top of page

Colombia: el país de la negación perpetua

Samuel Sanabria.jpg

Carlos Sánchez Paz

Universidad Javeriana de Cali

Hay países que se explican a sí mismos a través de la memoria; Colombia, en cambio, parece hacerlo a través del olvido. No de un olvido inocente o casual, sino de una negación sistemática, casi disciplinada, que atraviesa la política, la economía y hasta la vida íntima de sus élites. Aquí, negar no es un error: es una costumbre nacional.


A esta altura de la historia, todavía nos cuesta aceptar cosas como la vinculación de sectores de las fuerzas militares con grupos paramilitares en la violación sistemática de los derechos humanos. Y el problema no es reconocer el sacrificio de quienes arriesgan su vida en nombre del país, que es leal y digno, sino fingir que ese sacrificio ocurre en un vacío moral. El soldado obedece al sargento; el sargento al capitán; el capitán al mayor; el mayor al general. Y, curiosamente, la cadena de mando se rompe justo cuando toca señalar responsabilidades políticas. Es, hasta hoy, la fecha en que el presidente de entonces sigue sin hacerse cargo.


Algo parecido ocurre con buena parte de las familias “tradicionales” y acaudaladas del país. Se niegan a aceptar que, tras la quiebra económica de la década del setenta, tuvieron que asociarse con aquellos “nuevos ricos” a los que siempre miraron con desprecio. Resulta irónico, considerando el clasismo estructural de las élites nacionales, que la supervivencia económica haya exigido precisamente aquello que socialmente repudiaban. Pero, una vez más, el pacto fue el silencio: que nadie se entere, porque qué dirán los Pombo.


Ese silencio cubre otra verdad que incómoda: muchas de las llamadas “señoritas de la élite” terminaron casadas con hombres provenientes de esos capitales emergentes que la tía Gladys mencionaba con desazón como “mágicos”. Matrimonios funcionales, discretos, cuidadosamente ocultos tras apellidos respetables. La negación opera aquí como maquillaje social: no borra la realidad, pero la vuelve presentable.


Negamos también, con una perseverancia casi admirable, que un presidente haya llegado al poder financiado con dineros del narcotráfico. Dineros que, dicho sea de paso, ingresaban por canales estatales hasta la Casa de Nariño. Tras hacer todo lo posible por ocultar el escándalo, el país prefirió mirar hacia otro lado cuando se encontraron 3.1 kilos de cocaína en el flamante avión presidencial. Negamos que haya sido el único presidente en la historia reciente de nuestro país al que Estados Unidos le retiró la visa. Negamos, en suma, que el narcotráfico no fue una anomalía externa, sino un socio silencioso del poder.


Colombia no vive sin memoria; vive seleccionándola. Recordamos lo que nos conviene para sostener un relato decente y negamos lo que amenaza con descomponerlo. Así, la negación se convierte en una forma de estabilidad: incómoda, frágil, pero funcional. El problema es que un país que se explica desde la negación no se transforma; apenas se repite. Y en esa repetición, seguimos llamando normalidad a lo que, desde hace décadas, es una herida abierta que nos desangra diariamente.

ISSN: 3028-385X

Copyright© 2026 VÍA PÚBLICA

  • Instagram
  • Facebook
  • X
bottom of page