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La curva

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María Camila Zapata

Universidad de Caldas

Cuando uno camina por la Universidad de Caldas, especialmente por la sede de Ciencias Jurídicas, es fácil notar que hay un lugar que no aparece en los mapas oficiales, pero que está intensamente presente en la vida cotidiana, La Curva. Un espacio sin placa, sin horario, sin reglamento. Pero vivo. Vibrante. Contradictorio. Denso. Un espacio que más que describirse, se siente.


La Curva es ese punto donde los caminos se cruzan, pero también donde muchos deciden quedarse. Allí se fuma un pucho para calmar la ansiedad antes del parcial.


Allí se comparte un tinto caliente en medio de una conversación que termina siendo un seminario informal. Allí alguien se sienta a llorar después de recibir una mala noticia.


Allí se organizan protestas, se comparten lecturas, se improvisan clases, se canta, se baila. Allí, simplemente, se está.


Y entonces una pregunta me acompaña cada vez que paso por ahí: ¿Qué es lo que hace que un lugar tan aparentemente simple, tan ordinario, se convierta en un símbolo, en un centro, en un refugio, en un campo de disputa?


Podríamos decir que La Curva es “solo un espacio”. Un rincón, una esquina donde se cruza el flujo de estudiantes. Pero eso sería ignorar su dimensión más profunda, su carácter existencial.


Porque La Curva no es solo un punto en el campus. Es una experiencia compartida. Es una geografía habitada no desde lo abstracto, sino desde el cuerpo, desde las emociones, desde la práctica cotidiana.


A diferencia de los salones, que están normados por el discurso académico, o de las oficinas, que están reguladas por jerarquías administrativas, La Curva escapa de las categorías institucionales. Es un espacio abierto, no planificado para ser lo que es, pero que se ha convertido en lo que necesitaba ser. Y esto es importante, pues La Curva es un producto de la apropiación, no de la planificación.


Se ha formado, como se forma una comunidad, desde la necesidad, desde la presencia, desde la persistencia.


Aquí es donde entra la filosofía. O más concretamente, el existencialismo geográfico.


Una forma de pensar los espacios no como objetos físicos inertes, sino como lugares cargados de sentido. Un territorio no se define sólo por sus coordenadas, sino por lo que en él se vive.


En este enfoque, se plantea que el espacio es existencial porque es el escenario donde la vida se juega, donde el ser humano se encuentra con su libertad, su angustia, su posibilidad. El espacio nos afecta, nos transforma, nos atraviesa. Y nosotros, al habitarlo, también lo resignificamos.


Desde esta mirada, La Curva no es una simple esquina, Es un lugar existencial.


Un lugar donde la existencia se vuelve visible, tangible. Donde no solo se transita, sino donde se está, se elige, se crea, se resiste.


Martin Heidegger hablaba del  ser-en-el-mundo, de cómo el ser humano no es un ente aislado sino un ser situado. Y Sartre nos recuerda que la libertad se manifiesta siempre en cualquier situación. Entonces, ¿qué situación más significativa que esa en la que decidimos habitar un espacio fuera del control institucional, fuera del programa, fuera del aula?


En La Curva la vida universitaria se desborda. Lo académico y lo político se mezclan con lo íntimo, lo afectivo, lo banal. Y eso es precisamente lo que lo hace tan potente. Porque es ahí donde se revelan las verdaderas condiciones de posibilidad de una comunidad, en su forma de habitar lo común, lo abierto, lo no reglado.


Habitar La Curva no es un acto neutro. Es también un gesto político. Un modo de decir: “Aquí estamos. Aquí existimos. No todo lo valioso ocurre dentro de un aula”.


Y eso incomoda.


Incomoda a quienes ven en la universidad solo una máquina de títulos. Incomoda a quienes entienden el orden como sinónimo de silencio. Incomoda porque en La Curva la vida no se encierra ni se disfraza. Se muestra con sus excesos, sus contradicciones, sus formas alternativas de saber y de estar.


Por eso, La Curva es también un espacio de resistencia. Resistencia frente al borramiento del cuerpo, del afecto, de la política encarnada. Resistencia frente a la idea de que aprender solo se hace con apuntes, con normas APA, con calificaciones.


Pero también es creación. Creación de comunidad, de lazos, de memoria. Allí nacen frases, canciones, luchas, redes. Allí los estudiantes no son sólo sujetos pasivos, sino productores de sentido.


La Curva no tiene paredes, pero tiene historia. No tiene reglas, pero tiene códigos. No tiene horarios, pero tiene ritmo. No tiene nombre oficial, pero tiene identidad.


Y eso la convierte en un lugar profundamente filosófico. Porque como dice Merleau-Ponty, el espacio no es un vacío que se llena, sino una textura que se habita.


La Curva, entonces, no es un lugar más en la universidad. Es la prueba de que habitamos el mundo con el cuerpo, con el deseo, con la palabra y con la presencia.


Y por eso importa defenderla. No como un símbolo vacío, sino como un lugar donde la universidad respira. Donde la vida académica y el ser se encuentran. Donde el pensamiento no solo se piensa, sino que se vive.

ISSN: 3028-385X

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