Sobre la amistad y la esperanza

Leidy Vanesa Sánchez
Universidad Pedagógica Nacional
En las comunidades de Zulú de Sudáfrica,
existe un saludo: SAWUBONA,
que podría traducirse como “Te veo”.
Y quien recibe este saludo responde: SHIKOBA,
que se traduce como “Entonces, existo”.
Para nadie es un secreto que el tejido de la amistad se está debilitando, lenta pero persistentemente. No hace falta revisar artículos o columnas que lo sustenten: la experiencia misma lo confirma. Cada vez resulta más difícil sostener relaciones que se atrevan a permanecer en el tiempo. Entre ires y venires se erosionan los canales de comunicación afectiva, aun cuando las redes sociales están saturadas de posts que nos dicen qué hacer y qué no en una relación de amistad —información que, en muchos casos, resulta profundamente peligrosa—.
Hoy pareciera que somos amistades Cactus (relaciones que no necesitan de una atención o diálogo constante) o Bonsái (relaciones que exigen cuidados e interacción permanente para cubrir sus necesidades). Es decir, no hay matices, o al menos eso nos hacen creer las redes sociales cuando en realidad la amistad tiene múltiples maneras de ser y existir.
Todo esto parece sedimentarse en capas en la experiencia universitaria y, en general, en la experiencia humana. Recuerdo que, en el colegio, un profesor nos explicaba el nacimiento de la universidad en la Edad Media: un espacio creado para concentrar la universalidad del conocimiento entre profesores y estudiantes. La memoria ha hecho de este recuerdo mi primera noción de universidad. Entonces, las preguntas me inundan: ¿por qué en un lugar donde se concentra el conocimiento abundan las soledades? ¿Por qué las grietas de este tejido son cada vez más difíciles de cerrar —incluso, de curar—? Tenemos una chaguala colectiva, ¿con qué la curaremos?
Si trasladamos la mirada hacia el tejido social, este nos recuerda que somos interdependientes y que la realidad no está encasillada al algoritmo. Además, existen otras formas más livianas de amistad que se resisten al individualismo y nos devuelven lo auténtico, lo profundo y sensible que puede ser la experiencia humana.
Necesitamos volver a mirarnos a los ojos y reconocer que hablar con la otra o el otro es indispensable, y un intento de comprender la historia de la humanidad. Para ello, se requieren caminos reales donde desmontemos creencias, prejuicios y formas de relacionarnos, lo que implica rastrear lo vivido, encontrarnos con nosotras mismas y reevaluarnos: ¿en qué hemos convertido la amistad? Debería ser posible que la universidad sea un lugar donde podamos trascender en los afectos y en nuestras maneras de estar con las otras.
No podemos seguir reproduciendo la idea de que las relaciones necesariamente son dolorosas, disfuncionales, desde el poder y, sobre todo, desesperanzadoras. La universidad pública está atravesada por múltiples e infinitos problemas más allá de los económicos. Muchas de sus complejidades son de convivencia y relacionamientos, porque es un espacio que nos pone a prueba con nosotras mismas en relación con las demás y viceversa.
Por eso, hoy más que nunca, la universidad debe ser un lugar donde se desplieguen las ideas esperanzadoras, no desde una postura ingenua o idealista, sino desde la convicción de que la experiencia del dolor no es eterna ni inmóvil; desplegar la esperanza es un recordatorio de que el espíritu sigue vivo, que los corazones pueden trascender. En este sentido profundamente humano, la esperanza no es lo mismo que el optimismo: no es un estado permanente de alegría, sino la certeza de que algo tiene sentido.
Tiene sentido crear afectos, sostener y dejarnos sostener, necesitarnos; tiene sentido que, en medio de guerras y conflictos, la universidad pueda convertirse en casa y junto a esta idea crear manada. Por eso, y por mucho más, necesitamos ser honestas. Necesitamos recrear los sentidos y pertenencias de los afectos, no desde la lógica neoliberal, sino desde la idea profundamente noble de estar presentes y atentas.
