La dictadura que algunos justifican

Paula Marín Lara
Universidad del Norte
La palabra “intervencionismo” se ha vuelto una excusa cómoda para no mirar lo que ocurre dentro de Venezuela. Se pronuncia con ligereza, como si bastara para explicar un país atravesado por la represión, el exilio y el silencio forzado. Pero cuando disentir se castiga y la oposición se encarcela, defender la soberanía deja de ser un principio y se convierte en cinismo.
Me resulta especialmente cínico hablar de soberanía mientras hay presos políticos encerrados por pensar distinto. Periodistas perseguidos, estudiantes encarcelados, líderes opositores inhabilitados, torturados o desaparecidos del debate público. En Venezuela, disentir es una sentencia de muerte.
Por eso, reducir cualquier acción internacional a “intervencionismo” es ignorar deliberadamente a las víctimas. No se trata de romantizar a Estados Unidos ni de negar intereses geopolíticos —que siempre existen—, sino de reconocer que, para millones de venezolanos, cualquier presión que debilite al régimen representa una posibilidad de alivio, no una agresión. La verdadera violencia no viene de afuera: lleva años instalada dentro del país.
Defender al régimen venezolano en nombre del antiimperialismo es una forma elegante de justificar la opresión. Es usar discursos del pasado para excusar abusos del presente. Y sobre todo, es darle la espalda a quienes han perdido su libertad, su hogar o su futuro.
Venezuela no necesita más consignas. Necesita justicia, elecciones libres y el derecho elemental a vivir sin miedo. Y mientras eso no ocurra, seguir llamando “resistencia” a una dictadura no es solo un error político: es una falta moral.
