Jesús, el mejor amante de la historia

Cristian Andrés Ordóñez
Unicomfacauca
Jesús fue el mejor amante de la historia porque amó cuando nadie lo hacía, amó cuando no se debía y amó sin pedir permiso. Tocó lo “prohibido”, se acercó al excluido y desobedeció el orden de su tiempo en nombre del amor. No pidió credenciales morales ni avales sociales. No preguntó quién merecía ser amado: amó al enfermo antes que al sano, al señalado antes que al correcto, a los cuerpos despreciados antes que a los “puros”. Amó donde el orden establecido había decidido no mirar.
Ese amor no fue obediente ni cómodo. Fue un acto político y profundamente humano, una herejía para los sanedrines que decidían quién merecía ser amado y quién no, que administraban la “pureza”, el perdón y la dignidad. Ese fue su gran pecado: no confirmó el orden, lo desarmó lentamente, inició una revolución en los corazones. Por eso el Cristo incomodó, y fue un peligro. Murió crucificado como un animal, como un terrorista, como un enemigo del sistema por amenazar a la “estabilidad”. No por empuñar armas, sino porque amar así será y seguirá siendo una forma radical de trastornar un mundo construido y sostenido sobre el odio y la división.
Actualmente vivimos fracturados. No pensamos en ideas, pensamos en bandos. Escogemos desde el rechazo, derechas e izquierdas se radicalizan, el pensamiento crítico se desvanece y el odio es la única identidad aceptable. Y ese disparate es cruel: muchos escogen a quien no ama, a quien no nos cuida, a quienes nunca serían capaces de mirarlos a los ojos. Elegimos líderes que entienden el mundo como una pirámide donde el rico debe ser más rico y el pobre es más pobre porque “así es el sistema”.
Mientras tanto seguimos normalizando la desigualdad como si fuera una ley natural, más no una decisión humana. Midiendo el valor por apariencia, estatus, fuerza, estética, productividad. Nos obsesionamos con los síntomas de este problema pero evitamos mirar su raíz. Hablamos de crisis económicas, políticas, pero rara vez hablamos de la crisis más profunda: la incapacidad de reconocernos como iguales y en dignidad.
Seguimos habitando un mundo que decide por quien es digno de una vida vivible y quien debe resignarse a la supervivencia. Y sin embargo, todos somos humanos, todos merecen amor, todos merecen una vida digna y es ahí donde está la incomodidad. Por eso estamos tan perdidos; cuando más necesitamos un horizonte común, más nos alejamos de las preguntas esenciales sobre cómo vivir en comunidad. Hemos convertido el cielo en una promesa futura cuando el verdadero desafío es entender que el cielo o el infierno se construye aquí, ahora.
No podemos seguir tolerando un mundo donde el injusto prospera y el justo muere en silencio. No porque sea inevitable, sino porque hemos aceptado vivir así. Y aceptar eso es, quizá, la forma más peligrosa de renunciar a nuestra humanidad. Por eso la historia de Jesús importa. Creer o no en él es secundario, porque incluso sin fé su forma de amar es un modelo urgente en un mundo donde el poder reprime y la dignidad se negocia. Porque ese tipo de amor que se acerca al señalado, defiende al marginado, que incomoda al poder, es exactamente lo que necesitamos pero que, sin embargo, seguimos evitando.
Vivimos en un mundo donde muchos de los gobiernos reprimen a su gente por pensar distinto, por protestar, por defender derechos que deben ser básicos. Se castiga la disidencia, se ridiculiza la empatía y se amenaza a quien exige dignidad. Y traer a Jesús a la conversación es un acto simbólico más que religioso; no porque necesitemos volver a lo “tradicional” o a un credo, sino porque necesitamos recordar que amar al otro es una forma de resistencia, y no una armada ni violenta sino una que desarma la lógica de la exclusión y el desprecio.
La pregunta no es si deberíamos creer o no en Cristo; es una mucho más difícil: ¿estamos dispuestos a amar de una manera que nos saque de la comodidad, que nos vuelva incómodos al poder y fieles a lo humano? Porque lo que su historia nos revela es algo más que un milagro. Nos enseña algo real y profundamente humano: amar de verdad no es neutralidad, es una toma de posición. Porque un mundo que castiga el amor no necesita más orden, necesita despertar.
