata a un asesino, el número de asesinos sigue siendo el mismo, y tras que todos tengan armas, es más probable que sea más eficiente para los ladrones disparar antes y preguntar después.
Así que, aquellos que apoyan el porte de armas, ¿estarían listos para matar a un hombre?



