Trayecto

Valentina Patiño Valencia
Escuela Superior de Administración Pública
¿Qué es el trayecto a casa en época electoral, si no una invitación, casi desesperada, de eso que insiste en llamarse política?
Hay trayectos de muchas formas; algunos son simples, solitarios, felices o agotadores; hasta que repentinamente, dejan de ser solo eso.
En el día a día alguna madre revisa la hora mientras camina, un padre acelera su paso, el café de algún trabajador se enfría entre semáforos y los estudiantes se animan entre sí con conversaciones triviales; familias enteras atraviesan ese diario vaivén, ya sea en transporte público, a pie, en su propio vehículo e incluso en sí mismos.
Hasta que llega ese punto, casi imperceptible, en el que la cotidianidad se fragmenta y las calles dejan de ser camino, tránsito, rutina, paso y regreso, para convertirse en vitrina, en pancarta y escenario.
Un desfile de nombres, un catálogo de números que pasan una y otra vez frente a los ojos y, aún así, apenas logran quedarse en la memoria como preguntas suspendidas; mientras tanto, la vida sigue pasando para el vendedor que recoge su puesto, para la estudiante que revisa su celular y para la madre que calcula la hora de llegada.
Todo continúa, sí, pero ahora con preguntas, preguntas de temporada que aparecen cada cierto tiempo como si fuesen nuevas, aunque en el fondo siempre han sido las mismas. ¿Quién es? ¿Qué propone? ¿Por qué su nombre está en todas partes y su historia en tan pocos lugares?
Lo que es todavía más curioso y hasta casi contradictorio es que, en medio de tanta presencia visual, lo que más abunda en el trayecto es la ausencia de certeza.
Pero, basta con escuchar un poco para notar que esas preguntas no se quedan solo en quien camina, sino que se repiten en quienes esperan, conversan u observan.
Hay quien asegura que ya no cree, quien admite que vota más por obligación que por convicción, quien se siente distante aunque tome una decisión y también quien, aunque cansado, insiste en informarse porque entiende que, le guste o no, lo que se decide termina tocando su puerta.
No son discursos encendidos, ni debates interminables.
Son frases sueltas y casi cotidianas, que se dicen con la misma naturalidad con la que se pregunta la hora o se comenta el clima.
Y, sin embargo, en esa aparente simpleza se dibuja una relación cada vez más lejana con algo que, en teoría, debería sentirse cercano.
Es entonces cuando esas voces al aire dejan de parecer opiniones aisladas y empiezan a sentirse como un murmullo compartido, que no es idéntico, ni mucho menos uniforme, pero sí reconocible.
Palabras que cambian de boca en boca y, aun así, conservan un mismo pulso de desconfianza, cansancio, distancia, pero también de expectativa, de curiosidad y de esperanza que, aunque no siempre se nombra, tampoco desaparece por completo.
No hay grandes discursos detrás de ellas, solo experiencias pequeñas que se acumulan, como esa promesa que no volvió, aquel debate que nadie entendió y el voto que se sintió ligero o pesado según el año.
Y es justo ahí, en esa mezcla de escepticismo y persistencia silenciosa, donde aparece algo más honesto que cualquier eslogan.
Aparecen las respuestas de quienes siguen avanzando por esas mismas calles donde cuelgan los mismos nombres, los mismos números, las mismas listas. Y por supuesto, como es de esperarse, con esas respuestas, surgen nuevas preguntas.
Sí, el trayecto a cualquier destino en época electoral parece desesperado, y claro, tiene fin; pero no termina cuando se llega a casa nuevamente, sino cuando la última pregunta deja de acompañar el paso.
Es cierto que los nombres se descuelgan, los números se borran y hasta las pancartas se caen, pero esa sensación de no haber entendido, al menos no del todo, permanece, como lo hace el eco después de las palabras que se dicen en voz alta.
Algunas cosas acaban y el trayecto vuelve a ser trayecto, las calles recuperan su rutina y los postes su silencio.
Pero algo ya no es igual.
Y no lo es, no porque haya certezas, sino precisamente porque la duda, esa que parecía pasajera, termina siendo lo único que no cambia de lugar.
